Autor: Soria, Mario. 
 Sociedad. 
 Los motines carcelarios     
 
 Arriba.    02/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

TEMAS EN PUNTA

SOCIEDAD

LOS MOTINES CARCELARIOS

OTRA vez ha saltado a las páginas de los periódicos la ||l noticia de motines en las cárceles, esta vez en

Ocaña y Segovia. con los sucesos a que parece ya acostumbrado el público, pues tan poco reacciona:

destrozo de las instalaciones, irrupción de la policía en la prisión, heridos de ambos bandos en la pelea,

traslado de los presos a penitenciarias más rigurosas, auto lesionados entre tos detenidos, etc. Razón de

las revueltas ha sido la misma de siempre: la desesperación al ver la tardanza e incluso la improbabilidad

de un indulto o amnistía tantas veces solicitado, que no agracia precisamente a los autores de delitos

menores; pero que. en cambio, ha agraciado a culpables de crímenes que, a menudo, por su ferocidad han

conmovido a toda España.

Estas noticias son tanto más lamentables cuanto que se refieren a personas delante de las cuales se ha

hecho espejear la libertad, permitiendo se forjen ilusiones. Y son asimismo deplorables porque quizá no

encuentran otro medio de manifestar su indignación, fuera del motín, que las mutilaciones, e| suicidio, las

heridas y accidentes, como si al lesionrase a sí mismos castigaran a una sociedad que suponen indiferente

o demasiado perezosa para poner remedio a la inquietud. Porque es innegable que la sociedad, con la

excepción del senador Xirinachs y de algunos diputados socialistas, ha reaccionado muy tibiamente.

Comisiones, conferencias jurídicas, solicitud de derogación de ciertas leyes apenas si han rozado la

epidermis de un país tan sensible en casos mucho menos graves.

El sistema penitenciario español adolece probablemente de los defectos de casi todos (os sistemas de

reclusión que en «I mundo son; pero esas deficiencias, inadvertidas hasta ahora, han salido a la luz por

una serie de circunstancias, de las cuales no es la menos importante la convicción de no ser bueno todo lo

que desde hace largo tiempo existe, ni cuanto determinen las autoridades, por el simple hecho de haberlo

ellas así determinado. Tienen, pues, nuestras cárceles que ser modernizadas desde sus cimientos, y al

hablar de modernización no nos referimos a construir edificios más altos, más fuertes, provistos de mayor

número de rejas, cancelas y cerrojos que los antiguos, sino a insuflar un espíritu renovado, eliminándose

un sinfín de corruptelas, abusos y conceptos caducos. Es necesario enfrentarse con la concesión de los

indultos demandados con tanta violencia, pero concederlo» de manera prudente, tras haberse estudiado la

condición de cada recluso. Asimismo hay que tutelar, al menos durante cierto tiempo, a los presos

beneficiados, tanto para que no se dé el caso, por desgracia muy frecuente, de personas que vuelven a sus

celdas a los pocos días de haber salido en libertad. Y la tutela debe comprender no sólo una discreta

vigilancia, sino también el proporcionar medios honrados de vida.

Respecto de los casos en que no sea posible indultar, bien por la magnitud del delito, bien por la

reincidencia múltiple, reedúquese al preso, permítasele aprender una profesión o un oficio, páguesele el

trabajo que en la cárcel efectúe tal como afuera se paga, no con jornales irrisorios. Multiplíquense los

permisos, dótense a las prisiones de ciertas instalaciones que no son lujos, que son condiciones casi

imprescindibles de la vida civilizada. Facilítese igualmente la comunicación con el exterior, aumentando

el número de visitas de familiares, proporcionando lecturas, obviando la correspondencia, etc.

Por último, revísense cuidadosamente tanto las disposiciones procésales en materia criminal, como las

leyes sustantivas, de algunas de las cuales se ha dicho son imperfectas y de otras Incluso desfasadas, es

decir, no ser leyes, sino meros actos de fuerza, normas que en uno y otro caso, ora por defecto, ora por

vicio, quizá han sido causa de pérdida indebida de la libertad, agravación de penas, etcétera.

Refórmese con decisión y desaparecerán o perderán su carga virulenta, cuando menos, los motines, igual

que humo en el viento.

Mario SORIA

 

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