Autor: Delgado, Alberto. 
 Desde el parlamento. 
 Dos plenos para una amnistía     
 
 Arriba.    15/10/1977.  Página: 11. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

DOS PLENOS PARA UNA AMNISTÍA

HAY amnistía. Hay amnistía por una votación abrumadora, con sólo dos votos en contra en el

Congreso, sin votos en contra en el Senado, con aplausos en ambas Cámaras, con discursos

emotivos, con momentos de tensión, con actitudes a veces discrepantes, pero con un consenso

generalizado de que el texto era, en líneas generales, muy positivo y de que ha ¡legado e!

momento de abrir una etapa de concordia en la vida del país.

Se podrá criticar O no determinadas actitudes, se podrá estar de acuerdo con unas u otras

posturas, pero, en lineas generales, hay que admitir que ¡as intervenciones de ayer, en el

Congreso y en el Senado, fueron coherentes. Si Alianza Popular no había participado en las

largas sesiones previas de elaboración de un texto conjunto, era de esperar que ayer

discrepara del texto, aun diciendo: *Si fuerais capaces de garantizarnos que esta amnistía es la

última.» Para acabar afirmando que una democracia responsable no puede estar amnistiando

continuamente a sus propios destructores.

A Marcelino Camacho se le notaba la alegría. Calificar de histórica la ¡ornada, hacer un

llamamiento a Afianza para que hubiera unanimidad en la aprobación, destacar la amnistía la-

boral, son hechos que se imponen a otras objecciones. Donato Fuejo era menos optimista: el

texto que se iba a votar era para él, para su partido, un compromiso, un hecho positivo, pero ni

mucho menos perfecto. Las lagunas estaban ahí, pero... reconoció que era la me¡or amnistía

posible en estos momentos. El señor Triginer hizo de la ley un punto de partida: hay que pensar

en el presente y en el futuro. El señor Benegas es vasco, y para él el momento era Importante.

Mencionó el pasado, pero "Sin rescoldos de rencor o de revancha´- .Y pidió *calma al pueblo

vasco: la amnistía es total para nuestro pueblo*.

El vasco señor Arzallus, que habló a continuación, caló hondo con sus palabras en la Cámara,

porque supo encontrar el tono exacto, el ritmo más adecuado. «Hay que olvidar, aunque para

muchos, de uno y otro lado, pueda ser difícil.´ Y el señor Letamendia, cuyo primer anuncio de

una enmienda in voce* a la totalidad —y no regimentaría— había despertado cierta alarma,

quizá influido por el clima, se limitó a expresar una postura que, en su caso, es conocida:

enumeró lo que a su juicio faltaba, pero no pudo de¡ar de reconocer lo que se incluía, y por eso

concluyó con una postura abstencionista. Los reparos de! señor Gomez de ¡as Roces, un

independiente a título personal, eran de índole procesal y ´reglamentaría, pero suficientes para

que salvara su voto. Y cerró el ciclo oratorio del Congreso el señor Arias-Segado, tan comedido

como firme, haciendo de la amnistía una bandera de la reconciliacíón nacional, que sienta fes

bases de una nueva convivencia y en la que a partir de ahora hay que actuar con firmeza a los

dictarlos de la justicia y el derecho.

El sistema electrónico no permitió conocer los dos votantes en contra. Las abstenciones se

presumen. El voto nulo puede ser producto de la falta de pericia en el manejo de las llavecillas

de plástico que sirven para poner en marcha el mecanismo. Pero el resultado fue claro y la

ovación final significativa.

Entre uno y otro pleno, la presencia, ya histórica, del Presidente López Portillo, ante la atenta

mirada de invitados de su país y el conjunto de las Cámaras, con un ´¡Viva Méjico!» final desde

las ir/dunas, que daba una nota más al acto. El Senado es diferente, pero no tanto. El Senado,

estaba claro, se sumaba a la proposición sobre amnistía. La oratoria era algo distinta, quizá

porque la sala está más caldeada, los senadores más ¡untos, y también más incómodos. El

señor Satrústegui, que rompió el fuego, dijo que si, que votarían (él y su grupo)

afirmativamente, pero luego pasó a enumerar, de forma exhaustiva, lo que, a su ¡uicio, falta a la

proposición de ley, con especial mención a la amnistía militar, aunque, pragmáticay líricamente,

reconoció que no era el momento de «dar lugar a tensiones que podrían perjudicar la flor

naciente de la democracia». El turno a favor se completó con el socialista señor Ramos, que

también hizo un recorrido histórico por penalidades y sufrimientos, para acabar pidiendo una

España «diferente, democrática y, más tarde, socialista».

Como los dos primeros oradores se habían extendido bastante, al llegar el turno a los

portavoces, don Justino Azcárate pidió que se abreviara la discusión y se aprobara por

unanimidad el proyecto, *para servir de manera más categórica a la paz de España*. Don

Alfredo Mareo Tabar, de UCD, en un discurso preciso, casi con epígrafes, que luego

desarrollaba brevemente: esperanza, confianza, exigencia, democracia de todos y para todos.

Y don Luis Xirinachs, que ¡ayer acabó sentándose!, después de largas sesiones de pie. Su

justificación de voto afirmativo fue seguida de una larga serie de reivindicaciones pendientes,

sin dejar de reconocer los «grandes méritos» de la proposición. Y el señor Vidarte, vasco, que

habló con ´doble honra V emoción». Y el señor Arespacochaga, con libertad de voto para su

grupo, aunque con mínoria abstencionista. Y e! señor Sánchez Agesta, portavoz de un grupo

independíente en el que no hay disciplina, pero si acuerdos: aceptar la ley porque es un acto

político definitivo de reconciliación de los españoles. Quería hablar el señor Iglesias, pera

alusiones; quería hablar el señor Alonso. pero no había forrea reglamentaria. Y en vista de que

no se ¡e dejaba hablar, el señor Alonso gritó *¡Viva la clase obrera!», como un desahogo para

el diario de sesiones. No hubo, en el Senado, votos en contra. Hubo, como en el Congreso,

aplausos y abrazos. Ya hay amnistía.

Alberto DELGADO

Arriba 11

Sábado 15 octubre 1977

 

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