Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   Un testigo de excepción     
 
 ABC.    12/04/1975.  Página: 28-29. Páginas: 2. Párrafos: 14. 

AUDIENCIA PUBLICA

UN TESTIGO DE EXCEPCIÓN

Si mis deseos se cumplieran, la crónica de lo acontecido en el día de ayer en la sección séptima de la Audiencia Provincial de Madrid sería muy distinta de la que ustedes, si tienen la paciencia precisa para ello, Tan a leer. Porque por vocación, por práctica profesional y basta por la satisfacción que produce casi siempre una sentencia absolutoria, soy o me considero, sobre todo, abogado de la defensa. Comprendo la necesidad de la acusación, admiro el rigor y la entrega al cumplimiento de su deber de esos beneméritos abosados fiscales que hacen de la defensa de la sociedad profesión ejemplar. Pero, como cada uno es como es, me encuentro mucho más a gusto cuando visto la toga, no para acusar, sino para exculpar.

Luego son siempre los jueces quienes deciden. Por eso les tengo un tremendo respeto, casi diría un cierto temor reverencial, porque en sus manos están los patrimonios, las honras y hasta la misma vida de los hombres.

Pero los jueces juzgan en conciencia, y su conciencia se adecúa en función de criterios que jamás son apriorísticos, siempre se basan en hechos, datos, pruebas. Nunca en meras impresiones. Hay una máxima sagrada en todo ordenamiento penal civilizado: en la duda hay que inclinarse en favor del reo. Por eso se es y se debe ser mucho más exigente en la prueba del hecho delictivo que en la imputación de inocencia.

Se comprenderá entonces que, cuando como en el día de ayer, del conjunto de las declaraciones prestadas

ante la Sala se desprende la existencia, para mí o indubitada o de muy difícil rebatimiento, de un conjunto de circunstancias que rodean con halo de sospechosidad penal a los directivos de Matesa, mi condición de abogado defensor se siente incómoda, a disgusto y hasta herida.

Porque lo que se presenció en la mañana de ayer fue una declaración testifical tremenda. «Tremendo» —dice el Diccionario de la Real Academia— es equivalente a «terrible y formidable; digno de ser temido».

Pero al tiempo, y en su segunda acepción, tremendo es también lo «digno de respeto y reverencia». Pues en ambos sentidos debe ser calificada y entendida la declaración que el ex director general de Aduanas, hoy general del Ejército español, don Víctor Castro San Martín, prestó ante la concurrida Sala. No. Para él no hay duda cosible.

juatesa fue un fraude, un gran fraude a través del cual se engañaba al Estado, donde se obtenían unos beneficios por desgravación fiscal inmerecidos y perjudiciales para el erario nacional, donde se vendían a clientes que resultaban ser o los mismos vendedores o criaturas suyas, lonja de exportaciones no para que nuestro país obtuviera un beneficio y nuestra industria prosperase, sino para que «salieran fuera de nuestras fronteras» unas mercancías que luego permanecían lejos, «en la selva», y en gran parte inservibles, casi a punto de deteriorarse por el no uso, pero que suponían la posibilidad de obtención de unos generosísimos créditos que la Ley prevé para fomentar exportaciones reales, esto es, no meras salidas de productos del territorio nacional.

Don Víctor Castro sostuvo un pugilato dialéctico con el abogado del señor Vila Reyes (don Juan) del que salió airosísimo. Dio cifras, aclaró conceptos, precisó datos. Habló de que él también tenía una empresa a la que amaba y por la que luchaba: España, y toda la habilidad, todo el tesón, toda la paciencia del celebre abogado y político señor Gil Robles sólo sirvieron para que una y otra vez quedaran reafirmadas las tesis del testigo, que fue el que por vez primera, y ante la Jurisdicción de Delitos Monetarios, puso el asunto Matesa en manos de la Justicia. Momentos hubo en que los rumores de asombro entre tos asistentes parecían corroborar las acusaciones del general Castro. Hombre, por otra parte, veraz y documentado. Como lo demostró cuando tras de afirmar textualmente a preguntas del señor Gil Robles que de los 4.400 telares Iwer que hubo qne repatriar a España hasta «ayer» sólo se habían reexportado 200. Y añadió a su respuesta: «Y be dicho ´hasta ayer´, señor letrado, porque al celebrarse en ese día el L aniversario del Laboratorio Química de Aduanas fui invitado al acto y pregunté al señor subdirector ¿cuántos telares de los que se reimportaron de los Estados Unidos han podido venderse fuera de España? Y la respuesta fue: 200.

Documentado también, porque, como militar de carrera, tiene a su cargo la jefatura de talleres del Ejército de Tierra y sabe muy bien del deterioro que la maquinaria suíre si está largo tiempo expuesta a la intemperie.

Por todo ello —y por mucho más que omito— el testimonio de Víctor Castro fue abrumador. Sus recelos (que comprobó incluso con visitas personales a Pamplona y Barcelona) quedaron en su mayor parte comprobados. ¥ los que él mismo no cutio constatar personalmente lo fueron o antes o luego por sus servicios, señaladamente por los prestados por el señor Montesinos que en la sesión de la tarde dejó perfectamente claro qué hacía Matesa con sus exportaciones de telares, a Portugal, donde incluso no existían las fábricas que en la propaganda de la empresa de Vilá Reyes aparecían fotografiadas a todo color.

No. Ni los conocimientos de embarque eran correctos, ni las facturas reflejaban el precio real, ni las exportaciones suponían la entrada en España de las divisas correspondientes, ni se pueden olvidar las extracciones de grandes sumas de capital ilegalmente extraídas —entre otras, por el testigo Torrellas, que aunque ayer recordaba pocas cosas, muchas de.jó dichas en el sumario—. ¡Triste papel el de este hombre joven, enfermo, al parecer v en situación personal delicada!

Pero ese es el resumen de lo ocurrido en la sesión de ayer. Hubo una pugna, un combate entre la Dirección General de Aduanas y la empresa Matesa. Pues bien: triunfó el organismo oficial.

¿Qué pueden hacer ante estas evidencias los abogados defensores a quienes afectan las declaraciones de los señores Castro y Montesinos? No seré yo quien les niegue posibilidades. Y les aplaudiré como el que más si logran deshacer la impresión que a mí al menos me produjeron. Pero no la veo tarea fácil.

El fiscal pisa sobre seguro. El juicio continúa. Aparecen dos grandes tipos de actuaciones, unas de tono mayor y otras de menor entidad (como muy bien puso en claro el decano Gella al hacer incurrir en alguna contradicción al testigo Torrellas). Pero, sépase de una vez aunque las motivaciones de don Juan Vilá Reyes fueran muy nobles, aunque personalmente él no se haya lucrado ni en un solo céntimo, aunque su deseo de servir a la expansión comercial española haya sido o sea una realidad, Matesa fue o cometió fraudes en los que implicó al erario público gravemente. Y por mucho que se quiera politizar este tema —y hasta el momento esa politización no aparece en parte alguna—, lo cierto es que la justicia española, después de oír a todos, partes, testigos, acusadores y defensas, dirá la última palabra, que, una vez más, será la palabra justa.

¿Qué más hubiera querido yo que escribir hoy diciendo que se había probado un error y don Juan Vilá Reyes jamás cometió irregularidad alguna? ¿Qué más hubiera deseado que todo hubiera sido limpio, claro, correcto, brillante y esperanzador? Pero... El juicio continúa. — José María RUIZ GALLARDON.

VOTA ADICIONAL.— Mi compañero, «1 letrado y secretario de los Tribunales, Trinitario Abadía Pacheco, me comunica la última información de la vista, a cuyo final no he podido asistir personalmente, para poder redactar estas notas.

Los últimos testigos que declararon a primeras horas de la noche de ayer, señaladamente los señores Robert Pascual y Francisco San José Colombia, no dejaron d« alabar el esfuerzo investigador de Matesa, las dificultades por las que aún hoy atraviesa, pese a tener una cartera de pedidos de cerca de 600 millones de pesetas y la grata circunstancia de haber ido en aumento sus ventas en los últimos años (763.000.000 en 1974). Pero aún figuran en el pasivo de la empresa cerca de 9.000.000.000 por créditos a la exportación, y del orden de 700.000.000 a proveedores.

Por lo demás, en poco o nada sustancial han, variado los hechos con sus declaraciones. Lo que dicho y reflejado queda como ocurrido hasta la crisis de 1969.—J. M. R. G.

 

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