Acabar con la confusión     
 
 Informaciones.    11/02/1972.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

ACABAR CON LA CONFUSIÓN

Nos sentimos obligados a comentar la problemática, contenida en las recientes declaraciones de don

Torcuato Fernández Miranda a don Emilio Romero Gómez. «Quienes quieran real y verdaderamente —

ha dicho el ministro—, sin espíritu nostálgico ni regresivo, ir adelante en el desarrollo de nuestro sistema,

han de empezar por favorecer el intento tenaz de poner claridad en este tema.» No podemos por menos

que elogiar esta invitación del ministro a la claridad; vistas así las cosas, querer contribuir a ella es casi un

deber ciudadano. Y es así porque el objetivo de ese intento clarificador que acabe con la confusión es, ni

más ni menos, que el poder «establecer los supuestos de la representación».

El ministro Fernández Miranda tiene razón cuando reclama que las propuestas de perfeccionamiento del

sistema sean congruentes con los principios de ese sistema. Esto es, principio constitucional básico en to-

dos los sistemas del mundo. En el caso español, por tanto, se trataría de que dichas propuestas fueran

congruentes con nuestros principios esenciales. La primera cuestión que se nos ocurre es si cabe en éstos

el reconocimiento y práctica de un pluralismo político. La respuesta evidente es «sí», a condición de que

sea un pluralismo positivo, en expresión del ministro del Movimiento. Aceptar el pluralismo político es

aceptar la existencia de diversidad política. Pluralismo y uniformidad son conceptos antagónicos. Sin

embargo, el señor Fernández Miranda distingue entre pluralismo integrador y pluralismo desintegrador, y

sólo el primero vendría a ser positivo, es decir, congruente con nuestro sistema político. El primer

problema que se nos plantea es, pues, distinguir entre esos dos tipos de pluralismo, entre el «positivo» y el

«mal pluralismo».

También se ha fijado el señor Fernández Miranda en el concepto de nuestra democracia. Descansa en un

principio y un objetivo esencial: participación del pueblo en las tareas del Estado. Nuestra democracia

consiste en «el sistema en el que el Poder está en manos del pueblo». Los cauces están establecidos: la

familia, el sindicato y el municipio. Así se sabe y así se ha de aceptar si se quiere estar dentro del sistema

constitucional vigente y contribuir honestamente a perfeccionarlo. Tanto más discurra «una corriente di-

námica y copiosa» por esos cauces, tanto más éstos harán «auténticamente presente al pueblo en la

participación del Poder». Y aquí es donde viene ahora quizá la parte más interesante y profunda de las

afirmaciones del señor Fernández Miranda: «Este es el problema político —dice—, acentuar esa corriente

vivaz mediante procedimientos que faciliten la participación...»

Ciertamente, este es el problema, y hay que resolverlo con urgencia. Hay que contestar de una forma clara

a la pregunta de si las asociaciones pueden o no pueden ser uno de esos procedimientos a que hace re-

ferencia el señor Fernández Miranda. Aquí el ministro no satisface plenamente nuestra curiosidad, al

decir: «Mientras con actitudes más o menos reticentes se fomente la confusión de querer algo no con-

gruente con el sistema, se hará imposible el desarrollo del mismo.» Hay quien ha interpretado que lo que

el ministro considera no congruente son precisamente las asociaciones, pero esa interpretación no parece

adecuada, no ya porque el principio del asociacionismo político no es negado por nadie y sí, por el con-

trario, ha ido suscitando las más diversas adhesiones de personas muy cualificadas, sino porque «Arriba»,

órgano oficial del Movimiento, nos saca de dudas el sábado pasado al decir en un editorial: «No ha dicho

el ministro que se haya sepultado el tema de las asociaciones de acción política, ni que las mismas puedan

tener o no virtualidad en una u otra forma»

¿ Qué es entonces ese «algo no congruente con él sistema» que algunos «fomentan» con «actitudes más o

menos reticentes»? Creemos qué el ministro se refiere a: quienes quieren introducir en nuestro sistema a

los partidos; políticos disfrazados de asociaciones. El ministro tiene mucha razón cuando considera esto

como incongruente. A esas personas hay que desenmascararlas, sobre todo cuando la confusión que

siembran está precisamente «impidiendo el desarrollo del sistema». El desarrollo y perfeccionamiento de

nuestro sistema no puede quedar detenido porque haya personas que aspiren a cosas incongruentes con él.

Pero la mejor manera de luchar contra esas personas será precisamente desarrollando el sistema. Y por

tanto, si las asociaciones son congruentes con nuestro Sistema y pueden ser uno de los procedimientos

que aviven la corriente de participación de los españoles en la vida política, entonces las asociaciones no

deben dormir el sueño de los justos porque algunos incongruentes estén pensando en introducir

subrepticiamente los partidos. Nuestro ministró del Movimiento, catedrático de Derecho político y hom-

bre versado en ciencia política y constitucional, está excepcionalmente bien situado para distinguir entre

una y otra cosa y evitar qué tal confusión se produzca.

 

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