Asociacionismo y Partidos políticos     
 
 ABC.    05/03/1971.  Página: 18. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

ABC. VIERNES 5 DE MARZO DE 1971.

ASOCIACIONISMO Y PARTIDOS POLÍTICOS

Va al tema de las asociaciones políticas prendido, como la sombra al cuerpo, el de los partidos. Y son

muchas las veces en que al hablar de tales asociaciones se señala, más que a ellas mismas, a su sombra; al

fantasma de los partidos. Hay otras ocasiones en que además, abordando el tema, pero sin mentarlo, se

habla de los supuestos prácticos sobre los que la libertad reposa, y acentuando más de la cuenta su

importancia se pone fuera de juego, implícitamente, la cuestión del pluralismo. Es decir, hablándose de la

insuficiencia de las libertades en el sistema liberal de partidos se desliza una condena de éstos-

haciéndose abstracción del sistema en que se produjeron—y, de rechazo, como si tirando de la sombra

pudiérase arrastrar el cuerpo, se acaba por desautorizar a las asociaciones. Ocurre, en el sentido que

comentamos, que a fuerza de cargar el énfasis en los medios se entra en un circuito cerrado, laberíntico,

del que es imposible salir en pos de los fines.

Estas fintas dialécticas, que tienen su utilidad para quienes pretenden que el asociacionismo permanezca

demorado, dormido en la letra y el espíritu de nuestras Leyes Fundamentales, no obligan por supuesto a

que la confusión que comportan sea respetada más allá de las formas que el pacífico y correcto diálogo

político comporta, o más acá de la urgencia con que la debemos objetar quienes, en sentido contrario,

creemos de necesidad perentoria desarrollar todo el potencial del pluralismo y contraste inscrito en las

normas básicas del sistema político español. Preocupados como estamos en los supuestos reales de la

continuidad, no nos basta la mera proclamación de las condiciones jurídicas y formales de la misma, sino

que, también—como otros lo hacen al hablar de las libertades—, aspiramos a ver, dentro de un plazo cuya

brevedad aconseja la prudencia política, establecidas sus condiciones prácticas.

En fecha reciente hemos suscrito el criterio de quienes afirman que la reinstauración no debe verse

comprometida por el riesgo de una inasistencia popular provocada por la falta de los oportunos cauces, o

por el inacabado desarrollo de éstos. Y en la misma ocasión puntualizábamos que no correspondía

históricamente a la Corona el compromiso de rematar una obra que se debe entregársele terminada.

Pues bien, aguas arriba de los argumentos moratorios a que aludimos, frente a la identificación que se

hace de las asociaciones políticas y los partidos, y a la reducción de éstos hasta una imagen de escisión

nacional irreparable, cabe puntualizar :

Primero. Que el pluralismo político, en cuanto expresión de una doble variedad de ideas y de intereses, es

consustancial a cualquier tipo de democracia.

Segundo.Que mientras el pluralismo supone una acepción genérica de libertad, se especifica, como

fórmula concreta, en sistema de partidos o, lo que debe ser la experiencia española, en asociaciones po-

líticas.

Y tercero. El sistema de partidos también puede ser entendido como género y no sólo como especie de

pluralismo y representación. Dentro de la democracia parlamentaria existen, como es sabido, modelos

cuyo contenido puede ser harto distinto. ¿Qué similitud esencial—cabe preguntarse—existe entre la

democracia norteamericana y cualquiera otra de las históricamente enraizadas en el Viejo Continente?

¿Qué disimilitudes esenciales —podría aducirse también—existen entre el Partido Demócrata y el Partido

Republicano?, ¿no se asemejan éstos entre sí lo bastante como para que fueran considerados como

asociaciones políticas que sólo expresan modos distintos de servir a un mismo haz fundamental de ideales

políticos?

Hay tanto de bizantinismo como de voluntaria confusión en este tema, tan vital, de articular la pluralidad

política en España. Se ha llegado a obstar el asociacionismo adscribiéndole riesgos propios del sistema de

partidos, mientras se hacía abstracción de la diversidad de contenidos que éste ofrece. Y, por el contrario,

no se ha reparado ni se repara lo bastante en que nuestras Leyes fundamentales no ofrecen opción alguna

a las posibilidades políticas especificas de las democracias parlamentarias. Es, por ejemplo, el rasgo

genérico de la oposición, del contraste de pareceres, el poderse definir en las Cámaras frente al Gobierno,

y no la posibilidad constitucional de derribarlo. Por ello, descartada esta hipótesis en las normas que

regulan nuestras instituciones, las cautelas que provoque el asociacionismo sólo pueden justificarse,

honestamente, partiendo -y expresándolo así - de la preocupación de preservar una cierta comodidad y un

superávit de sosiego para la labor de gobierno; pero no pueden ni deben justificarse esgrimiendo los

peligros que son propios de los partidos en los sistemas democráticos que se definen, más que por lo

inorgánico, por su parlamentarismo; es decir, por la paralizante prepotencia de las Cámaras.

Digamos, por último, que no debe seguir esta prolongada tesitura en que de puro estar señalando lo que el

sistema no es, se acabe por no poder definir en qué consiste.

 

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