Autor: Carabias Sánchez-Ocaña, Josefina. 
   Las feministas     
 
 Ya.    18/02/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

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JOSEFINA CARABIAS

las feministas

—Estas son todos "de la cascara amarga"... —decía uno de los muchos hombres que, mezclados entre un número Impresionante de mujeres de todas las clases sociales, asistieron el otro día al dia al coloquio sobre "Mujeres y política", del que fueron ponentes varias jóvenes que son destacabas figuras de los nuevos movimientos feministas de nuestro país. Abrió el debate Cristina Alberdi, de los Seminarios

Feministas, que actuo como moderadora.

E1 coloquio estaba patrocinado por el Club Convergencia, que se esfuerza por conseguir que los españoles de las tendencias más distintas puedan debatir entre sí ante un público tan variado como sea posible, sin que pase nada.

Ciertamente, en esas confrontaciones entre personajes políticos de distinto signo a veces hay gritos y abucheos recíprocos. Pero, en conjunto, creo que son un buen ejercicio de convivencia y que la discrepancia—cuando se produce—no puede nunca compararse en cuanto a griterío y agresividad con la que se registra a veces en el fútbol.

A mí, en este sentido, y teniendo en cuenta lo "vidrioso" que resulta siempre el tema feminista—y más cuando se mezcla con la política—, el coloquio me pareció, en conjunto, bien.

Incluso el señor que dijo lo de la "cascara amarga" encontró que estaba en su derecho, y en una línea que no podía chocar a nadie.

Porque si se refería a que la casi totalidad de las señoras y señoritas que intervinieron desde la mesa llevan el "corazón a la izquierda" —en el sentido real y figurado de la palabra—, evidentemente estaba en lo cierto, y ninguna de ellas lo ocultó.

Ahora bien, incluso las que militan en el socialismo—como Carlota Bustelo—justificaron la necesidad de que existan movimientos femeninos o feministas, ya que ninguno de los partidos actuales (a pesar de ser tan numerosos) da prioridad al tema de las aspiraciones feministas avanzadas. Carlota Bustelo dejó muy claro y muy bien sentado que ella estaba en el coloquio como miembro del Frente de Liberación de la

Mujer, y no como militante de un partido político.

Seguidamente, Paloma Cruz López (y no Cruz Conde, como han dicho casi todos los periódicos, copiándose la errata unos a otros), del Movimiento Democrático de Mujeres, no sólo Indicó la Insuficiencia de los partidos políticos en esa materia, sino su desconfianza total hacia las intenciones de todos ellos. Si se ocupan de la mujer es porque la mujer tiene voto. Y así, les ofrecen todos unas pequeñas reformas, "una guinda como gancho". Las mujeres, como vienen haciendo desde la Revolución Francesa, que les negó el voto, tienen que seguir luchando por sí mismas.

Mabel Pérez Serrano, presidenta de la Asociación de Mujeres Separadas (separadas de los maridos y, en muchos casos, por abandono), fue la que se mostró más suave y más de acuerdo con el partido político a que pertenece—la Izquierda Democrática, de Ruiz-Giménez—, hasta el punto de que alguna de las que Intervinieron al final en el coloquio protestó de tal propaganda, dando lugar a que la aludida se defendiera muy brillantemente y con gran moderación.

Una de las que hablaron en términos más radicales, pero que tuvo al público (incluso al disconforme) pendiente de sus palabras, por el aplomo y sagacidad con que se expresaba—desde su punto de vista, claro—, fue Carmen çVigil, del Colectivo Feminista de Madrid. Llegó a hablar incluso de la "socialización de las faenas domésticas", aun para las mujeres que las realizan por cuenta propia.

Se esté o no se esté conforme con algunas de las opiniones, y, sobre todo, de las generalizaciones de las feministas militantes, hay que reconocer que todas se expresaron con elocuencia. Ninguna habló, como suele decirse, "a tontas y a locas". Todas sabían muy bien lo que decían y lo que quieren.

Pero más elocuente que ningún discurso y que ningún argumento resultó la comparecencia espontánea de una joven, quien, en representación de otras trescientas mujeres—comprendidas entre los catorce años y la cuarentena—, trabajan en una fábrica de camisas para hombre. Es decir, que su trabajo consiste en coser. Un oficio femenino de los más viejos y en el que, tal vez por su antigüedad, perduran métodos arcaicos de discriminación. Es decir, que los hombres que trabajan con ellas—una veintena—no sólo gozan de otro trato y ganan más, sino que alguno se presta, sin empacho, en caso de conflicto, "a meterlas en cintura" por unos procedimientos que parecen increíbles.

"Es absolutamente cierto—dijo la joven—, y ustedes habrán podido leerlo bien destacado en las noticias de un periódico tan serio y tan responsable como YA, que cuando estábamos ante la fábrica pidiendo la readmisión de las cuarenta compañeras despedidas, uno de los hombres, que también pertenece a la plantilla, arremetió con un coche contra el grupo y envió a dos de nuestras compañeras al hospital. El mismo había agredido también, días antes, a otra compañera y a la madre de ésta."

Creo que fue el argumento de más peso de cuantos allí se emplearon. Una cosa así jamás hubiera podido ocurrir entre trabajadores hombres. El público quedó tan sensibilizado que incluso muchos de los que habían mostrado su disconformidad con la mayoría de lo dicho por las feministas aplaudieron unánime y largamente a las muchachas que viven de practicar una de las más duras y malsanas entre las llamadas "sus labores"—la costura—, pero por cuenta ajena y en situación, no sólo discriminatoria, sino, a veces, humillante.

 

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