Autor: Cela Trulock, Camilo José. 
 Firmas en Informaciones. 
 Unas palabras que no llegaron a pronunciarse     
 
 Informaciones.     Páginas: 1. Párrafos: 18. 

FIRMAS EN «INFORMACIONES» UNAS PALABRAS QUE NO LLEGARON A PRONUNCIARSE.

El escritor y académico don Camilo José Cela presentó el pasado día 2 de marzo su renuncia al cargo de

presidente del Ateneo de Madrid, para el que había sido propuesto por el director general de Cultura

Popular, don Ricardo de la Cierva.

El Ateneo madrileño ha estado inactivo desde el mes de septiembre de 1972, cuando se ordenó su cierre

aprovisiónate o fin de proceder a las obras de reparación del edificio. Realizadas estas obras, la Dirección

General de Cultura Popular ha anunciado la reapertura del Ateneo para el 15 de mayo de este año. Aunque

han circulado numerosos rumores en torno al sustituto del cargo que renunció Cela —entre ellos Carmen

Llorca y Salvador Dalí—, por el momento se ignora guien será el presidente del Ateneo.

INFORMACIONES publica hoy, con autorización de su autor, el discurso que para el acto de toma de

posesión como presidente del Ateneo había escrito el insigne académico Camilo José Cela.

Por Camilo José CELA

DETERMINADOS acontecimientos me señalaron la prudente necesidad de -LJ retirar mi candidatura a la

presidencia del Ateneo de Madrid. Para el acto de toma de posesión —¡qué ingenuidad, la mía!— escribí

estas páginas que ahora publico sin más deseo que el de que no se las lleve el vendaval del olvido. La

historia desconoce la marcha atrás, bien lo sé, pero tampoco Ignoro que la historia discurre por cauces que

a nadie le son negados: ni a quienes la escriben ni a quienes la padecen, que todos —de un modo u otro—

la representamos. Como español, me reservo el derecho de amar a España: altivamente y contra viento y

marea.

«Señoras y señores:

Para que nada hubiera de quedárseme en el tintero, y también para no dejarme arrastrar por ´las palabras y

decir más de lo que la discreta prudencia aconsejare, arbitro leer ante ustedes estas dos o tres cuartillas en

las que trataré de exponerles, con tanta brevedad y concisión como pueda hacerlo, mis inabdicables

puntos de vista y mi diáfano y elemental programa como presidente —siquiera sea in partibus infidelium—

del Ateneo de Madrid. Quede claro mi pensamiento de que las declaraciones de principios siempre me

parecieron posible arma falaz y confundidora, y que tan sólo las conductas al servicio de una noble causa

valen, en mi ánimo, para hacer buenas o malas las actitudes y admisibles o rechazables las consecuencias

y los logros. Hace ya muchos años que en castellano se dice Que de buenas Intenciones está empedrado

el reino de los infiernos.

También Intentaré explicarles mi postura ante el cúmulo de problemas que se me avecinan y de cuya reali-

dad soy consciente; quiero (fue todos sepamos, desde ahora mismo a qué carta quedarnos, ya que el

Juego limpio es la primera norma que propugno.

Cuando hace dos años, exactamente el día 9 de mayo de 1972, pronuncié mi última conferencia en esta

casa, aquella que hube de titular Breve noticia de un curioso epistolario del joven Baroja al joven Martínez

Ruiz, aludí —al hilo de la palabra— a esta institución tan zurrada como gloriosa al hablar de «estos techos

que fueron liberales e intelectuales y que aspiran a volver a serlo». Interpreté entonces —y sigo

interpretando ahora— que la cerrada ovación que resonó entre estas paredes no significaba un premio a

mi persona, sino que señalaba la diana de una común añoranza: la libertad, ese concepto que, para Bernard

Shaw, significa responsabilidad, y por eso le tienen tanto miedo la mayoría de los hombres.

"La libertad, Sancho —aleccionó Don Quijote a su escudero en trance de ejemplaridad—, es uno de los

más preciados dones que a los hombres dieron los cielos: con ella no pueden igualarse los tesoros que

encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y se debe aventurar la

vida." Napoleón Bonaparte no permitió que Chateaubriand pronunciara su discurso de recepción en la

Academia Francesa; poco ha de Importarnos ahora puesto que las palabras sobrevolaron y pervivieron

por encima de la orden caprichosa: la libertad —escribió entonces Chateaubriand— es tan naturalmente

amiga de las ciencias y de las letras que se refugia entre ellas cuando se la destierra» de los pueblos." No

es casual que a estos muros que nos acogen les llamemos Ateneo, jamás hay nada casual, aunque pudiera

parecerlo.

Debo declararles ha ustedes que la hora de hacer ciertas y verdaderas aquellas intenciones no ha sonado

todavía, aunque es posible que se nos muestre ya menos lejana y reacia que entonces. Para intentar

hacerlo así es para lo que hoy comparezco ante ustedes. Entre todos, quizá podamos conseguir poner en

funcionamiento esta compleja máquina del Ateneo, la institución que desde ahora debe quedar al servicio

de los españoles que, con el corazón lastrado de patriotismo, se sientan con fuerza bastante para erigirse

en protagonistas de la historia que, Irremisiblemente, nos ha de tocar vivir: ora rigiéndola con buen sentido

y con esperanza, ora padeciéndola con amargura pero con esperanza también.

El Ateneo de Madrid, en esta su etapa que ahora rompe a andar, ha de ser —al tiempo— agora y aula:

lugar de cita para el diálogo y la discusión, y también hogar de la sabiduría. Sólo entendiéndolo en grácil

—y difícil— equilibrio sobre la cuerda de estos ambos conceptos podemos conseguir que el Ateneo, sin

dejar de serlo y sin renunciar a su papel rector, pueda servirnos para algo; nadie olvide que el Ateneo no

es una plaza de toros ni un zoco del guirigay, pero tampoco puede convertirse en un frío panteón de

hombres ilustres ni en un osarlo de Ideas prescritas y fosilizadas. Mesura hasta en el sufrimiento, pedía

Séneca; mesura hasta el heroísmo me permito pedirles a todos ustedes.

Desde Madrid afirmo mi vieja convicción de que el meridiano de España no pasa (o no pasa tan sólo) por

Madrid. España es país, o puzzle de países, con tantos meridianos como vientos tiene la rosa de los

vientos, y ahí, precisamente ahí, reside su riqueza. La cultura española, que es lo que debe preocuparnos,

puede y debe expresarse en cualquiera de las cuatro lenguas españolas, y su serena contemplación y su

flexible convivencia ha de ser el denominador común de nuestro interés culto. Rechazo, por antipatriótico

y cicatero, el supuesto contrario: la suicida actitud que nos ha llevado a los españoles, en más de una

triste ocasión, a perseguirnos como alimañas y a ignorarnos los unos a los otros como sordomudos. Y

conste que a nadie eximo de culpa. Quisiera sugerir a los castellanos que no deben ser tan humildes como

para conformarse con que a su noble lengua se le adjetive de oficial No, el. castellano es algo más: es la

lengua común de todos los españoles.

Repárese en que es más importante, bastante más Importante, y duradero y glorioso, ser la lengua de

Cervantes, •de Quevedo y de Fray Luis, que ser la lengua del Boletín Oficial del Estado.

Una Interpretación demasiado elementalmente egoísta —y simplistade mi actitud al aceptar esta presi-

dencia nos llevaría al falso supuesto de que nada gano —y mucho puedo perder— haciendo lo que ahora

intento. MI pensamiento es exactamente dispar: gano paz en el espíritu y sólo, en el peor de los casos,

puedo perder comodidad en el cuerpo, eso que bien poco me Importa si al Ateneo conseguimos hacerlo

funcionar algún día corno tal Ateneo. Pienso que • la empresa bien merece la pena, y no olvido que no se

pueden pescar truchas a bragas enjutas.

Declaro paladinamente que no me siento presidente de una junta directiva, sino de una comisión gestora.

Tanto mi nombramiento como el de mis colaboradores adolecen de un vicio de origen: yo he sido

designado «a dedo» y mis colaboradores fueron designados, también «a dedo», por mí.

No me he planteado todavía —y aún no tengo, por tanto, una idea clara de qué es lo que conviene a los in-

tereses del Ateneo— el tema de si es preferible que los socios, llegado el momento, elijan un presidente y

éste designe a sus colaboradores o, por el contrario, que sean los socios quienes voten la lista entera de

sus directivos; ambas fórmulas tienen sus pros y sus contras y ambas, paralelamente, son dignas de

consideración y estudio. Permítaseme que deje la solución del problema para más adelante, después de

haber escuchado opiniones y sopesado criterios.

Son varios, en cualquiera de los dos supuestos, los pasos a dar antes de elegir, por voto directo entre

todos los ateneístas, el primer presidente o la primera junta directiva. Supongo que se me llamó a este

puesto para liberalizar serenamente el Ateneo; eso es lo que entendía y lo que me animó a embarcarme en

esta incierta —y apasionante— travesía.

Aspiro a laborar por constituir el Ateneo como una institución de carácter privado; se nos plantearán, sin

duda, una serie de cuestiones legales, políticas y económicas, de no fácil arreglo, pero para ayudarme a in-

tentar resolverlas, sé que cuento con la abnegada colabora ción de unos hombres y unas mujeres —mis

compañeros de junta— hacia los que quiero expresar aquí mi gratitud. También confío en otro apoyo y de

mayor alcance: el de ustedes, los socios, a cuyo mejor mandar quedo desde ahora; para que su voz no

caiga en el vacío y también para que sus pretensiones sean siempre escuchadas, figura en la comisión

gestora un nombre al frente de un puesto clave: el de representante de ía diputación de socios.

Una vez puesto en marcha el Ateneo, yo consideraría cumplido el encargo que se me hizo y prescrita la

confianza que en mí se depositó, y dimitiría la presidencia de la junta gestora. Este acto deberá producirse

en un plazo no mayor al de tres años, bien entendido que sólo podrían acortarlo: la cara del logro de los

objetivos previstos —supuesto óptimo e llusionador, pero no descartable de antemano—, o la cruz de mi

muerte física o política o el incumplimiento por el Estado de las garantías de libre acción que se me dieron.

Para entonces seria llegado el momento de convocar elecciones en esta casa. Por considerarlo un deber

ante ustedes, anuncio desde ahora que pienso presentar mi candidatura a la presidencia, tras haber

dimitido mi cargo antes de abrirse el período electoral, claro es.

Sólo me enfrentaré entonces con dos posibilidades: la de ser elegido o la de ser derrotado. En el primer su-

puesto, me cabrá la satisfacción de que la mayoría de ustedes aprueba mí gestión. En el segundo, nadie

podrá quitarme el gozo de haber hecho posible la libre censura, por vía democrática, de esa misma gestión

que, si honesta —y en hacerla así empeño mí palabra—, también pudiera ser, a fuer de humana, errónea.

Quiero decirles también —y para terminar— que mis filías y fobias las he dejado a la puerta de esta casa y

que mis simpatías y mis antipatías las he estrangulado, quizá con esa infinita paz que sólo Dios concede a

los grandes criminales, antes de sentarme en el sillón en que me siento. Creo que no se puede gobernar, a

la escala que fuere —y la mía es bien modesta—, sin antes haberse lavado la memoria de ofensas y favores

dados y recibidos. La frialdad es virtud difícil, bien lo sé, pero la calentura no es caldo propicio para el

discernimiento. Mientras sea presidente del

Ateneo a nadie consideraré enemigo, ni aun a quienes se esfuercen en demostrarme su enemistad. Quisiera

que mis palabras no dejasen el menor resquicio a la duda.

Las puertas del Ateneo están de par en par abiertas para todos menos para los activistas de la ignorancia,

aquello que Shakespeare llamó la maldición de Dios. Recuérdese que, para Goethe, nada hay más

espantoso que una ignorancia activa.

No; con los ignorantes que presumen de serlo y hacen mote heráldico de su ignorancia, no pacto; creo

que ese, y no otro, es mi deber.

Muchas gracias por haberme escuchado.»

 

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