La doble legitimidad de Don Juan Carlos     
 
 Informaciones.    14/02/1974.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

LA DOBLE LEGITIMIDAD DE DON JUAN CARLOS

MAÑANA los Principes de España emprenden un viaje oficial a Arabia Saudí, Unión India y Filipinas.

Invitados por los Jefes de Estado de estos tres países, a ellos lleva don Juan Carlos la representación del Jefe del Estado. Conviene no olvidar el significado y la virtualidad de esta representación. A más de cuatro anos de su designación como Principe de España y sucesor, a titulo de Rey de la Jefatura del Estado, con una ejecutoria de servicios, discreción, popularidad, fidelidades, sacrificios y hasta silencios, es un grave error —aunque sólo sea de información— no tener a don Juan Carlos como figura presente y activa en la vida del Estado.

Y si se constata esa evidencia conviene que ninguna anécdota haga olvidar a nadie del alto respeto que se le debe al Príncipe y que él ha sabido ganarse. Ciertamente que resulta vana la proclamación de una lealtad a Franco que no vaya acompañada de una lealtad al Principe. Y obviando las personas, menos aún cabe en buena lógica una lealtad a las instituciones poblada de alguna reserva mental, aun cuando sea periférica, hacia la legitimidad monárquica prevista.

Las palabras del presidente Arias en su comparecencia ante las Cortes, sobre el tema sucesorio, son a este respecto prudentes y acertadas. Él Príncipe fue proclamado sucesor de la Jefatura del Estado por ser acreedor de cuatro condiciones básicas: reunir los requisitos constitucionales, su lealtad al Régimen y al Jefe del Estado, su pertenencia directa a la dinastía reinante hasta 1931 y su formación en el seno de la Universidad, el Ejército y el pueblo a los que ha de servir.

Su legitimidad es la que recibe de la Jefatura del Estado con el refrendo de las Cortes; hereda la legitimidad del largo ejercicio del Régimen y conjuga esa heredad con su pertenencia (como nieto de Alfonso XIII) a la dinastía reinante en la España contemporánea. Y a tales legitimidades suma otra no menos importante: en palabras del presidente Arias, «...la presencia frecuente —llana, cálida y desprotocolizada— del Principe y la Princesa entre las gentes de distintas regiones españolas; el dignísimo y eficaz cumplimiento de altas misiones de representación en el exterior, su puntual información de los problemas e inquietudes de la vida nacional, su abierta y sensible comprensión hacia los grandes temas de nuestro tiempo, acreditada en sus pronunciamientos públicos, su lógica capacidad de entendimiento con las más jóvenes generaciones...».

Seria ocioso este comentario o mera glosa de las palabras de don Carlos Arias de no ser por las especulaciones de cierta Prensa extranjera e incluso española sobre el futuro de una monarquía que encarna dos legitimidades de origen: la del 18 de julio y la dinástica. Especulaciones, además, que cayeron en el error y en el mal gusto de atacar o deformar la figura del padre del futuro Rey de todos los españoles.

Don Juan Carlos conjuga legitimidades jurídicas con legitimidades históricas y a ellas ha de añadirse para no faltar a la verdad una cotidiana legitimidad de ejercicio —lección de prudencia de estadista— como Principe de España. Y recurrir al tópico de monarquías periclitadas en Occidente, de monarquías intrigantes y cortesanas, es, como dijo el presidente ante las Cortes, fabricarse el enemigo a la medida. Ni por ley constitucional ni por talante personal, don Juan Carlos podría ser cabeza de otra cosa que lo establecido por quien podía y de lo requerido por el país: una monarquía moderna, dinámica y en la que el Rey, lejos de ser figura desfasada de oropel, ostenta definidas competencias de estadista, como garante constitucional de un Estado representativo, evolucionista y de Derecho.

Si de algo no dudamos es de la REALIDAD, la presencia y las dotes de un Príncipe Prudente. Si en algo hemos de colocar nuestras más caras esperanzas a largo plazo es en la cabeza de esa «monarquía moderadora», equilibrio de la vida nacional, poseedora de legitimidades y convocadora de voluntades que encarna don Juan Carlos de Borbón. Esa es la más alta cota de miras del Gobierno recién comprometido ante la Cámara de la nación. Un futuro políticamente apacible en el que una «autoritas» carismática e irrepetible trasmuta sus poderes a una suma de legitimidades históricas, dinásticas, ejecutivas y jurídicas, que recogen irrenunciables aspiraciones de concordia política, paz social y progreso económico de 34 millones de españoles que con su trabajo y madurez personales se han ganado la estabilidad y la tranquilidad perdurables.

 

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