Autor: Luca de Tena y Brunet, Torcuato (MERLÍN; ABC). 
   Dificultades fonéticas y políticas del Asociacionismo     
 
 ABC.    09/01/1970.  Página: ?-5. Páginas: 2. Párrafos: 17. 

EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA, SOCIEDAD ANÓNIMA MADRID

ABC

REDACCIÓN, ADMINISTRACIÓN Y TALLERES: SERRANO, 61 MADRID

FUNDADO EN 1906 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA

DIFICULTADES FONÉTICAS Y POLÍTICAS DEL ASOCIACIONISMO

«ASOCIACIONISMO: DAR CONTENIDO A LA PALABREJA SERA EL GRAN TEMA POLÍTICO

DE 1970»

Por Torcuato LUCA DE TENA

"A-so-cia-cio-nis-mo": esta difícil palabreja de nuevo cuño va a poner a prueba a lo largo de 1970 la

buena o mala dicción de los oradores parlamentarias. No es difícil predecir que este original y feo

neologismo será la voz polémica más usada en el año que comienza. Y lo será a pesar de la dificultad de

pronunciar el embrollo de sus "eses" y sus "ces": dificultad fonética sólo comparable a la dificultad

política de enunciar su contenido.

El lunes. 15 de diciembre, a las once , en punto de la mañana, comenzó la sesión plenaria del Consejo

Nacional. Era la primera vez que se reunía la Alta Cámara después de la crisis. Esta locución —"por

primera vez"—cabría multitud de casos y circunstancias, que incitaban la lícita curiosidad de los

asistentes. Era, en efecto, la "primera vez" que algunos distinguidos funcionarios, hoy ministros del

Gobierno, pisaban la sala de sesiones del antiguo Senado. Si los señores consejeros tenían la. oportunidad

de contemplar caras nuevas o desconocidas en el banco gubernamental, también, para algunos señores del

banco gubernamental, eran nuevas o desconocidas las caras de la casi totalidad de los consejeros. Era,

también la "primera vez", después del cambio de Gobierno, que algunos hombres públicos de mucho

relieve—Pedro Nieto Antúnez, José Solis Raíz, Manuel Fraga Iribarne, que ya eran consejeros nacionales

con anterioridad o con independencia de haber formado parte del Gabinete anterior—se sentaban en los

mesocráticos escaños del orden alfabético, lejos del banco azul que ocupaban cuando eran ministros. Era,

en fin, la "primera vez" que otros antiguos consejeros—Tomás Cancano Goñi, Licinio de la Fuente,

Tomás Allende y Julio Salvador—abandonaban el orden alfabético de los antiguos asientos mesocráticos

para cubrir los muchos huecos que la crisis dejó vacante en el banco ministerial. El "sie transit gloria

mundi" tenía aquel día, como las campanas, muy distinto sonido, según que los ilustres tímpanos que lo

escucharan fuesen de ministro cesante o de ministro recién ascendido. Lo mismo acontecía con otro

egregio latinajo: "¡sic itur ad astra!": "¡así se llega a las estrellas. ..!"

Entre los recién llegados al más alto firmamento político había un ministro que no ocupaba un asiento

más al lado de sus colegas de Gobierno, sino que se sentaba en la presidencia de la sala: Torcuato

Fernández Miranda, catedrático de Derecho Político, ex rector de la Universidad de Oviedo y, desde el 29

de octubre, secretario general del Movimiento, cargo que lleva aneja la vicepresidencia del Consejo

Nacional, ya que la presidencia efectiva la ostenta el Jefe del Estado.

En los palcos y anfiteatros reservados al público había más asistentes que nunca. La curiosidad era lícita;

el interés, justificado; la expectación, grande.

Y comienza la sesión. Mala suerte tuvieron aquel día el ministro de Justicia y el delegado nacional de

Deportes. Sus excelentes informes hubieran merecido un eco mayor y un mayor aplauso. Empero, que-

daron oscurecidos por el tema del día: las asociaciones; así como por los llameantes discursos de los

principales contrastantes: el del señor Fernández Miranda (que de su escaño alfabético acababa de

ascender al estrellato ministerial) y el del señor Fraga Iribarne (que, desde la altura de su galaxia

ministerial, acababa de posarse en un escaño alfabético).

Antes de abordar el fondo de la cuestión; antes de recordar las tensiones que allí se produjeron; antes, en

fin, de dar mi personal interpretación al porqué de aquellas tensiones, voy a permitirme una breve

divagación por las lindes que separan la retórica—"arte del bien decir"—de la dialéctica—"arte de

disputar en forma dialogada"— ya que se puede ser un buen retórico y un mal dialéctico, y viceversa,

cuando el ideal de un buen orador es dominar ambas artes, si es que trata de persuadir de su razón—con

pareja dignidad de palabras y argumentos—a su auditorio.

Es riesgo común de los políticos-oradores (y de este riesgo no estuvieron exentos los señores Labadíe

Otermín, Bailarín Marcial y Hertogs Echemendía) dar rienda suelta a unos discursos preparados la víspera

o la antevíspera para combatir lo que se supone que va a declarar aquél a quien se oponen. (A quien se

oponían estos señores consejeros. lo mismo que el señor Fraga Iribarne, era al recién estrenado como mi-

nistro secretario, señor Fernández Miranda, o para ser más precisos, a las reformas de su Departamento

que éste iba a proponer a la Sala, y cuyo texto era de antemano conocido. Lo que no se conocía era el

discurso que iba a pronunciar el señor Fernández Miranda en defensa de aquellas reformas.) Cuando las

discursos han sido preparados de antemano—lo cual en "retórica" es lícito, pero en "dialéctica" no—, si

aquél a quien el discrepante se opone dice exactamente lo que su antagonista suponía, el efecto será

excelente: pero si no dice ni por aproximación lo que aquél imaginaba, y el orador carece de agilidad para

modificar sobre la marcha lo que había preparado, el efecto puede ser altamente comprometido. Cuando

esto acontece, los "diálogos espaciados" de la noble disputa pública se convierten en "monólogos

entrecruzados", semejantes a los que recomienda, para aprender idiomas, el método Ollendorf: "¿Le gusta

a usted mi nueva casa.?" "Sí. señor; el pastel de nueces que hace mi tía Enriqueta es excelente." "Pues

todavía es más cara la ropa de cama del señor obispo." "Celebro que me lo diga; a partir de hoy veranearé

en Mallorca."

"No se lo aconsejo. La hija de Lady Burton no sabe bordar..." ¡Diálogos de sordos! Para un polemista es

tan importante la buena voz como el buen oído: saber decir como saber escuchar. Y he aquí que los

discursos pronunciados contra la reforma de su Departamento que proponía el señor Fernández Miranda

esgrimieron—para combatirlo—argumentos muy semejantes o casi idénticos a los que esgrimió—para

defenderla—el propio señor ministro. ¿Como pudo ser esto? Parque ninguno escuchó, para rebatir, lo que

decía aquél a quien rebatían.

Otro de los riesgos a que me refiero, sugerido también por la sesión del día 15, es el de caer en la

tentación de impresionar a los que escuchan, combatiendo con ardor polémico lo que nadie defiende, o

defendiendo, con tanta energía como generosa pasión, lo que nadie combate.

Todo cuanto dijeron los discrepantes de la reforma en el último Pleno del Consejo Nacional en torno al

tema crucial de las asociaciones, podría reducirse a este mínimo común múltiplo de un informe perio-

dístico: "los opositores a la reforma se declararon aperturistas y asociacionistas. Y en nombre del

asociacionismo y aperturismo dudaron del verdadero asociacionismo y aperturismo de quien, en nombre

del asociacionismo y aperturismo, se había declarado asociacionista y aperturista contra los falsos

asociacionismos y aperturismo".

Creo que algo falló en aquel singular contraste de pareceres, donde lo único que se contrastó fue la

ausencia de contrastes. Creo que el fallo no pertenecía al arte de la política, sino al de la retórica y al de la

dialéctica. Y apuntada esta sospecha (que brindo a Pedro de Lorenzo, autor recientísimo de "Elogio de la

retórica", excelente libro sobre la oratoria, que aún tiene fresca la tinta de imprenta), apuntada, digo, esta

sospecha, concluyo mi digresión.

El 3 de julio de 1969. en su penúltima sesión plenaria, el Consejo Nacional aprobó por unanimidad el

Estatuto de Asociaciones de Opinión Pública. Tales Asociaciones—su configuración, su estudio, su pues-

ta en marcha—dependían de la Delegación Nacional de Asociaciones, cuyo primer titular fue don Manuel

Fraga Iribarne, y el último, don Cruz Martínez Esteruelas. El 15 de diciembre del mismo año el Consejo

Nacional, a propuesta de su vicepresidente, suprimía tal Delegación Nacional. Pero, ¿qué es lo que en

realidad se suprimía: la Delegación Nacional, de la que dependían las Asociaciones, o la esperanza misma

de las Asociaciones? En esta duda opino que se coció la durísima oposición a la reforma sugerida,

olvidando que la tal reforma proponía la creación de una nueva delegación titulada "Acción Política", así

como en el desconocimiento de lo que el ministro iba a exponer. Las razones de la oposición eran, por

tanto, formales más que de fondo, sin descartar que llevara latente una duda o una perplejidad mayor.

Esta: la dificultad (hasta ahora insalvada) de enunciar el contenido de la voz "asociacionismo". Porque,

¿qué es el asociacionismo? ¿Un sistema de partidos políticos encubiertos? ¿Una fórmula para dar cabida a

la sociedad libremente constituida en la administración de lo que es privativamente suyo, como su

seguridad, su desarrollo y su porvenir? ¿Unos cauces para legitimar el distinto fluir de los movimientos de

opinión pública? ¿Una cristalización indefinida de las ideologías que se agruparon hace treinta y cuatro

años para salvar del comunismo y del caos a este trozo entrañable del Occidente cristiano que se llama

España? Todas las reapuestas son posibles. Mas, ¡ay!. no significan lo mismo.

El sistema de partidos—y ello es una de las grandes verdades denunciadas por el Régimen—es

teóricamente falso y prácticamente inoperante. Teóricamente falso, porque los partidos no representan

real y verdaderamente al país tanto como la suma de familias, corporaciones, intereses gremiales o

municipios. Prácticamente inoperante—dígalo la IV República francesa o la Italia de hoy—, porque el

Ejecutivo no puede gobernar sometido al estado de sitio de las Asambleas populares elegidas por sufragio

universal. No obstante—y esto, por el contrario, es una de las grandes verdades largo tiempo olvidadas

por el Régimen—, la Sociedad, debidamente organizada, tiene, como tal, derecho legítimo a

autogobernarse, a escoger sus hombres representativos, a dialogar a través de estos hombres con el

Estado, de modo que el Estado sea no sólo la cúspide, sino la prolongación de aquélla. ¿Es esto a lo que

pretende llegar el asociacionismo? ¿Es a remediar el largo silencio a que ha estado sometido el tema:

largo silencio cuya justificación en todo caso sería un problema histórico, cara al pasado, mas nunca un

asunto político, cara al futuro?

Asociacionismo: dar contenido a la palabreja será el gran tema político de 1970.

Personalmente considero que hay que responsabilizar ordenadamente a la Sociedad en la intervención de

todo aquello de lo que depende su porvenir antes de que la Sociedad desordenada e irresponsablemente

tome de su mano lo que es suyo. Y evitar que, al hacerlo, forzada a improvisar, al igual que en 1931 tras

la corta dictadura del general Primo de Rivera, improvise mal. Considero igualmente que el momento

adecuado para responsabilizar a la Sociedad dentro del orden establecido en el difícil mecanismo de una

justa intervención en la cosa pública, llega con retraso: pero que aún es tiempo. Y que, no habiendo sido

antes, el momento adecuado para conseguirlo es hoy.

Bien. Pero ¿cual es—en este intrincado asunto—la posición del Gobierno? ¿Cuáles las tendencias del

Consejo Nacional?, ¿cuál el criterio de su vicepresidente, señor Fernández Miranda?

Para encontrar contestación responsable a estos interrogantes, he solicitado del ministro secretario la

gentileza de unas declaraciones. Mis preguntas—muchas—han sido claras y terminantes. Las respuestas

del ministro han sido terminantes y claras. ABC las publicará el próximo domingo.

Torcuato LUCA DE TENA.

 

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