Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   El libro de "Tácito"     
 
 ABC.    08/05/1975.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

ABC. JUEVES 8 DE MAYO DE 1975. PAG. 6

OPINIONES AJENAS, POLÉMICAS, CARTAS, PUNTUALIZACIONES, COMENTARIOS.

EL LIBRO DE "TÁCITO"

Con el mayor interés, y también con la mayor simpatía, he leído, ávidamente, el largo y profundo prólogo

del libro que el grupo Tácito acaba de dar a la luz pública tras un clamoroso y espectacular acto de

presentación.

Me confieso ideológicamente muy afín a la mayoría de las premisas fundamentales y básicas que son

quintaesencia de todos y cada uno de los artículos que constituyen el libro. En mas de una ocasión he

coincidido, y con mi firma, al ciento por ciento, con sus aspiraciones, con su exposición de los problemas

y con las soluciones propuestas. Dejaría, pues, de ser fiel a mí mismo si no lo proclamara así. Y lo digo

con orgullo y alegría, sentimientos ambos nacidos del esperanzador hecho que supone contar en nuestra

Patria con un grupo de hombres de ese talante intelectual, político y, sobre todo, humano.

Pero no todo son elogios ni coincidencias. Comprendo que es muy difícil, en una obra colectiva y escrita,

llegar a plasmar posturas claramente definitorias en extremos especialmente importantes; pero por lo

mismo, cargados de contenido polémico.

Y sea la primera de las discrepancias, la que nace del asombro que produce la ausencia total de toda

referencia al problema de la forma de Estado, expresión que, por razones que ahora serían demasiado

largo exponer, prefiero a la de forma de Gobierno. En el largo y jugoso prólogo del libro de Tácito, no se

hace ni una sola alusión a la Institución Monárquica ni al Príncipe de España. Estoy seguro , aunque sólo

sea por mera intuición, que no se trata de un olvido involuntario; más bien del resultado de largas

deliberaciones en las que parece haber triunfado el principio de no mentar aquello que pueda separar a los

hombres que componen el grupo. Y no mencionarlo ni para bien ni para mal.

Porque, y ello no deja de ser curioso tácito tampoco se proclama accidentalista. Su única afirmación al

respecto es la contenida en el punto cuarto, página 46, del libro. dice así:«Las Leyes Constitucionales

Españolas son anbiertas y susceptibles de reforma o evolución. La soberanía reside en el pueblo y sólo

quien lo represente legítimamente debe gobernar. el Estado como Institución al servicio de los fines

sociales, estará sometido al control democrático de la sociedad..» ¿Acaso el Príncipe de España no

representa legítimamente para Tácito, al pueblo español?¿Ese reformable, repito, para Tácito. ese

Principio Fundamental según el cual España es un Reino?¿Qué condiciones ha de reunir la Monarquía,

que no tenga ya, para ser la solución "evolutiva y evolucionadora" del actual Régimen?

Son temas éstos demasiado importantes para ser dejados en la penumbra. Exigen una definición y Tácito

-que se define siempre un poco menos de lo que parece- no lo hace. Grave falta que, perdónenme los

autores, se asemeja mucho a la que en su día, cometieran aquellos destacados intelectuales que hace

cuarenta y pico años constituyeron el grupo denominado "Al servicio de la República"

Como me parece grave también omitir la necesaria exclusión, con sus nombres y apellidos, de toda

concomitancia , pactismo o tolerancia con el partido comunista. Ese es otro de los extremos que , de

alguna manera, ha sido grisaceado por el grupo Tácito.y bien sé que entre ellos hay quienes son racional y

activamente monárquicos y argumentadamente anticomunistas. Pero dejar estos puntos en el claroscuro

de una definición por hacer, es flaco servicio a ese deseo de que «importa mucho a la hora de idear el

futuro comunitario, partir de unos Presupuestos nítidos y compartidos, conocer con alguna aproximación

la idea que todos tenemos de la sociedad española y del Estado que aspiramos a encargar de la gestión de

los asuntos sociales».

No. No todos los principios del actual Estado son reformables. Los hay que, por encerrar en sí mismos la

entraña viva de un pueblo que, quiérase o no, se vio envuelto en una guerra civil resucitada por unos u

otros en mil ocasiones, no son susceptibles de dejarlos «para después». Ni someterlos al mismo régimen

revisorio que el que se preconiza para reformar el sistema electoral o regular el derecho de huelga. Hay

principios esenciales, inalterables, permanentes e inequívocos que no admiten discusión.

Y esto no es ni inmovilismo, ni menos aún, encerrarse en el «bunker». Es todo lo contrario. Porque sólo la

Monarquía posibilita la evolución ordenada. Sólo los pueblos que de una manera estable tienen aceptada

su forma de Estado, pueden acometer, con el debido sosiego y la necesaria urgencia, las tareas propias de

las reformas necesarias. Poner en tamiz de juicio, cómo o quién ha de ostentar o encarnar la Suprema

Magistratura del Estado es querer volver a empezar a tejer la misma tela cada cincuenta años. Y, de otro

lado, solo cabe pluralismo para quienes respetan a los demás. No para los que, al socaire de su nombre, se

alzan, en cuanto pueden, con mayoría de votos o sin ella, con el santo y la limosna. Democracia, pero

para los demócratas. A los otros hay que medirlos con distintas varas.

Por todo ello, si es cierto que con Tácito propugno mayor anchura del campo de juego, más amplia

participación y más limpia de los jugadores, todo ello me parece inútil, irreal, ilusorio y, sobre todo,

desconcertante sin la previa fijación de unos hitos, muy pocos, pero muy claros. que señalen el límite de

aquel campo y el derecho a participar. Porque, valga el ejemplo, el que venga a la política española del

futuro por vía democrática, para arrasar el principio de libertad de la persona o establecer el monolitismo

de la dictadura del proletariado, a ése, yo por lo menos, no le invito a jugar.—José María RUIZ

GALLARDON.

 

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