Autor: Mendo Baos, Carlos. 
   Entrevista con Don Juan Carlos     
 
 ABC.     Páginas: 2. Párrafos: 25. 

ENTREVISTA CON DON JUAN CARLOS

Por Carlos MENDO

(Director de la Agencia Efe.)

El camino del palacete de la Zarzuela desarrolla un clásico paisaje madrileño, con aire de montería, y ha sido, sin duda, recorrido, en estos años, por muchos periodistas. Otros lo recorrieron sólo con la imaginación y, a veces, con prejuicios. Nosotros lo recorremos, ahora, una vez más, en pura y limpia aproximación, hacia la verdad que puede manifestarnos un hombre sincero: Don Juan Carlos de Borbón o, como se dice, generalmente, "el Principe".

Al decir un hombre, no podemos evitar una actualización mental que va siendo necesaria a muchos comentaristas. El Príncipe dejó perdurar su personalidad juvenil, y, a veces, nos sucede como a esos padres que siguen viendo, afectuosamente, en sus hijos, a un eterno niño. Pero, el Príncipe es, ahora, un padre de familia con tres hijos y su juventud ha madurado en todos los órdenes. El Príncipe es un hombre en plenitud, un hombre joven, con todas sus consecuencias. Un español, católico, de estirpe real, que ha cumplido ya los treinta años que le dan la plenitud de condiciones para la figura del sucesor en nuestras leyes.

Es día de Reyes, en todos los hogares españoles y, también, en este hogar español de la Zarzuela, en cuyas estancias se perciben huellas de la mágica visita. Juguetes, flores, paquetes recién abiertos. El día de Reyes es una fecha tradicionalmente vinculada a nuestra Monarquía católica y a nuestras costumbres militares. En esta Pascua militar, precisamente, ha recibido el Príncipe la noticia de su ascenso a capitán del Ejército de Tierra, pues, como es bien conocido, la educación de Don Juan Carlos ha cuidado especialmente su compenetración con nuestras Fuerzas Armadas y, como resultado de su paso por la Academia de Tierra, Mar y Aire pertenece al escalafón de nuestros tres Ejércitos. Aquí los Reyes no son sólo una referencia mágica, sino una evocación simbólica. Es un buen día para llegarse a esta casa.

Don Juan Carlos ha debido jugar con sus hijos, pero, también, ha debido pensar, en estas fechas. Quiere pensar y, prueba de ello, es que no ha dudado en recibirme para hablar de un tema que, cada día, cobra mayor seriedad y trascendencia. Me recibe con su talante de hombre bueno, con sentido del humor y una efusiva cordialidad, un poco contenida. Se ha hecho, a simple vista, un hombre bueno y prudente. Un Príncipe prudente, que haría el ideal de aquellos tratadistas clásicos de los "espejos de príncipes". Hay una decisión inquebrantable en el camino que ha aceptado. Una decisión que trasciende en seguridad y confianza. No es ya un estudiante, ni siquiera un aspirante con vacilaciones, ni un pretendiente inquieto por hacerse propaganda, ni un cabecilla de ambiciosos. Es, sencilla y plenamente, un Príncipe que está en Príncipe, para todos y al servicio de todos. Y, Dios dirá cuál ha de ser este servicio serenamente presentido y minuciosamente preparado.

En el despacho, lleno de libros, algo desordenado y acogedor, hay una maqueta del cohete que llevó a los astronautas americanos a circunvalar la Luna, y un mapa con la trayectoria de la hazaña espacial.

—¿Le parece a Su Alteza decisivo para la Humanidad el maravilloso viaje del «Apolo VIII?

—Es un importantísimo paso en el avance científico y técnico del género humano. Pero, con ser esto trascendente, aún creo más importantes las consecuencias morales que tendrá, en la conciencia de todos los hombres la necesidad de colaboración internacional que estos avances suponen. Una conciencia planetaria se impone, por la fuerza de los hechos, y provoca síntomas de solidaridad entre todos los pueblos. Es una aventura de la Humanidad entera la que ahora se presiente y creo que, a la larga, provocará una mayor unidad entre los hombres, la existencia de un objetivo común que se hace asequible, la exploración del espacio, no es sólo un valor material, es un valor espiritual decisivo.

—Es verdad que a los hombres les hace falta sentirse más solidarios. Pero, en otros campos, el panorama universal no parece muy esperanzador. ¿Qué opina Su Alteza de las grandes dificultades internacionales del año que acaba de terminar?

—En verdad, ha sido un año duro. La situación en Oriente Medio más parece haberse exacerbado que encontrar solución. La ocupación de Checoslovaquia supuso y supone, aún, un grave estorbo para que progresase la tendencia a una distensión entre Oriente y Occidente y, es evidente, que la doctrina justificativa de la Unión Soviética, al mantener, su derecho a intervenir por la fuerza en los asuntos de cualquiera de sus aliados y según su propia discreción, quebrante los principios y obligaciones estipuladas en la Carta de las Naciones Unidas. Las conversaciones de paz en Vietnam continúan apareciendo como dudosas. Y, lo más grave, es que se palpa la falta de confianza de los pueblos en las Naciones Unidas como lugar para armonizar los actos de las naciones. Nosotros mismos, con el problema de Gibraltar, tenemos a la vista una muestra de las dificultades con que tropiezan los imperativos de la conciencia universal para imponerse a la obstinación anacrónica y antijurídica de alguna nación. No obstante, la gran fuerza moral de los generales deseos de paz y justicia se percibe, condicionando, cada vez con mayor urgencia, a las líneas de acción política en todas partes.

Observo en el Príncipe una clara visión de la actualidad e, inclusive, una mentalidad más proyectada hacia el porvenir que hacia el pasado. No es un Príncipe en cuyas preocupaciones predomine la genealogía sobre el futuro. Y, sin embargo, ante un príncipe, es inevitable pensar en la historia.

Quisiéramos deducir de su opinión de hombre joven si es posible sintetizar en una persona la contradicción entre el peso histórico y el mundo de mañana, y por ello, le preguntamos: ¿no cree Su Alteza, que la Monarquía pudiera resultar una institución anacrónica en la era espacial que vivimos?

—Mire, honradamente, no creo que haya instituciones antiguas o modernas, sino eficaces o ineficaces.

Mientras no se demuestre lo contrario, los pueblos tienen, en nuestra época, un problema de estabilidad y continuidad en sus estructuras políticas. Precisamente, los pueblos capaces de afrontar los grandes avances técnicos y sociales de nuestros días son aquellos que, por otro camino, han conseguido una política nacional sólida y estable. La paz entre los pueblos se construye a través de aquellos pueblos en paz consigo mismo.

El camino no es en todos los pueblos idéntico y depende de circunstancias actuales y de caracteres tradicionales. Muchos creemos que, en bastantes ocasiones, es deseable que la culminación del Estado no esté al albur de los partidismos ni de las luchas intestinas y sea un firme punto de referencia permanente.

Y esta práctica da resultado en varios países avanzados y plenamente actuales. Es verdad que, en otros no; pero, también, vemos, frecuentemente, derribarse regímenes y constituciones no monárquicas, y no por eso pensamos que el fracaso se deba a anacronismo. En el caso concreto de España, no olvidemos que, a través de los siglos, nuestra Monarquía sirvió para una continuidad del Estado y de la unidad nacional que sólo tiene parangón en contadísimos países. Quizá pueda afirmarse que sólo pudo comenzar a peligrar la integridad y soberanía de España en los años en que se oscureció nuestra institución monárquica. Todo esto, sin duda, es lo que hizo pensar al Generalísimo Franco en la conveniencia de contar con la institución monárquica al trazar el marco legal de la España de hoy. Cuando este propósito legal se ha visto refrendado repetidamente por el asentimiento popular, creo que resulta difícil pensar en anacronismos. Se trata de un hecho con raíces históricas, pero plenamente insertado en nuestro presente.

—¿Quiere decir con ello Su Alteza que considera valiosas las leyes fundamentales en vigor?

—Naturalmente. Yo soy español y como tal, debo respetar las leyes e instituciones de mi país, y en mi caso, de forma muy especial.

—Bien, pero no se nos oculta a nadie que, en el caso de Su Alteza, las leyes tienen un significado especial. Quiero decir que en la aplicación de estas leyes pudiera contarse, algún día, con su persona. ¿Su Alteza estaría dispuesto a aceptar el resultado de la aplicación de estas leyes, si llegase ese momento?

—He dicho varias veces que el día que juré la bandera prometí entregarme al servicio de España con todas mis fuerzas. Cumpliré la promesa de servirla en el puesto en que pueda ser más útil al país, aunque esto pueda costarme sacrificios. Puede usted comprender que, de lo contrario, no estaría donde estoy. Es una cuestión de honor, a mi entender.

—Pero, si me permite Su Alteza, quisiera llegar más lejos en mi pregunta, ¿se considera con derecho a que estas leyes le favorezcan ?

—Creo que en nuestra época es mejor hablar de deberes que de derechos. Las situaciones personales no pueden considerarse como privilegio, sino como servicio. Yo, en consecuencia, no quiero plantearme una cuestión de derechos, sino, sencillamente, ser útil a lo que mejor convenga a mi patria. Esto es lo que vengo haciendo al dedicar mi vida a una formación adecuada para dicho servicio, que significa un sacrificio de otras actividades o apetencias personales. Estoy donde me han puesto un conjunto de circunstancias, unas de origen histórico y otras de origen actual, y procuro hacer cada día lo que pueda hacerme más útil para el futuro de los españoles, y evitar lo que pudiera perjudicar a esta utilidad. Lo demás, corresponde decidirlo a la Providencia, al interés nacional y al pueblo español, a través de sus instituciones. Pensar en el simple juego de un derecho es lo que sería anacrónico y poco realista.

—De acuerdo, Alteza, ¿pero no todos los que llamaríamos sectores monárquicos opinan de esta manera, según tengo entendido?

—Mire, a estas alturas, la Monarquía no es cuestión de sectores. Si así fuese, yo conozco muy bien el carácter minoritario de estos sectores y la imposibilidad de cada uno de ellos de imponer su criterio al resto de los españoles. En los pueblos en que la Monarquía presta actualmente un servicio valioso no predomina nada parecido a un partido monárquico que, normalmente, no debe existir. Son todos los sectores de opinión los que comparten un acuerdo de respeto a la forma de Gobierno que juzgan conveniente para el bien común, para la paz, la continuidad y el juego de las instituciones.

—¿Y cree Su Alteza que este acuerdo puede darse en España?

—Lo creo. Primero, porque nuestro pueblo ha dado su consentimiento a la instauración del principio monárquico en la cumbre de nuestros principios fundamentales. Segundo, porque nuestro pueblo se manifiesta deseoso de mantener esta legalidad política que debe garantizar la paz y armonía nacionales sin altibajos. Y la Monarquía, ya instaurada legalmente, es el camino que se le presenta como más consecuente con lo que se ha venido haciendo hasta ahora.

—¿Pero cuál Monarquía? ¿Esta Monarquía, de los principios fundamentales, no puede llegar a imponer sacrificios a los más fieles mantenedores de principios dinásticos, a veces, inclusive, contradictorios?

—No lo creo; no olvidemos que la reinstauración del principio monárquico en la vida española se produjo después de haber pasado la Monarquía por una grave crisis, que pudo haber acabado con ella. La situación política que ha hecho posible la reinstauración del principio monárquico se logró con la colaboración de muchos monárquicos y con el sacrificio de cientos de miles de familias españolas. Es lógico que éstos, más fieles mantenedores de principios dinásticos, acepten algún sacrificio en sus aspiraciones. Y si son verdaderos patriotas—y séame permitido afirmar que de un monárquico puede opinarse lo que se quiera, menos que no sea un patriota—comprenderán que, ante todo, está el bien de España. La satisfacción de ver recuperada la institución monárquica no es poco, por otra parte, para justificar agradecimiento y una cierta flexibilidad. Ninguna Monarquía, repase usted la historia, se ha reinstaurado rígidamente y sin algún sacrificio.

El Príncipe habla con serenidad y con una gran fuerza moral tras sus palabras. Y, al periodista no le es dado olvidar que, en la vida de un príncipe, cada día es un paso que lo acerca a un destino. Estas palabras, justas y ponderadas, tendrían un significado ayer, pero, hoy, lo tienen más intenso. Cada día que pasa, este joven es más hombre y, a la vez, más príncipe. Este es un hecho que se palpa, tanto entre los muros del palacete de la Zarzuela como en los ambientes más diversos de nuestra España. Es una realidad histórica que toma cuerpo entre nosotros. Por lo demás, como dice Don Juan Carlos, la Providencia, el interés nacional y el pueblo español, tendrán la última palabra.

Carlos MENDO

 

< Volver