Autor: Pemán Pemartín, José María. 
   La Reina y Madrid     
 
 ABC.    19/04/1969.  Página: 36. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

LA REINA Y MADRID

Reproduzco lo que escribí hace poco más de un año. En el casamiento de la Princesa Ena de Battemberg con el Rey Alfonso XIII se invertían los términos de la balada famosa de Heine. Era la palmera del Sur la que, inclinándose hacia el pino del Norte, cobraba figura de enamorado rendimiento.

Las criaturas blancas y rubias poseen para la solidez morena bética o celtibérica prestigio de maravillosa irrealidad. Es la atracción del romancero carolingio. Melisenda o Iseo eran criaturas rubias. Como lo son los ángeles y las hadas. En el espectro o arco iris hispano, la franja última exterior, frontera de lo celestial, sólo se concibe en la gama dorada.

Pero ocurría que las rubias vienen a España para tostarse al sol. En el caso de una Reina, para tostarse con un sol interior y psicológico. La Reina tenía que españolizarse. Y españolizarse, para las últimas Reinas españolas, a menudo ha querido decir, en primera instancia, "madrileñizarse".

Se puede objetar técnicamente cuanto se quiera, desde el ángulo geopolitico, en torno a la designación de Madrid como capital del reino. Se dice fácilmente que fue tozudez del sentido geométrico de Felipe II: la capital, en el centro; vigilando equilibradamente a Barcelona y Lisboa. Solución muy de "tierra adentro", muy propia de un país en el que el Cid llega a Valencia sin que su poema tenga un alejandrino que dedicar al Mediterráneo; donde la epopeya marítima se le cede a Camoens; donde la Escuadra Invencible se administra, en pérdida, como un cortijo, desde la meseta... Sin embargo, la obsesión geométrica filipense tenía su razón. España es una ronda de diversidades contrapuestas. La capitalidad tiene que equilibrar los celos y achares de muchas novias bonitas: Granada, Sevilla, Salamanca, Compostela. Madrid está en el centro para vencer tentaciones parciales y lograr una llenez sintética: lo "madrileño", expresión de lo "español", sin predilecciones. El Madrid de los Austrias se dedicó a ser antología popular.

Decir "la Corte" en París era decir Tullerías, Versalles, protocolo: una manera de estar al abrigo del Rey Sol que era el que más calentaba. En Madrid decir la Corte es decir la "villa y Corte": es decir, no sólo el Alcázar, sino el Prado; las Gradas de San Felipe, los aguadores, las tonadilleras. Gente toda que estaba al abrigo del sol que más calienta en España, y que suele ser la calle más que el palacio. Velázquez era tan pintor de Corte cuando pintaba a Reyes como cuando pintaba mendigos o borrachos.

Así se logró esa villa y Corte tan llena de popularismo y vida, que los Borbones, nostálgicos al principio de rosas y fuentes, fabricantes de oasis versallescos—Aranjuez, La Granja, el Retiro—acabaron enamorándose de la capital, convirtiéndose en albañiles de paseos, fuentes y arcos; collares, galas y abalorios que Don Carlos III colgaba a su novia, mientras Goya seguía pintando Reyes y majas, salones y praderas.

Así se acentuaba en la dinastía ese modo de españolizar extrayendo sustancias a Madrid. Las últimas Reinas de España tuvieron como profesores de español a sus egregios maridos. Alfonso XII se divertía en enseñarle desgarros madrileños a Doña Virtudes, como llamaba el pueblo, con cariñoso remoquete, a Doña María Cristina. Como Alfonso XIII enseñaba familiaridades de fuentes y plazuelas a Doña Victoria por ver como sentaba el estilo de Arniches con acento inglés y bajo esa segunda corona que es para los españoles una cabellera rubia. Isabel II poseyó un casticismo tan desbordado, que cuando se marchó llevándose sus debilidades, dejaba casticismo de sobra por los rincones de Palacio, para uso de austríacas y de inglesas. Así se licenciaban todas en madrileñismo, al que luego se añadía el doctorado a cargo de la tía Isabel, llamada "la Chata".

Dije ya alguna vez que tuve el privilegio de leer algunas cartas íntimas que la Reina, al morir Alfonso XIII, escribió a la que fue aya de su nuera María de las Mercedes, en Sevilla: Irene Rubín de Celis. "Nos queda el consuelo de su muerte ejemplar." "Todo lo que sufrió lo ofreció por España." "La cara se le llenó de gozo cuando llegó, al fin, el anunciado manto de la Virgen del Pilar." Eran cartas de una madre "cualquiera" en España.

Sería frivolidad anotar todo esto como puro costumbrismo. Todo esto chupa su jugo de esa sustancia donde reside el milagro y la eficacia técnica de la realeza. La nieta de la Reina Doña Victoria, de Londres traía bien aprendida la manera de ser "reina", misión que, por su universalismo esencial, se puede cumplir con acento de Buckingham y con modismos de Madrid. Cuando su hijo Juan, Príncipe entonces, fue a abrazarla antes de salir para España, donde quería unirse a la defensa de la libertad, sus palabras fueron como tantas que se pronunciaron aquellos días en los hogares de Estella, de Medina o de Córdoba: "Hijo, cumple tu deber. Los hombres, a luchar. Las mujeres, a rezar". Al decirlo, la Reina había ascendido otra vez a la suprema y gloriosa indeterminación popular de "cualquier madre". Cuando vino a Madrid hace poco más de un año, le oí decir al despedirse: "Ya puedo morir porque he prestado el último servicio a la Corona". Y luego, al abrazar a Don Juan con los ojos llorosos, ensordecida de aclamaciones: "Juan, nos quieren todavía".

Parecía que la nieta de la Reina de Inglaterra, en su pelo rubio, en su acento, se podían apoyar mil recelos superficiales de extranjería o inadaptación. Pero la verdad es que lo mismo al despedir a Don Juan, cuando intentaba ser soldado en Somosierra, que al despedir de la vida a su esposo, Alfonso XIII, esta española-inglesa, como la de Cervantes, se ponía en fila detrás de tantos pañolitos negros y tantas negras faldas rítmicas, en la doliente procesión de las madres y las viudas de España.—José María PEMAN.

 

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