Autor: Álvarez-Sierra, José. 
   "Cuiden y no abandonen el Hospital de la Cruz Roja"     
 
 ABC.    19/04/1969.  Página: 36. Páginas: 2. Párrafos: 8. 

«CUIDEN Y NO ABANDONEN MI HOSPITAL DE LA CRUZ ROJA»

Tres instituciones médico-sociales españolas, actualmente en pleno florecimiento, nacieron y se desarrollaron a la sombra del espíritu de calidad de la Reina Victoria Eugenia de Battenberg. Cuando hoy nos enorgullecemos del primer lugar´ que ocupa nuestra patria en organismos clínico-asistenciales tan prestigiosos y calificados como el Patronato Antituberculoso, la Cruz Roja y la Lucha Contra el Cáncer, bueno será recordar aquellos tiempos finisiculares y alba del siglo XX, en que las tres mayores tristezas que más pueden deprimir en la vida familiar encendieron en el corazón de una Joven Reina el gran fervor por ejercer en ellas el bien y dedicarlas su atención preferente.

El año 1895, poco después del descubrimiento del agente microbiano responsable de la terrible peste blanca, se celebró en París un Congreso internacional contra la tuberculosos, en el que acordaron sistematizar la lucha médico-social correspondiente. Representado nuestro Gobierno por el sabio médico del Hospital Provincial de Madrid doctor Espina, firma y se adhiere a sus acuerdos. Pero vienen los tiempos de inquietudes políticas en el solar hispano agravadas por la guerra de Cuba, política de restricciones económicas y de negativas rotundas para crear nuevos organismos. Las iniciativas de los sanitarios españoles pretendiendo dar cumplimiento a los acuerdos del Congreso de tuberculosis caen en el vacío, hasta que el 6 de febrero de 1906 el conde de Romanones, ministro de Gobernación, somete a la firma de Don Alfonso XIIIun Real Decreto por el que se crea la Liga Popular Antituberculosa. Surge un grupo de ilustres médicos capitaneados por el doctor Espina: Verdes Montenegro, Codina, Hergueta, Mariani, Gimeno, etc.; pero todos ellos, después de intensas campañas en las que propugnan por la fundación de dispensarios y sanatorios en los que descubrir casos incipientes y facilitar cura de aire y de reposo a los tísicos avanzados, caían en el desaliento al ver que los poderes públicos no dejaban concebir grandes esperanzas respecto a la consecución de sus ideales. Pero cuando los sanitarios y clínicos tisiólogos se encuentran más desorientados, la esposa del Rey, la bella y simpática Reina Victoria Eugenia, mujer de gran corazón, se da cuenta de la enorme gravedad humana que significa no dar cumplimiento de lo dispuesto en Congresos internacionales, y asesorada por su discreta madre política, Doña Cristina, crea un Comité que organiza cuestaciones públicas, algunas que rápidamente prenden en el alma del pueblo, como la Fiesta de la Flor, y se crean en Madrid los dispensarios públicos de María Cristina, en la calle de Goya; Príncipe Alfonso, en el paseo Imperial, y Victoria Eugenia, en la calle del Tutor. A este último, que llevaba su nombre, concurre con frecuencia Doña Victoria, alentando a sus directores, Espina, Iglesias y Palacios Olmedo, así como a sus primeros jefes de servicio. Las colonias marítimas, la fundación de los sanatorios de Humera y Valdelatas, así como la enfermería de tuberculosos avanzados del Hospital del Rey, fueron obra personal de la egregia dama.

En los momentos actuales, cuando puede contemplarse el pasado desde la serena perspectiva que proporciona la distancia, debe afirmarse rotundamente que la lucha y profilaxis médico-social contra la tuberculosis es hoy, y todo lo que en ella admiramos, gracias a la Reina Victoria y al pulso firme con que orientó sus primeros pasos abriendo los surcos en los que luego ha fructificado espléndidamente.

Otras dos grandes obras de orden médico presenta España con orgullo: la Lucha Contra el Cáncer y la Cruz Roja, en cuyo origen, evolución y engrandecimiento intervino poderosamente la entonces Reina de España. Acaso el éxito obtenido en la incipiente lucha antituberculosa, e influenciada por la Reina Cristina y los consejos de los doctores Cortezo, Pulido y Martín Salazar, crea, en 1913, la campaña contra el cáncer, designando como director al doctor don Eugenio Gutiérrez, conde de San Diego, y estableciendo los primeros servicios en el Instituto Rubio. Señalaba el Real Decreto fundacional como misión de dicho organismo el estudio e investigación de los problemas biológicos, químicos, terapéuticos, sanitarios y sociales relacionados con las enfermedades neoclásicas.

Respecto a la Cruz Roja, son muchos los españoles que todavía viven y recuerdan aquellos días trágicos de la catástrofe de Annual, cuando en África caían centenares de heridos y había que trasladarlos urgentemente a la Península. Doña Victoria envía representante suya a la duquesa de la Victoria, que marcha en avión a Melilla con el doctor Víctor Manuel Nogueras, y acuerda adaptar el abandonado hospital de San José y Santa Adela, del paseo de Aceiteros, a las necesidades y servicios de la Cruz Roja.

De este modo, después de muchos años, alcanzaba en España toda su plenitud la Convención de Ginebra de 1884 y los ideales que perseguía la Asociación de los Cinco ginebrinos, que impulsada por Enrique Dunant y la Dama de la linterna levantó los cimientos de esa gran organización universal que se llama Cruz Roja y que tanto bien derrama por el mundo entero.

No sería completa esta evocación de la figura sentimental de Doña Victoria Eugenia de Battenberg si no recordásemos cómo el día 8 dé marzo de 1912 fue ella quien inauguró y declaró abiertas las clínicas para niños escrofulosos y lisiados pobres en el asilo-hospital de San Rafael, levantado por los Hermanos de San Juan de Dios en una loma de las Cuarenta Fanegas, frente a los altos de Maudes, mansión de ciencia y caridad, que acaso por los alientos que supo dar a los primeros frailes sanjuaniños, médicos ilustres y enfermeros que allí actuaron, ha logrado alcanzar excepcional prestigio y ser considerado como uno de los mejores nosocomios pediátricos de Europa.

El 15 de abril de 1931, cuando en Galapagar se despedía del conde de Romanones y otras personalidades antes de tomar el tren que la llevaba al exilio, sus últimas palabras fueron las siguientes: "Por favor, cuiden y no abandonen mi hospital de la Cruz Roja", — Doctor J. ALVAREZ-SERRA.

 

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