Acto de entrega de despachos     
 
 ABC.    13/12/1959.  Página: 79,80,81. Páginas: 3. Párrafos: 23. 

ENTREGA DE DESPACHOS A LA XIV PROMOCION DEL ARMA DE INFANTERIA EL MINISTRO DEL EJERCITO ENTREGO AL PRINCIPE DON JUAN CARLOS LOS NOMBRAMIENTOS DE TENIENTE DE INFANTERÍA, DEL AIRE Y ALFÉREZ DE NAVIO

"ENTRE LOS NUEVOS OFICIALES NOS CABE EL HONOR DE CONTAR A UN PRINCIPE DE SANGRE REAL, CUYO LINAJE ESTA INDISOLUBLEMENTE UNIDO A LA HISTORIA DE ESPAÑA", DIJO EL TENIENTE GENERAL BARROSO EN SU DISCURSO

Zaragoza 12. (Crónica, de nuestro enviado especial.) Este sano y noble pueblo aragonés se arracimaba hoy en el patío de Armas de la Academia Militar para presenciar la jura, de la bandera de los nuevos cadetes y la entrega de despachos a los alumnos que se van. La mañana, ha sido fría y se ha sentido el azote del viento duro del Moncayo. Una suave luz delgada como un cuchillo, se desprendía del cielo. Al fondo, se alzaba solemne, la colina de San Gregorio y las cúpulas del Pilar parecían ferias grises sobre la limpia garganta del Ebro. La expectación del público, apretado y quieto, se mantuvo tensa toda la mañana. Para los zaragozanos, la ceremonia de la jura de la bandera en la Academia Militar se ha, convertido en un rito. Una vez celebrada la santa misa, se hizo un silencio largo, contenido, y los nuevos cadetes juraron la enseña patria. Sus voces macizas hicieron temblar el aire como un cristal.

Pero ha habido algo este año que ha hecho acudir al pueblo en proporción desacostumbrada y entre el pueblo, aun gran número de intelectuales, de militares y de catedráticos. Su Alteza Real concluia hoy sus estudios militares. Con ellos coronaba, cuatro años largos de esfuerzos y sacrificios. En este mismo sitio, en diciembre de 1955, el caballero cadete Juan Carlos de Borbón juró también la bandera española, una bandera, que su bisabuela, la Reina Maria Cristina, había bordado con sus propias manos. En aquella, ocasión, el Príncipe envió a su padre, don Juan de Borbón, Conde de Barcelona este telegrama: "Ante mi bandera, he prometido a Es´paña ser un perfecto soldado, y con emoción, tremenda te juro que cumpliré lo dicho." He tenido ocasión de ver al Príncipe entre sus compañeros de la Academia de Zaragoza; más tarde, entre los guardiamarinas durante aquella inolvidable despedida del "Juan Sebastián Elcano", allá en Cádiz, y este verano, finalmente, tainbién le vi vivir en la Academia de San ´Javier, con sus camaradas del Ejército del Aire. Puedo asegurar que el Príncipe ha cumplido con creces lo que juró ante la, bandera. Ha sido un perfecto soldado español, y la estricta obediencia a las órdenes de sus jefes no ha hecho otra cosa que acrecentar su dignidad. Todos sus compañeros pueden dar fe de ello.

La promoción que hoy abandona la Academia organizó, al Príncipe, hace dos días, una despedida emocionante. Abrazado, apretujado, levantado en hombros, ensordecido por los aplausos, D. Juan Carlos pudo comprobar la huella´profunda, imborrable, que ha dejado entre los que han sido sus compañeros en el áspero ejercicio de la vida militar. El pueblo aragonés no ha permanecido ajeno a este entusiasmo.

Sabía que entre los torreones de la Academia vería esta mañana al alma de España y ha desbordado los espacios del recinto, cubriendo de entusiasmo y ovaciones a las filas recias y firmes de los jóvenes militares. Entre ´los espectadores se encontraban la Infanta doña Pilar y el Principe D. Alfonso de Borbón-Seqovia.

Ya en las postrimerías del acto, el Principe se ha adelantado para recibir sus despachos. Los dedos duros del viento le han golpeado la cara mientras marchaba con segura marcialidad. El ministro del Ejército le ha entregado el despacho de teniente de Infantería; el almirante Antúnez el de alférez de navio, escala de mar, y el general Lacalle, el de teniente del Arma de Aviación, servicio de vuelo. Luego, la ovación indescriptible ha sido como un largo adiós que nunca se acababa. A continuación, el ministro del Ejército pronunció una vibrante alocución, cuyo texto, integro verá el lector más adelante.

Pero este acto, que corona, cuatro años de esfuerzos, no es más que el punto central entre dos etapas de la formación del Príncipe: la militar y la universitaria. El próximo lunes de enero, D. Juan Carlos acudirá a una Universidad española, escuela de nuestros más grandes juristas, para seguir tres cursos en los que estudiará las asignaturas principales de Ciencias Políticas y Económicas y Derecho así como otras disciplinas útiles para el puesto que pueda depararle el futuro. Todavía, pues, le queda un largo camino que recorrer. Bien sé está cumpliendo en el la sentencia de Saavedra Fajardo en su "Idea de un príncipe cristiano": "Para el trabajo nacieron los príncipes y conviene que se hagan a el." "Que el reinar es tarea—añadía Quevedo- que los cetros piden, más sudor que las gradas, y sudor teñido de las venas; que la

corona es peso molesto que fatiga los hombros del alma primero que las fuerzas del cuerpo."

Cuando termino el acto, ya no se sentía el frío intenso de la mañana. Todo, era emoción, entusiasmo, tristeza de despedida. Cuando los cadetes iniciaron un desfile perfecto, a las dos de la tarde, se encendió el aire de aplausos v vítores. Al fondo, las torres y cúpulas del Pilar se borraban entre los celajes grises, mientras el Ebro, como una enorme lágrima,´resbalaba sobre Zaragoza.—Luis María ANSON.

Alocución del ministro del Ejército

En su alocución en el acto de entrega de despachos en la Academia General Militar, y después de un saludo general a las autoridades, a los caballeros cadetes y a los nuevos oficiales, el ministro del Ejército se expresó en los siguientes términos:

"Hoy es un día memorable en esta Academia General Militar, en este Centro que con su habitual acierto supo dirigir y orientar nuestro Caudillo para convertirlo, hace muchos años, en una obra maestra, cuya doctrina dejó tan inculcada que aún perdura a través de los tiempos.

Es un día memorable, que quedará grabado con letras de oro, porgue nos hemos reunidos aquí para que una promoción de caballeros cadetes sé consagré al servicio de la Patria, al jurar fidelidad a su sagrada Bandera, y también para entregar sus despachos a otra promoción de jóvenes oficiales que han de desparramarse por toda la faz de España a cumplir el servicio a que sean llamados.

Es un día de júbilo y profunda satisfacción, una fiesta de hermandad entre los Ejércitos, a las que dan especial realce las brillantes representaciones de la Marina y la Aviación, a quienes saludo con todo afecto y cordialidad, y el hecho singular de que entre los nuevos oficiales promovidos nos cabe el honor de contar a un Príncipe de sangre real, cuyo linaje está indisolublemente unido a la Historia de España; un Principe que se honra recibiendo los despachos de teniente de Infantería, de alférez de Navio y de teniente de Aviación: S. A. R. Don Juan Carlos de Borbón y Borbón.

"SE HA MOSTRADO A LA ALTURA QUE EXIGE SU RANGO"

No quisiera pasar adelante sin resaltar que durante su estancia en los centros de enseñanza de los tres Ejércitos ha sabido mostrarse a la altura qué exige su destacado rango, no sólo en las duras tareas que ha desempeñado ejemplarmente como alumno, sino también en su profesión de compañerismo con los restantes cadetes. Tono y conducta que tan bien cuadra a quien, como él, ha comprendido que es esencial para que un oficial mande bien saber obedecer no menos bien, y que nada enaltece más a quien posee un nombre unido a la Historia de España, ni nada alegra más el corazón de los españoles ni de los militares que el cumplimiento del deber asociado al trato franco y cordial entre hombres que tienen de común el mismo intenso amor a España y el mismo anhelo de consagrarse a su servicio, ´aunque hayan nacido en cunas de diferente alcurnia.

Al felicitar a todos los nuevos oficiales, con mucho gusto dedico una felicitación especial a este Príncipe español, en quien concurren singulares circunstancias que le otorgan la posesión del grado de oficial de los tres Ejércitos. Alteza: estoy.´seguro de que hoy viviréis "el sano orgullo de sentiros más y mas hermanado con las esencias de la Patria al poder lucir las divisas que habéis sabido conquistar con vuestra ejemplar, conducta en los centros de formación de la oficialidad de esos Ejércitos. Estoy seguro de que también disfrutaréis la alegría de saberos, contemplado por vuestros egregios ascendientes, cuyo pensamiento ha, de estar pendiente de este acto, en el que vuestra fidelidad, patriotismo, abnegación y laboriosidad, han de compensarles de otras penas y sinsabores.

Podeis estar seguro de que los Ejércitos de España os acogen en su seno y os dan la bienvenida, convencidos de vuestro recíproco, amor por ellos del que podéis encontrar ejemplo en vuestra propia estirpe, sobre todo en aquel españolisimo antepasado vuestro, amante cual pocos de la noble carrera de las armas, ansioso de permanecer siempre entre quienes vestían uniforme, pesaroso de que no le consintiesen compartir con ellos las penalidades, riesgos y fatigas de nuestras campañas, cultivador excelso del honor y del amor a la patria, militar de corazón que llegó a decir que de no haber nacido Rey de España hubiera querido ser general del Ejército español.

Pues bien, decía que en esta memorable fecha hemos contemplado dos actos de gran trascendencia en la vida militar: el juramento de la Bandera y la entrega de despachos a los nuevos oficiales. Dos actos que entrañan, uno el solemne compromiso a cumplir graves deberes para con la Patria y otro, el título honroso que acredita el derecho de cumplirlos.

Acabáis de besar unos la bendita Bandera de España y habéis pasado bajo sus pliegues después de jurar defenderla hasla perder la vida. Sabed que en vuestro juramento habéis contraído graves responsabilidades. Quedáis obligados a ejercer una permanente vela de armas que contribuya a que España continúe forjando su engrandecimiento, que se mantenga unida, que permanezca en Orden, que resplandezca su fe católica. Fe, orden social, unidad y grandeza por las que dieron su vida los mejores de nosotros, bajo la firme dirección de nuestro Caudillo Franco, y que constituyen los principios del Movimiento Nacional, felizmente expresados en las Leyes Fundamentales del Estado.

EL SÍMBOLO DE LA PATRIA

La enseña que habéis jurado es la misma qué han jurado muchas promociones anteriores a la vuestra, des de que aquel día en que fue entregada a esta Academia General Militar por una gran señora que

volcó su corazón y el trabajo de sus propias manos al bordarla y que supo ganarse el titulo más hermoso y respetable para una mujer de estirpe real: el de Reina Madre. Pero también es la que con otras astas y otros tejidos, compendia toda la Historia de la Patria y resume sus esperanzas. La que fue enarbolada en mil batallas gloriosas; la que en intima unión con la Cruz, presidió nuestras grandes epopeyas; la que con Fernando e Isabel forjó la unidad de España y fue plantada por Colón en un nuevo Continente; la que guió a nuestros grandes capitanes y a nuestros legendarios conquistadores; la que se paseó victoriosa por todo el mundo conocido y amparó el alumbramiento de nuevos pueblos; la que levantó Franco para salvar a España cuando había caído nuestra Patria en las garras de los ateos. Por ella sacrificaron sus vidas los buenos españoles que en Asturias y en Bilbao, en el Alcázar y en Santa María de la Cabeza en Belchite y en Teruel, en Brunete, en Madrid, en el Ebro y en tantos y tantos hechos de guerra, limpiaron nuestra bendita tierra de enemigos para forjar una España mejor para todos. Bandera de España, de gloria inmaculada. Que defenderéis siempre contra quienes desde fuera osen violar nuestras fronteras o desde nuestro propio solar intenten detener la marcha de la mejor Historia de España.

Y a vosotros, nuevos oficiales del Ejército, ¿qué ha de deciros un viejo soldado sino que persigáis el ideal que ha inspirado su vida, consagrada al servicio de la Patria? ¿Qué podría deciros sino que la améis más y más, que la llevéis constan-temente en vuestro pensamiento y que la sirváis con e1 afán y con la eficacia con que yo mismo quisiera hacerlo hasta el último instante de mi vida?

En mi profesión de oficial siempre intenté guiarme por aquél precepto de nuestras ordenanzas que compendia todo un mundo de reglas: "El oficial cuyo propio espíritu y honor no le impulsen a obrar siempre bien, vale muy poco para mi servicio." Espiritu, honor, obrar siempre bien, servicio, conceptos todos que se dicen muy fácilmente, pero ´que no son nada fáciles de practicar. Conceptos que exigen entendimiento claro, voluntad firme y virtudes innumerables sólidamente asentadas en el oficial:

disciplina, lealtad, espíritu de sacrificio, amor a las tropas, valor, compañerismo y tantas y tantas más.

Al iniciar vuestros pasos en la vida castrense, quiero ayudaros en vuestro camino con un consejo que estoy seguro os resultará útil. Entre nuestros grandes capitanes, elegid una o varias figuras señeras que constituyan el ideal que pretendáis imitar, porque se reúnan en ellas facultades y virtudes excepcionales dignas de ser imitadas.

La figura que elijáis sabrá mandar con energía, con ponderación, con eficacia, con tacto; tendrá valor hasta el heroísmo si es preciso, y siempre valor sereno y calculador; no temerá las situaciones difíciles, y en todo momento sabrá encontrar la solución acertada; no le arredrarán ni el trabajo, ni las penalidades y sabrá sobreponerse a la fatiga; deberá ser jefe en la guerra y en la paz; amará entrañablemente a su Patria; será ferviente cumplidor de la Ley de Dios, consciente de sus deberes, amante de la responsabilidad. Pues bien, señores oficiales y caballeros cadetes, espigad en nuestra Historia y encontraréis muchos nombres propios bautizando a estas figuras militares perfectas: nuestros héroes de leyenda, nuestros conquistadores, el Gran Capitán. Don Juan de Austria, Castaños, Palafox, Alvarez de Castro, Martínez Campos, O´Donnell, Prim, Zumalacárregui, Primo de Rivera y tantos y tantos otros que han dado honra y lustre a España durante los siglos. Y en los tiempos modernos, ahí tenéis la figura ejemplar dé Francisco Franco, Caudillo, de España y Generalísimo de los Ejércitos, cuya limpia ejecutoria militar ha constituido el ideal de nuestras generaciones. Intentad imitarles, pues aunque la tarea de igualarles sea inalcanzable, el intentó os proporcionará cualidades sin tacha y brillantes aciertos.

Permitidme, por último, que la felicitación sincera y cordial de vuestro ministro por vuestra promoción a tenientes llegue tambien a vuestras familias, pues como padre se que vuestro éxito constituirá legítima fuente de alegría en ellas al ver colmadas las esperanzas que depositaron en vosotros. Permitidme que envíe un recuerdo especial a la augusta señora para quien este acto llevará emotivas remembranzas porque hoy ingresa en los Ejércitos de la nación, que un día la respetó como Reina un oficial de su misma sangre. ¡Oficiales y caballeros cadetes! En esta ocasión solemne, afirmad la fe en vuestro destino y en el de la Patria, gritando todos conmigo: ¡Viva España! ¡Vivan los Ejércitos! y ¡Viva Franco!"

El acto de entrega de despachos

Zaragoza 12. El ministro del Ejercito, teniente general Barroso, ha presidido los solemnes y brillantes actos de la entrega de despachos a los 341 nuevos tenientes que forman la XIV promoción de la Academia General Militar—entre los que figura el Príncipe D. Juan Carlos—y. de la jura de la Bandera de los 327 cadetes del primer curso, que integran la promoción. XVIII. De los nuevos oficiales, pertenecen 180, entre ellos e1 Príncipe, a Infantería; 27 a Caballería, 72 a Artilleria, 16 a Ingenieros, 9 Intendencia y .27 a la Guardia Civil.

Los actos, según costumbre, se vefiticaron en el patio central de la Academia o plaza del Caudillo, engalanada, con reposeros y en cuyo fondo se elevaba un altar con la imagen de la Virgen del Pilar con el emblema de la Academia en su manto. En el patio, aparecia formada, en orden de parada, la Academia en pleno, profesores y alumnos, con bandera, banda de cornetas y tambores y banda de música. En la formación habia dos grupos de alumnos de la Escuela de Marina y de la Escuela del Aire.

El ministro fue recibido, a su llegada a los acordes del Himno Nacional y seguídamente pasó revista a la formación. Acompañaban al teniente, general Barroso, el vicealmirante Nieto Antúnez, jefe de la Jurisdicción Central de Marina, que representaba al ministro de su Departamento; teniente general Lacalle, jefe de la Región Aérea Pirenaica, en representación del ministro del Aire; capitán general de la V Región Militar, teniente general Baturone Colombo; teniente general jefe del Estado Mayor Central, Sr. Cuesta Monereo, y el director general de la Academia, Sr. Éstella Bellido. Después de la revista, la bandera, portada por el alumno número 1, del segundo curso, D. Jesús Lara Cimadevilla, fue trasladada junto al altar y dio comienzo la tradicional Misa de campaña. El ministro ocupo un sitial en el lado del Evangelio, seguido del vicealmirante Nieto Antúnez, teniente general Lacalle y capitán general de la V Región Militar. También en este lugar ocupaba un sitial especial el arzobispo de Zaragoza, Dr. Morcillo. Detrás del ministro se situaron el capitán general de Cataluña, teniente general Martín Alonso; el teniente general Cuesta Monereo; el director de Instrucción y Enseñanza del Ejército, general Fernández Castañeda; gobernador militar de Zaragoza, general Moreno Muñoz, y todos los generales con mando en plaza y otros muchos llegados de diversos puntos de España; el agregado militar a la Embajada de Portugal en Madrid, D. José Oliveira; los directores de las Academias de Marina y del Aire y de las Especiales del Ejercito; el jefe de la Misión Militar norteamericana en Zaragoza, coronel Preston; jefes de Cuerpos de la guarnición y otras personalidades militares.

En el lado del Evangelio se colocaron todas las primeras autoridades civiles de Zaragoza, así como el Cuerpo ConsuJar, Real Maestranza de Caballería y otras representaciones. A ambos lados del altar habian

sido instaladas tribunas para los numerosos invitados.

Ocuparon también lugares especiales la hermana mayor del Príncipe, infanta doña Pilar; su primo, el infante D. Alfonso, y numerosos grandes de España y títulos nobiliarios llegados de toda la nación.

Finalizada la misa, la bandera fue llevada al centro del patio y seguidamente, se procedió a la ceremonia de la jura. Primero, se dio lectura al cuadro de honor de la Academia; a continuación, se leyeron los decretos del Caudillo por los que se promueve a los cargos de teniente de Infanteria, alférez de navio y teniente del Aire al Príncipe D. Juan Carlos. También fue leido el decreto de nombramiento de tenientes de la nueva promoción de la Academia.

Inmediatamente después comenzó la entrega de despachos. En primer lugar, el ministro del ejercito, el vicealmirante Nieto Antúnez y el teniente general jefe de la Región Aérea Pirenaica Sr. Lacalle, entregaron al Príncipe, respectivamerite, sus despachos de teniente de Infanteria, alférez de navio y teniente de Aviación. Después, recibieron sus despachos todos los demás nuevos tenientes de la promoción.

Finalizado este acto, fue impuesta la Medalla al Mérito Militar, con distintivo blanco de primera clase, a los tenientes números uno de cada Arma y Cuerpo. De Infanteria, a D. Gonzalo Rodríguez de Austria; de Caballeria, a D. Fernando Huarte Vega; de Artilleria, a D. Cesar García Fernández; de Ingenieros, a D. Rafael Adrover Fortega-Rey; de Intendencia, a don José Carbonell Castillo, y de la Guardia Civil, a D. Errique Nieva Muñoz.

Acto seguido, el agregado militar portuques hizo entrega del trofeo "Batalla del Salado", que el Ejército portugués ofrece anualmente al número uno de cada promoción de la Academia, al teniente de Infante. D. Gonzalo Rodríguez de Austria. El agregado portugués pronunció un discurso.

 

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