Movimiento y participación popular     
 
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MOVIMIENTO Y PARTICIPACIÓN POPULAR

DON José Martínez Emperador pronunció el pasado sábado una conferencia sobre el Movimiento en un Colegio Mayor de Madrid. El conferenciante, desde hace muchos años, es un hombre clave en lo que se entiende por «Movimieuto-organización» de la provincia de Madrid. Actual consejero nacional, fue subjefe provincial del Movimiento de Madrid tras haber pasado por la base de los Consejos locales y de distrito. En modo alguno le es ajena la estructura y significado del Movimiento, sus defectos organizativos o sus posibilidades integradoras.

Desaparecida, tras una vigencia de treinta años, F.E.T. y de las J.O.N.S., quedó el Movimiento definido «como comunión de los españoles en los principios promulgados por la ley Fundamental de 17 de mayo de 1958». La ley Orgánica del Estado, en efecto, dio un ensanche teórico a la base del Movimiento al transformarlo en el consuno de los españoles en la aceptación de aquellos principios. Ahora bien, como afirma el señor Martínez Emperador, este consenso nacional podría semejarse a aquel otro establecido por la Constitución de 1812, por el que los españoles se comprometían a ser «justos y benéficos».

Tiene razón el conferenciante al sugerir que el «Movimiento-comunión», sin su apoyatura en una cierta organización política, puede quedar en una etérea declaración de principios, en una especie de «ley de Derechos de Virginia», bellísima, pero carente de aplicación práctica. Algo de esto ha ocurrido ya en este país desde ln desaparición de F.ET. y de las J.O.N.S.: que muchos españoles ignoran «qué esa el Movimiento, como algún alto mando de Secretaría General admitió honestamente en su día.

Esto está claro. Pero razonando a la inversa, mucho habremos de cuidarnos de caer en la burocratízación del Movimiento. «El Movimiento —dijo el señor Martínez Emperador— tiene una concepción y una configuración pluralista y, por tanto, distante completamente de la hechura del partido único. (...). El Movimiento debe apartarse por igual de los excesos liberales como de los excesos totalitarios...» El obligado camino intermedio -estimamos-- se encuentra en la democratización de los cauces de participación política previstos por las leyes, desde los naturales corno la familia, el municipio y el sindicato, a los espontáneos, como podrían ser en su día las asociaciones de acción política.

El señor Martínez Emperador abundó en su conferencia sobre un casa concreto: el de los Consejos del Movimiento (de distrito, locales, provinciales..,) y sus correspondientes Jefaturas Recuerda el conferenciante cómo la más importante perrogativa de los Consejos locales es la de su intervención en el nombramiento de jefe local del Movimiento. Pero es norma de costumbre emparejar un cargo de designación, como el de alcalde, con otro que debiera ser electivo, como el de jefe local del Movimiento. Otro tanto podría decirse del emparejamiento lie Jos cargos de gobernador civil y jefe provincial del Movimiento.

Ninguna norma constitucional —ha recordado el señor Martínez Emperador— establece esta dualidad ite funciones. Y creemos recordar que en algún caso se ha hecho excepción de esta regla y un alcalde o un gobernador civil no han sido al tiempo jefes locales o provinciales del Movimiento. La nueva ley de Régimen Local que en su día se debata en las Cortes debiera tener en cuenta una clara separación de estos dos cargos, persiguiendo la electividad de ambos. Tí algo debería hacerse por aumentar la participación popular en los Consejos del Movimiento. Porque ¿qué relación existe entre un ciudadano medio de una capital como Madrid —por ejemplo— y el Consejo del Movimiento de su distrito, el local o el provincial? Una comunicación fluida, abierta, demóc-ata, pluralista, debe establecerse entre la inevitable «organización» del Movimiento y quienes, según la ley, lo conforman: todos los españoles que aceptan las reglas del juego constitucional.

Nada se opone en el seno de la sociedad española a esta maniobra de gran acuerdo nacional que evite que las estructuras del Movimiento queden enquistadas en el Cuerpo social sin una estrecha osmosis con el país. «España —decía ayer en Vich don Alejandro Rodríguez de Valcárcel, rememorando a Balmes— tiene un problema: la sociedad vieja ha sido desmontada, y al no haber sido sustituida, ha producido el vacío...» El momento para la transposición de la vieja a la nueva sociedad es óptimo. Este país tiene por primera vez en su historia una clase media que es el mejor estrato-social-colchón para aliviar las tensiones políticas. «Tenemos la exigencia —afirmó en otro momento el presidente de las Cortes— de destruir de una vez para siempre ese mito de las dos Españas, que algunos pocos quisieran verle perfilando; pero que, en verdad, no existe en el entramado de la verdadera arquitectura social y política de España.»

Un mito ese de las dos Españas, si, que alcanzó su momento más dramático en la confrontación 1936-1939, tras una gestación de más de un siglo, pero que ahora es sólo eso: mitología política en una sociedad en la que un 60 por 100 de sus miembros no han hecho la guerra civil. Una sociedad joven, libre de traumas, bastante pragmática y nada renuente a la colaboración y_ participación política. Lo que esa sociedad está esperando es un ensanchamiento de los cauces legales, un voto de confianza.

Retomando el hilo de las palabras del consejero nacional por Madrid don José Martínez Emperador creemos que habría que empezar por establecer fluidos vasos comunicantes en los ciudadanos y las estructuras políticas del Movimiento.

 

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