Silva Muñoz, en San Sebastián. 
 "Nuestra meta es Europa"     
 
 Informaciones.    01/05/1972.  Página: 8. Páginas: 1. Párrafos: 16. 

VIDA POLÍTICA Señor Silva Muñoz, en San Sebastián:

"Se trata de acabar con el aislamiento español de siglos y con el hecho diferencial del subpirineos

"NUESTRA META ES EUROPA"

SAN SEBASTIAN, 1. (INFORMACIONES.)—«La unidad de España es uno de los cimientos de nuestra

sociedad, que queremos organizada en paz, libertad y justicia, con un sentido dinámico y acoplado a su

momento histórico y que no teme ni desdeña el signo democrático de los tiempos. Pero es también base

de la gran convocatoria para una gran empresa común, que es la de participar en esa realidad política,

social y económica del continente, que está todavía, a pesar de sus importantes objetivos alcanzados, en

sus comienzos (...). Nuestro interés reclama la incorporación de pleno derecho a la Comunidad Europea.»

Estas fueron algunas de las afirmaciones del señor Silva Muñoz, ex ministro de Obras Públicas, en el

curso de su importante discurso pronunciado ayer en el salón de Plenos del Ayuntamiento de San Se-

bastián, en el que le fue impuesta la medalla de oro de la ciudad.

Impuso la condecoración el alcalde, don Felipe de Ugarte, y asistieron los gobernadores civil y militar, el

presidente de la Diputación, el consejero nacional don Marcelino Oreja, la Corporación en pleno,

numerosas personalidades de varias provincias españolas y gran cantidad de público, que llenaba por

completo el salón.

Don Federico Silva Muñoz dijo en su discurso:

«Creo que más importante que aquello que pude hacer por San Sebastián durante mi gestión ministerial es

el profundo afecto y admiración por la ciudad con que lo hice, pues, en definitiva, todo lo que en mí

época de Gobierno se realizo o se comenzó, aquí o en otros lugares, formaba parte del contexto de unos

programas y previsiones, que procuré no dejar nunca en el papel ni sobre las má-quinas de la propaganda,

sino sobre la tierra real y entrañable de España. Por otra parte, pienso que siempre está vigente la frase de

la Escritura de que habla la boca de lo que está lleno el corazón. Hablaron mis obras, las obras de todos

mis colaboradores, de lo que tenían lleno el corazón, de afecto imprescriptible y profundo a esta tierra de

España, admirable y generosa, a la que hoy, en nombre de todos ellos, rindo mi tributo de inextinguible

gratitud.

No quisiera en esta solemne ocasión turbar ningún espíritu ni polemizar sobre ideas y realidades que

tienen candentes los ánimos, pero tampoco quisiera usar del eufemismo como instrumento de evasión. Mi

deber como español y como político me exige hablaros con palabra veraz y clara, que en ningún caso

quiere ser otra cosa que reflexión frente al apasionamiento, afirmación frente a la duda y la vacilación y

prenda de gratitud siempre a esta tierra maternal e ilustre de Guipúzcoa.

Yo quisiera salir al paso de lo que piensen que el españolismo, el patriotismo, es un sentimiento

superpuesto o extraño importado en el País Vasco. No. España se hizo siempre y se hace aquí todos los

días, desde los tiempos medievales, en que vascos y castellanos repoblaban la central España, desde el

Duero al Tajo, hasta la participación fundamental en los grandes episodios nacionales ultramarinos, y así

hasta nuestros días, como en Castilla o en Aragón, come en Asturias, Galicia, Cataluña o Extremadura,

como en Andalucía, Levante o Murcia, como en Baleares o Canarias y los pueblos españoles de África;

aquí está España trabajando, pensando, orando, riendo y llorando-aquí está «la España del cincel y de la

maza»; aquí está una enorme mayoría silenciosa e importantes minorías con vocación legítima de

liderazgo con unos derechos inalienables a servir a la nación y a participar en sus decisiones a través de

nuestras leyes constitucionales, que ni pueden ser abandonadas, ni ellas están dispuestas a abandonarse

en los brazos de la abulia ni en el cadalso de la violencia.

LO VASCO

Algunos han creído que las costumbres y tradiciones del País Vasco podían convertirse en

testimonio de una idiosincrasia peculiar, en instrumentos de lucha como afirmación de un hecho

diferencial. Se han equivocado, porque ellas son parte integrante y fundamental de la variada,

policroma y esencial España, y porque la creación de un hecho diferencial, creedme que visto el mundo

en sus dimensiones reales y actuales, visto el mundo de las" grandes integraciones, resulta un intento

anacrónico, que no sé si bordea a las" creaciones de la ficción o a los abismos del dislate. La economía

de Guipúzcoa y la de todo el País Vasco ha nacido y se ha desarrollado al compás de todas las comunes

vicisitudes de la nación. Yo rindo el homenaje que se merecen los grandes capitanes de la industria

vasca, de la grande, mediana y pequeña empresa, que supieron insertarse en la hora económica de

Híspana con valor, claridad de juicio y sentido económico y comercial. Pero, a la vez, estoy convencido

de que en esta joven generación de empresarios vascos hay un torrente de fuerza creadora, que va a

aportar las energías más notables al cauce económico de la España de mañana. Mirad las estadísticas,

examinad la balanza comercial, visitad sus fábricas y pensad que las épocas de la tensión entre la política

librecambista y los deseos proteccionistas han sido superados. Una unidad de producción y de consumo

de más de 33 millones de españoles se proyecta para la competencia en los mercados y la

integración en áreas superiores. Así comprobaréis que hay muchos motivos y muy fundados para la

esperanza.

Y esa confianza se extiende a las mujeres y a los jóvenes de Guipúzcoa. Su profunda religiosidad, que

está muy por encima de modas, peripecias y extralimítaciones; ese sentido puntual y casi geométrico de la

idiosincrasia vasca, escueta en el decir y honrada en el hacer, tiene su expresión más clara y luminosa en

la virtud de sus mujeres y en el vigoroso ánimo de sus jóvenes. Unos y otros son también la España

augural de hoy y de mañana.

A este pueblo no se le puede confundir ni menos aún involucrar con la violencia de un extremismo

organizado. La violencia es uno de los males universales de nuestro tiempo, que daña a los que la desen-

cadenan y hace víctimas a los que pretende fingidamente liberar, demostrando que es ella la única y

verdadera opresora; no voy hoy a entrar en su compleja etiología, pero es lo cierto que el mundo es

consciente de ello y todos los Gobiernos actúan no sólo con técnicas represivas, sino también psicológicas

de disuasión,

habiendo llegado a llamársela «el quinto poder». Por eso, frente a la violencia, venga de donde venga, que

es la, expresión primaria de la fuerza, está el poder legítimo, que es la autoridad del Estado; por eso,

frente a la provocación de las máquinas de la agitación, está la serena réplica de la autoridad, que en

ningún caso puede tolerar la coacción como medio dialéctico.

Por eso pienso que es muy grande y hasta decisivo el papel del pueblo vasco en nuestro inmediato futuro,

porque tengo fe en sus energías viriles y extraordinarias; porque tengo fe en su mayoría silenciosa y en

sus minorías dirigentes; porque creo en sus empresarios, en sus jóvenes y en sus muejeres, porque

siempre fue ejemplar la historia del pueblo vasco y, señores, porque, ante todo y sobre todo, España está

aquí.

No quisiera repetir que el País Vasco es España, sino que España es el País Vasco, como lo es Cataluña,

Castilla o Aragón, porque España no es una suma de regiones susceptibles de vivir unidas, federadas o

Confederadas; España es esa unidad de destino que constituye una realidad y también una esperanza,

porque una nación, por grande que sea hoy, si no tiene una fe activa en su vocación histórica, en su

mañana existencial, es una máquina grande o pequeña, una colmena o un refugio, pero no es una nación.

NUESTRA META: EUROPA

Y esa fe en la unidad de España no quisiera que os sonara a un canto a glorias pasadas, ni a la

consecución de un destino doméstico o rutinario. La unidad de España es uno de los cimientos de nuestra

sociedad que queremos organizada en paz, libertad y justicia, con un sentido dinámico y acoplado a su

momento histórico y que no teme ni desdeña el signo democrático de los tiempos; pero es también base

de la gran convocatoria para una gran empresa común que es la de participar en esa realidad política,

social y económica del continente, que está todavía, a pesar de sus importantes objetivos a1canzados, en

sus comienzos.

Y cuando hablo de Europa, no quisiera que mis palabras rozaran el tópico ni la vaguedad de los que

puedan hablar de estos temas sin meditación. Parece que cuando se habla de «niveles europeos» y otros

conceptos semejantes, más o menos vanalizados, se está pensando en una especie de «elevación social de

España» para poderse codear con países superiores. Esto es una idea mezquina propia del desenfoque a

que ha sido sometido este tenia. Hay en esa incorporación jugo más profundo y noble: se trata de acabar

con el aislamiento español de siglos y con el hecho diferencial del subpirineo para asociarnos a la

empresa común de un grupo de naciones unidas que en este caso son las diez del viejo continente, al que

pertenecemos por imperativos geográficos e históricos; se trata de la incorporación definitiva de nuestra

nación al espirita y a la realidad del mundo moderno, sin renuncias depresivas, pero con decisión y coraje;

se trata de la última oportunidad de acabar con el trauma de las particiones del espíritu nacional y le poner

punto final a nuestro sistema filosófico literario de diagnósticos y de introspecciones retóricas, para

someternos a un tratamiento realista de soluciones en todos los órdenes que abran una nueva esperanza

para nuestra vida nacional; se trata de aumentar los factores de consolidación de nuestro progreso

económico en el cuadro de las instituciones comunitarias.

Porque el objetivo, quizá hoy más claro, de una gran política nacional es el de robustecer la paz de España

sobre los cimientos de la estabilidad política y del progreso económico y, social. Este propósito se vena

grandemente respaldado con nuestra incorporación a la Comunidad europea, porque el espíritu que anima

a las naciones que la componen está hecho fundamentalmente de respeto a las formas, de libertad

organizada, de estabilidad económica, al menos como objetivo y de un cierto respeto a las tradiciones,

usos y costumbres del continente. En este ambiente, el propósito de fortalecer la paz y el progreso de

nuestro país parece mas fácil. Pero, en todo caso, estimo que el problema ha de enfocarse con toda

frialdad. Nuestra incorporación no carece de inconvenientes ni asta exenta de dificultades. Tampoco creo

que debamos ir a ella por motivos románticos o dogmáticos. Más bien estimo que el desarrollo de los

acontecimientos, mundiales y nacionales en el último decenio nos están cerrando otras opciones, hasta el

punto de convertirlo en único. Yo no me declaro enfáticamente europeísta, sino profundamente

españolista. Mis convicciones europeístas se fundan, sobre otras de carácter general, en mi creencia de

que en esta hora de España nuestro interés reclama la incorporación de pleno derecho a la Comunidad´

europea

Ignoramos todos, cuando llegue la hora de la estructuración política de Europa, la forma que revistirá,

pero estamos seguros de que la realidad económica y social de cada Estado terminará por imponerse, y

nuestra misión en esta hora, la de todo el pueblo español, creo debe encaminarse a que la realidad de

nuestra nación ofrezca la imagen social, ética y estética que corresponde a nuestro tiempo, aspecto al que

atribuyo la mayor importancia; a que obtengamos el máximo rendimiento posible a nuestro potencial

económico, y a que nuestras instituciones políticas, en la culminación de su madurez, encarnen y repre-

senten con plenitud el sentir de los españoles.

Para esa gran empresa estoy seguro que la España Vascongada va a estar a la cabeza con su trabajo y su

corazón.

1 de mayo de 1972

 

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