El programa de asociación del señor Ballarín     
 
 ABC.    09/08/1969.  Página: 16. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

A B C. SÁBADO 9 DE AGOSTO DE 1969

EL PROGRAMA DE ASOCIACIÓN DEL SEÑOR BALLARÍN

Demostrando un indudable valor cívico, don Alberto Ballarín ha dibujado las líneas generales de su

proyecto de asociación, adelantándose en el tiempo a casi todos los restantes promotores de

organizaciones idénticas, al trazar un amplio programa básico que, como es lógico, y el señor Ballarín ha

aclarado con ejemplar humildad, sólo encontrará su redacción definitiva cuando los miembros de la futura

asociación hayan aportado sus personales ideas al cañamazo inicial avanzado por el señor Ballarín.

El asociacionismo político—convendrá ir llamando a las cosas por su nombre— dentro del marco trazado

por las Leyes Fundamentales españolas, es, sin duda alguna, una empresa decisiva para el futuro de

nuestra convivencia social, pero también una empresa de difícil formulación práctica que sólo la

experiencia y las iniciativas individuales podrán ir dando forma concreta durante los años próximos,

puesto que las bases del régimen jurídico del Movimiento dejan en buena hora un ancho campo a la

interpretación de sus textos, que sólo los casos específicos de futuras asociaciones, con intenciones

determinadas y claras, podrán ir delimitando con nitidez. Hasta ahora nos movemos en el vago ámbito de

las nebulosas, por la sencilla razón de que así tenía que ser, correspondiendo a los futuros promotores la

definición de sus posturas respectivas dentro del área fijada por la Ley y donde, sin duda alguna, caben

situaciones diferentes, al menos en teoría.

El anteprograma de asociación presentado por el señor Ballarín puede dividirse en dos series de

proclamaciones: unas de tipo general, que en realidad pertenecen al acervo común y que eran de obligada

enumeración, y otras, ya más específicas, pero redactadas en líneas tan generales que necesitarán

naturalmente explicaciones complementarias, y, sobre todo, detalles sumamente concretos para justificar

la adhesión o repulsión de los diversos grupos de españoles.

Las generalidades de la declaración del señor Ballarín son bien conocidas y nadie creemos que vaya a

discutirlas. Promover los valores heredados de la tradición cultural española, promocionar el pleno

desarrollo legislativo de los derechos humanos, implantar una enseñanza básica gratuita, integrarse en

Europa, reclamar Gibraltar y participar en la ayuda del "tercer mundo", son ideas generales en las que

cualquier español estará de acuerdo porque son de elemental sentido común. No es esta parte, diríamos

obligada la que puede considerarse como más interesante del anteprograma.

Pero quedan al margen de estas definiciones de reglamento, otras da mayor interés que nos parece,

sin embargo, deben recibir explicaciones suplementarias lo antes posible, cuando el señor Ballarín haya

constituido su equipo de colaboradores, y que en definitiva serán las que justifiquen la conducta del

español solicitado por la proyectada organización. En el estado actual de imprecisión voluntaria apenas

pueden tener otra utilidad—y ya es bastante—que la de abrir una serie de interrogantes cuyas respuestas

nos vendrán más adelante.

Las nuevas bases de relación entre la Iglesia y el Estado, suscitada en el punto segundo del proyecto, que

deben concebirse como sociedades separadas, parece una invitación a la negociación de un nuevo

Concordato, pero es evidente que haría falta conocer los detalles del texto deseable, porque en líneas

generales, tanto los españoles como el Vaticano están de acuerdo en considerar inadecuado el marco que

establece el actual, totalmente superado por las circunstancias presentes. Exactamente igual la propuesta

de una planificación "integradora", que es la palabra elegida por el señor Ballarín, para substituir a la

planificación indicativa vigente, también reclama precisiones complementarias, porque se entiende mal

qué nuevo tipo de planificación, posiblemente mucho más vinculante, tiene los favores del señor Ballarín

que, sin embargo, proclama la necesidad de proteger la libre iniciativa económica en el punto número

siete de su programa.

Que por otro lado también sería útil conocer hasta qué punto puede articularse con la participación del

trabajo a nivel de gestión, dentro de una reforma de la empresa, en la que todo dependerá de la intensidad

y amplitud de dicha participación, que, dicho sea entre paréntesis, ha sido una de las propuestas más

rápidamente abandonadas por el posgaullismo y que se mantiene tan sólo en algunos países europeos de

características sindicales muy diferentes a las nuestras. Haría falta saber cuánto tiempo y en qué

condiciones esa participación de gestión del sector trabajo dentro de la empresa podría montarse, según el

señor Ballarín, después de las pruebas que hubiese cumplido el nuevo sindicalismo de empresa que

propugna en su texto, y que ya tiene en nuestro país una entidad y vida propia de la que carece

—al nivel de empresa, quede claro—el sindicalismo francés.

El predominio de la imposición directa sobre la indirecta es una petición de justicia que sólo puede

juzgarse en función de sus proporciones que deben corresponder a determinados momentos de la

evolución económica de cada país y no a una definición abstracta y proclamada en el vacío. En la Europa

de los "Seis", pongamos como ejemplo, teníamos hace seis años diferencias en las cargas fiscales, que

iban hasta el doble entre dos países de la misma comunidad. Entre el 66 por 100 de impuestos directos

que alcanzaba Luxemburgo, hasta el 33 por 100 que se obtenía en Italia por el mismo canal, van las

diferencias de políticas económicas de los países que buscan su desarrollo, estimulando o no la inversión

empresarial creadora de puestos de trabajo. Problema de proporción igualmente es el desarrollo del sector

público de la economía mediante nuevas nacionalizaciones, cuya oportunidad sólo puede juzgarse en

función de su amplitud y especificación, aunque la tendencia de los países más modernos de Europa es la

de emplear la nacionalización sólo en condiciones extremas y en la menor cantidad de casos posibles.

Que el señor Ballarín obligue a los españoles a plantearse todos estos problemas, ya es de por sí un hecho

positivo que debemos agradecer, pero para resolverlos y tomar partido hará falta que las líneas generales

dibujadas en su antepro-grama empiecen con la ayuda de sus colaboradores a perfilarse con mayor preci-

sión. Sólo entonces estaremos en condiciones de juzgarlo.

Pero nos sirve también como demostración de que el planteamiento de las futuras asociaciones, dentro del

régimen fijado por la Ley, reclamará de sus promotores una extremada precisión en la definición de sus

objetivos, una preparación técnica de alto nivel y una capacidad para proponer soluciones específicas de

los problemas españoles muy superior a la simple retórica de las ideas generales. El nuevo

asociacionismo español, por jugarse dentro de un marco ya establecido de principios ideales, debe cuidar

los pormenores y ser sumamente concreto. Esta puede ser su gran ventaja, y parece, desde ahora, que será

también su gran dificultad.

 

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