Autor: Arauz de Robles, José María . 
   El tradicionalismo y los partidos     
 
 ABC.    12/01/1959.  Página: 49. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

ABC. JUEVES 12 DE FEBRERO DE 1959. EDICIÓN DE LA MAÑANA. PAG. 49

EL TRADICIONALISMO Y LOS PARTIDOS

Con frecuencia se considera al Tradicionalismo como un "partido" más que pugna por imponer sus

peculiares doctrinas desde el Poder. A este achicamiento de sus dimensiones y de su trascendencia

contribuyen, desde dentro, los que lo conducen como tal partido, sin perjuicio de insistir en el carácter

nacional de sus soluciones y reivindican como notas esenciales las que le fueron impuestas por su

transitoria condición de tal en la hipótesis en que se desenvolvía, y desde fuera, los que cegados por la

concepción de un orden político basado en los "partidos permantentes" están incapacitados para concebir

toda vida pública que no esté montada sobre ellos.

El problema consiste en saber si esto es así o si, por el contrario, tal sistema es algo antinatural que ha

ahogado la vida de los pueblos, desarrollados a pesar del mismo, y si existe un orden fundado en sus

realidades vivas y elaborado a través del tiempo en un trabajo al que no es posible renunciar sin que el

terreno se nos hunda bajo los pies. El Tradicionalismo, cree en este orden natural, lo propugna y se

propone restaurarlo en la rica variedad de sus formas e instituciones y en la plena y auténtica libertad de

sus movimientos.

Por el contrario, los "partidos", partiendo de programas más o menos sugestivos y de interpretaciones

parciales y caprichosas de la sociedad y de la historia, aspiran a configurar a los pueblos aunque para ello

haya que violentar sus realidades, su carácter y sus estructuras esenciales. La abstracción y el alejamiento

de estas realidades vivas son sus notas distintivas. Los acontecimientos son juzgados por ellos no por sus

causas o sus frutos, sino con la medida de sus apriorísticas ideas. Las soluciones son buenas o son malas,

según se amolden o no a éstas.

De igual modo que en el liberalismo puro el juicio individual se convierte en criterio definidor de lo

verdadero y de lo falso, de lo justo y de lo injusto y se niega cualquier otro superior e independiente que

nos oriente, y asegure, los´ "partidos" desconocen otra medida del bien común que no sea la de la su

particular concepción. Todo lo que a ésta no satisfaga no tiene para ellos valor alguno, aunque esta

tesitura tenga que doblegarse q desdibujarse con frecuencia por imperativo de las exigencias incontenibles

de aquél.

Para configurar al Estado y aun la sociedad, según su esquema doctrinario, los partidos necesitan el

Poder, y no un poder cualquiera, sino tan absoluto como sea necesario para vencer todas las resistencias;

esas resistencias, que cuando las ideologías en pugna se movían en la superficie y turnaban en el

usufructo de aquél, eran tolerables, pero que cuando tocan el cimiento de las estructuras vitales, son para

la mística iluminada de los últimos partidos de la Revolución, intolerables traiciones que justifican los

más terribles genocidios.

Ese Poder, que no pueden reclamar de ninguna autoridad superior que desconocen ni en nombre de una

verdad objetiva que niegan y que todavía menos pueden justificar apoyándolo en una tradición que

repudian, tienen que obtenerlo de la fuerza ciega de las masas, a las que hay que halagar para que ayuden

a conquistarlo, prometiéndoles cosas absolutas en las que importa más que la posibilidad de su

consecución su capacidad de deslumbramiento y sugestión.

Se les ofrece una libertad sin trabas en la que pueden alojarse todas las ilusiones y rencores, pero a la que

no se acompaña la menor garantía de derechos concretos; una felicidad con el mínimo esfuerzo, pero

confiada al providencialismo milagrero del Estado. Y a cambio de esto, el Poder absoluto, sin límites, que

una vez ocupado se encargará de contestar, con su incontrastable aparato de coacción y sus recursos y

facultades- omnímodas a los que, víctimas del fraude, se atrevan a pedir cuentas.

La capacidad de deslumbramiento de los pueblos frente a los paraísos artificiales de los "partidos" ha

estado siempre en razón directa de sus dificultades, de su empobrecimiento y de su miseria. Los

atormentados por la necesidad son los más fáciles de caer en las redes de la ilusión.

En los períodos de estabilidad y prosperidad los mismos partidos se mantienen en ciertos cauces de

realismo. No se siente la necesidad de grandes reformas e invenciones. Es en los momentos de crisis y en

los pueblos de bajo nivel de vida donde proliferan las panaceas, los arbitrismos y las ofertas

taumatúrgicas de las revoluciones, de las que forma parte la elección y exaltación a las supremas

magistraturas del Estado.

La República que surge como amargo fruto de estos planteamientos es su fórmula. Por eso ha seguido con

frecuencia a las derrotas y presidido tantas liquidaciones nacionales.

La política de ayudar económicamente a los pueblos débiles como medio de evitar la penetración

comunista en los mismos ha sido tan certera como equivocada la de conducirlos hacia regímenes de

democracia inorgánica o de partidos. El despotismo a que éstos llevan no es, pues, nada extraño a los

mismos, sino la consecuencia natural de sus principios, de su carácter y del procesó de su implantación.

Sean cualesquiera las formas con que hoy se nos presenten estos sistemas antinaturales, de imposición, de

arbitrismos formulados, no olvidemos este ciclo fatal e irreformable a que están condenados en sus

últimas manifestaciones: sugestión, demagogia, fraude para la obtención de un poder absoluto, traslación

al Estado de las categorías morales y religiosas, despojo y tiranía implacable.—José María ARAUZ DE

ROBLES.

 

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