Autor: GALIANI. 
   El desarrollo económico y sus implicaciones     
 
 Pueblo.    31/05/1963.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

El desarrollo económico y sus ímplicaciones

Por GALIANI

UNA estratagema dialéctica de los defensores del capitalismo liberal ha consistido siempre en identificar este sistema con el espíritu y la civilización occidentales, caracterizados—como es sabido—por el respete a la dignidad humana y el amor a la libertad. El individuo deja de ser un mero guarismo de la aritmética política para convertirse en el principal elemento de la vida social de los pueblos. ¿Para quién hizo Dios el mundo?... Para el hombre y sólo para él. Desde Platón a nuestros días, la ciencia, la filosofía y el arte han sido concebidos para servir a un hombre concreto, a un individuo de carne y hueso. Y la sociedad se concibe entonces como una suma o agregado de individuos, cuyas virtudes o defectos dependen, en definitiva, de los que posean aquéllos.

Sin embargo, la exaltación de todo lo humano y personal y la aparición triunfante del humanismo se inicia en la Grecia clásica, se continúa en la Boma imperial y se perfecciona y concreta con el cristianismo. Sin la noción de lo filosófico y estético de los griegos, de lo jurídico y formal de los romanos y de la caridad y el amor al prójimo de los cristianos, se volatiliza y desaparece completamente la esencia del espíritu occidental. Nuestra civilización se basa ciertamente en una armónica combinación de todos estos ingredientes. Donde faltan el Derecho, la Razón y el Amor cristiano no hay civilización occidental posible.

El capitalismo liberal fue una especie de "estrambote" que se añadió de un modo ilegítimo a este modo de vida occidental. Con él se rompió, sin duda, la armonía. El amor al prójimo se trocó por la explotación del prójimo, el Derecho natural se sustituyó por el derecho económico y la estética de las catedrales medievales por la silueta monstruosa de los rascacielos de hormigón y hierro.

La lucha de clases fue el subproducto inevitable del capitalismo. En pretéritas civilizaciones, la etiología de la miseria y del hambre estaba bien clara: la carencia de recursos y la impotencia técnica. Con el capitalismo liberal, por el contrario, la gente se muere de hambre por razones financieras y por motivos de lucro; en resumen, por una abundancia relativa.

Y en lo que concierne a la libertad del individuo, ¿quién la disfruta realmente? ¿El obrero y el campesino, sometidos a jornadas agotadoras ruando no están parados, y a salarios de mera subsistencia, o el funcionario y el empleado, cuyos mezquinos emolumentos se ven periódicamente mermados por la depreciación monetaria o la caída de sus rentas?

"En el capitalismo dijo una vez Anatole France, el hombre es libre para morirse de hambre y de frío bajo los puentes del Sena."

Otro falso paralelismo consiste en asociar el capitalismo con la democracia. ¿Es, acaso, democrático el sistema capitalista? Formalmente, así lo parece. Las sociedades anónimas se rigen en apariencia por un sistema de votos y de mayorías. Los accionistas son los que legalmente controlan las empresas. Sin embargo, la concentración del poder económico es tan enorme que el pequeño accionista carece de fuerza real para influir en la marcha y en las decisiones de las compañías. En los Estados Unidos, por ejemplo, solamente 135 sociedades anónimas poseen actualmente el 45 por 100 de todos los activos industriales, es decir, la cuarta parte de los correspondientes a todo el mundo, y el 70 por 100 de la industria norteamericana está dominado por dos, tres o cinco "grandes".

Esta concentración d e l poder económico implica relaciones políticas que nada tienen de común con lo que evocaría la expresión "régimen democrático".

Por su misma lógica interna, el capitalismo da lugar a que, en el interior de las naciones que han adoptado dicho sistema, haya millones de individuos que están excluidos de las posibilidades que ofrece el progreso técnico actual y de sus cuantiosos beneficios, los cuales sólo aprovechan a grupos privilegiados de la comunidad. En el ámbito internacional, existen millones de personas y una mayoría de países que se ven privados de tales ventajas en provecho de un reducido número de naciones dominantes. La famosa tesis liberal de la armonía de intereses no se ve, con el capitalismo, en modo alguno confirmada por los hechos. Si ha habido un positivo avance en el nivel de vida de las masas, ello se ha debido, más que a nada, a la intervención del Estado y al "poder compensador" de los sindicatos. En un régimen de "laissez faire", el capitalismo habría llevado a desigualdades sociales intolerables y a una despiadada lucha de clases. El marxismo es el hijo natural del capitalismo liberal.

También se identifica el sistema capitalista con la economía del mercado. Sin embargo, tal identificación no es correcta. Para que una economía de mercado funcione libremente es necesario que se cumplan tres requisitos esenciales: que haya pleno empleo, que predomine la competencia perfecta y que el sistema de precios sea flexible. Ninguna de estas condiciones se verifican con el capitalismo liberal y, por tanto, el corolario d> la óptima distribución d> los recursos y de los productos no es válido en dicho sistema. Por el contrario, existe una proclividad al paro masivo, a la competencia imperfecta y al monopolio, y los precios son cada vez más rígidos estando administrados por los grupos de presión.

El capitalismo no constituye, por tanto, el sistema ideal para alcanzar un nivel social y económico aceptable. El coste humano de sus realizaciones es aterrador. A pesar de una capacidad de producción casi ilimitada, las dos terceras partes de la Humanidad (1.500 millones de seres) están todavía, mal alimentados, debido a la deficiente utilización de los recursos. Mientras un tercio de la población mundial (Europa occidental y América del Norte) dispone de los tres cuartos de los productos alimenticios totales, Asia, con el 45 por 100 de la población del mundo, sólo cuenta con el 17 por 100. Los países subdesarrollados, que representan más de los dos tercios de la población mundial, consumen el 5 por 100 del total de los minerales industriales más importantes, en tanto que los Estados Unidos absorben el 50 por 100.

En estas condiciones, era, pues, inevitable que apareciera una contracorriente, representada por el marxismo y los regímenes intervencionistas de signo social.

 

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