Autor: Greciet, Esteban. 
   Carta sobre una antigua guerra     
 
 Arriba.    07/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

CARTA SOBRE UNA ANTIGUA GUERRA

A doña Luisa Díaz, autora de una apasionada diatriba contra el artículo «Adiós a

la guerra».

Con afecto, comprensión y el deseo navideño de que contribuya más sosegadamente

a que los españoles, sin reservas mentales, podamos damos fraternalmente la paz

de una vez por todas.

Se excede usted, mi estimada doña Luisa, a! dedicarme palabras tan duras.

Fíjese usted, señora, si al comentarista le afectará la guerra que su primer

recuerdo de niño es (a agonía de un soldado herido en el cerco de Oviedo. El

presente y el futuro de España no se harán sobre el volcánico sustentáculo de

posturas airadas como la suya y las de los extremistas violentos de uno y otro

signos que pretenden perpetuar una España a ´|a siciliana, .sino -sobre el deseo

de reforma, de participación y de paz de que han dado muestra (a mayoría de los

españoles en e| reciente referéndum que usted tan justamente alaba.

Desahogar furores contra lo que no se entiende bien con insultos y acideces no

conduce a nada, mi querida "doña Luisa. Decía mi venerable tía Rosario, mujer

también de muy recias disposiciones, que el mejor, desprecio es no dar aprecio,

!o cual no casa con la atención que su pluma de usted me de-dica.

En fin, hagamos ahora una nueva España y no un remedo de otra cuyos supuestos

fueron totalmente diferentes y que, por fortuna, está ya en el baúl de los

recuerdos. Ese y no otro era el sentido de mi artículo. Usted exhuma

Paracuellos. ¿Para qué? Paracuellos hubo muchos, por desgracia. ¿De qué vate

actualizarlos? Acaso para contribuir a mantener «n pie la España rencorosa y

pendular. Los cuarenta años de guerra que llevamos a las espaldas muchos de mi

generación (toda una vida) me siguen pareciendo demasiados. Nos basta con la

cicatriz para tener que llevar también hundido dentro el machete.

Ideologías aparte, lo que España no puede permitirse en esta hora es el lujo

sangriento y banal de buscar enfrentamientos que nadie quiere, sólo por la

minoritaria exaltación de conservar vivo algo que el viento de la vida se ha

llevado para siempre.

Insisto: aquellos problemas de los años treinta ya no nos pertenecen ni a usted

ni a mí ni a nadie en este país. Sería suicida, por tanto, mantener un estado de

lucha sin otro objeto que hacer de molinos gigantes, mitificar movimientos de

escasa fuerza y generalizar un estado de agitación propio de los grupos

políticos que necesitan enemigos para subsistir.

Si usted sé adhiere a esta actitud parásita, no cuente conmigo. ¡Adiós, doña

Luisa! Porque las visiones apocalípticas no ofrecen ya otro interés que el de su

propio pintoresquismo. Como en el caso de otra jovial abuelita madrileña, doña

Esther, que me escribe para advertirme de que el «monstruo satánico» está cerca,

de que «pronto vendrá el juicio final» y otras Ingenuas profecías de corte

milenarista. No hay que exagerar.

Por eso, yo voto con usted por la democracia y la concordia. ¿No es cierto,

doña. Luisa, que estemos de acuerdo´ en algo tan hermoso y fundamental?

Su afectísimo Esteban GRECIET

 

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