Autor: Trenas, Julio. 
   La encrucijada del socialismo español  :   
 Julián Besteiro representó la vía marxista-democrática: Largo Caballero la vía marxista-revolucionaria. 
 Pueblo.    25/02/1977.  Página: 14-15. Páginas: 2. Párrafos: 34. 

HISTORIAS PARA PENSAR

Julian Besteiro represento la via marxista-democratica.

Quedó arrinconado, pero no huyó; ni siquiera aceptó el "puente de plata" que se

le ofrecía con la Embajada en la Argentina.

Sobre las nueve de la noche del 20 de septiembre de 1940, en la cárcel de

Carmona (Sevilla), moría, de una encefalitis, don Julián Besteiro Fernández, una

de las figuras cumbres, acaso la de más acusado perfil intelectual, del

socialismo histórico español. Un escritor actual, Jesús Torbado, en su novela

«En el día de hoy», tabulación donde desarrolla una realidad que no fue —la

victoria del Ejército Republicano sobre el Nacional—, instala en la Presidente

de la República, tras la posguerra civil, a. don Julián Besteiro. Es, acaso, lo

menos verosímil en su fantasíafuturible.

Besteiro parecía condenado —de hecho lo estuvo— al ostracismo por su propio

partido, al que permaneció fiel dentro de su disciplina mental y en el rigor de

una ortodoxia que le impedía ligarse a

connivencias totalitarias.

El tiempo ha pasado y la figura de Besteiro acrisola su temple de honestidad y

pureza.

El centenario de su nacimiento, en 1970, no quedó sin recordación.

Plumas independientes, incluso alejadas de su doctrina cuando no adversarias,

reconocieron el mérito y el sacrificio del hombre. El 26 de septiembre del

pasado 1976, al cumplirse el treinta y seis aniversario de su muerte, el P. S.

O. E. organizó un homenaje en el cementerio civil madrileño. Sobre su tumba´ se

depositaron claveles rojos y hubo palabras de recordación a cargo de Justo de la

Cueva y Eduardo

Ferreira.

TRES años antes, había muerto en Madrid, rodeada de sus familiares, doña Dolores

Cebrián Fernández de Villegas, esposa y compañera en la vida de don Julián y la

más asidua visita que tuvo durante los dolorosos días de la cárcel de Carmona.

Acabo de ver, en la salita que antecede a la tribuna diplomática de las Cortes

Españolas, el busto de Berzeiro —bronce y piedra negra— que le regalaron los

diputados de las Constituyentes. La fotografía de la entrega, celebrada en el

salón de conferencias, apareció en todos los periódicas españoles. El dibujante

K-Hito publicó un gracioso chiste en «Ahora». Aparecía Besteiro entre los

diputados, junto a la obra escultórica, diciendo: ´¡El busto es mio»! La

escultura anduvo arrinconada algún tiempo. Fue en la etapa presidencial de

Alejandro Rodríguez de Valcárcel cuando, con el merecido honor histórico, se la

instaló en el lugar que hoy tiene. También volvió a ser colgado, en la galería

de presidentes, el retrato de Besteiro pintado en 1932 por Anselmo Miguel Nieto.

LA ENEMISTAD DE LARGO CABALLERO

No es novedad registrar la enemistad política, asi como la escasa simpatía

personal, de Francisco Largo Caballero hacia Julián Besteiro. Representaban dos

entendimientos distintos y distantes de la doctrina que ambos profesaban. Al

llegar la República de 1931, Besteiro fue elegido presidente de las Cortes

Constituyentes. Desempeñó su menester con eficacia y una elegancia muy personal.

Su cortesía no excluía la autoridad. en un Parlamento que, en muchos aspectos,

podría llamarse de aluvión y donde no dejaba de constituir problema mantener en

tono de mutuo respeto y altura las batallas dialécticas. La antipatía, el desdén

incluso, de Largo Caballero hacia su correligionario le hizo comentar más de una

vez, refiriéndose a Besteiro en las Cortes: «|Se cree un virrey!» Tal actitud se

acentuaría, hasta lo combativo personal, tras la revolución de octubre de 1934,

que lleva a un sector del socialismo claramente hacia la vinculación •

comunista, en tanto otro —el de Besteiro— se mantiene fiel a sus postulados

democráticos.

«A partir de este momento —escribe Ricardo de la Cierva en su «Historia perdida

del Socialismo Español»— nada puede explicarse en la Historia de España sin la

evocación de octubre. Octubre es el crisol del Frente Popular después de que con

su U. H. P. tapíase, por encima de las polémicas, la realidad del Frente Único;

octubre es el ensayo y el presagio de la guerra civil, después de incubar en su

recuerdo y en su- desesperación la guerra civil interna del socialismo.»

Besteiro, presidente de las Constituyentes duranta el primer bienio republicano,

no tuvo después función oficial destacada. Rafael Abella registra su

marginación. Al llegar los sucesos revolucionarios del 34, adoptó una actitud de

discrepancia, no excesivamente exteriorizada por temor, al decir de Abella

también, a provocar una escisión en el partido, «escisión´ que prácticamente se

consumaría´ en el exaspera-

do clima de la primavera de 1936»

EL CONGRESO DE LA U. G. T. DE 1932

Pero ya este distanciamiento había tenido sus ramalazos elocuentes años antes.

El distanciamiento político Largo Caballero-Besteiro se patentiza con ocasión

del congreso celebrado por la U. G. T. en octubre de 1932. «El Sol» publica, el

día 23 del citado mes y año, el resultado de la elección de la Comisión

Ejecutiva. Como presidente de la misma fue designado Julián Besteiro; como

vicesecretario, Andrés Saborit, y para secretario general Francisco Largo

Caballero. De secretario adjunto quedaba Trifón Gómez, y como tesorero Rafael

Henche. Las vocalías serían ocupadas por Lucio Martínez Gil, Anastasio de

Gracia. Antonio Muñoz Giraldos, Antonio Septién, Celestino García y Pascual

Tomás.

Inmediatamente después de ser dada a conocer el acta de la Comisión de

Escrutinio. Anastasio de Gracia leyó una carta en la que Largo´ Caballero

presentaba su dimisión irrevocable. Decía asi:

«A la mesa del XVII Congreso de la U. G. T.

Estimados compañeros: acabo de Informarme del resultado de la votación efectuada

por ese congreso para elegir la nueva Comisión Ejecutiva. Agradezco

profundamente a los compañeros el honor de haberme designado para ocupar el

cargo de secretario; pero me apresuro a manifestaros que no puedo aceptar esa

elección en la forma que se ha producido.

Esperaba yo que el Congreso hiciera una apreciación clara de la actuación de

cuantos intervenimos en el pasado período revolucionario, apreciación que se

reflejaría necesariamente en la provisión de los cargos de la Ejecutiva.

Sin embargo, de vuestra votación resultan elegídos compañeros que por haber

discrepado del criterio que manteníamos otros, dimitieron sus cargos y han

sostenido hasta el último instante sus opiniones contrarias a las nuestras. Ello

me da a entender que en cierto modo el Congreso no aprueba mi gestión anterior,

y además creo obligatorio haceros notar lo difícil que resultaría la

colaboración dentro de una misma Ejecutiva de elementos con criterios tan

dispares.

Por todo lo cual, y antes de que el Congreso dé por terminadas sus tareas,

os comunico mi resolución irrevocable de declinar e1 nombramiento con que me

queríais honrar.

Vuestro y de la Causa obrera, Francisco Largo Caballero.»

En el mismo día se produjeron otras dimisiones, arrastradas por la de Largo

Caballero, a saber: las de Rafael Henche, Pascual Tomás, Antonio Muñoz Giraldos

y Anastasio de Gracia.

PITOS Y FLAUTAS

Lo cierto era que, por pitos y flautas, la escisión resultaba patente,

asfixiando toda posibilidad de colaboración política. Esto llegó incluso a los

órganos de expresión, ambos socialistas.

Patente es la animosidad entre «El Socialista» y «Claridad». Si el primer

periódico era prietist, sobre todo en la servidumbre fiel de su director, Julián

Zugazagoitia, el segundo profesaba el «largocaballerismo», dirigido por Luis de

Araquistain. La enemistad alcanzó a los propios periodistas y queda confirmada

en una anécdota, violenta, a la que alude Madariaga y cuenta Gil Robles. Tomo la

versión que da de la misma Largo Caballero. El hecho ocurrió cuando en el

Palacio de Cristal del Retiro se elegía como Presidente de la República" a

Manuel Azaña. Dice, Lago Caballero: «En espera de que se iniciara el acto, se

produjo un incidente en los jardines, como consecuencia de las polémicas entre

«El Socialista» y «Claridad». Zugazagoitia, director de1 primero, dirigió unas

palabras ofensivas al director de «Claridad», Luis Araquistain, quien ,a su vez,

largó a Zugazagoitia un directo a la cara, haciéndole tambalear. No cayó al

suelo porque le sostuvieron algunos amigos. El asunto no pasó a más, si bien los

comentarios fueron abundantes.»

En «Claridad» del 12 de abril de 1936 se aludía a unas declaraciones hechas por

Indalecio Prieto a «L´Intransigeant», en las que éste lamentaba, primeramente,

que estando tan cerca las dos naciones, Francia demostrase no conocer el caso de

España. También, juzgaba necesaria la participación de los socialistas en el

Gobierno, «cosa que ocurrirá cuando lo decida la fracción izquierdista del

Partido, es decir, cuando el señor Largo Caballero se dé cuenta de esa

necesidad». Por su parte, «Claridad» apostillaba: «Bien se puede adelantar que

si su contenido literal se ajusta a lo que por telégrafo se nos adelanta, el

documento viene a tener una Importancia, definitiva en orden al pleito de

tendencias planteado en el seno del P. S. O. E. La inmensa mayoría de éste —que

se siente absolutamente identificada con el marxismo—, no puede pasar en

silencio que un miembro del partido, por eminente que sea su situación — y acaso

más por serlo—, exalte las virtudes individualistas del español medio, hipótesis

de corte antisocialista mil veces desmentida por la realidad. Si grave es la

herejía doctrinal apuntada, tan grave o más es el problema táctico que a

continuación resuelve alegremente Prieto, propugnando la colaboración en el

Poder de su Partido, que, a lo visto, cree diferida solamente hasta el momento

en que Largo Caballero caiga del burro, como vulgarmente se dice».

Largo Caballero, la via marxista- revolucionaria "El Socialista" "Claridad"

llegaron a polemizar como

si fueran periódicos enemigos.

PRESIDENCIABLE

En la referida entrevista, cesado ya Niceto Alcalá Zamora como presidente de la

República, Indalecio Prieto daba nombres de posibles sucesores en la alta

magistratura, citando a Azañá, Sánchez Román, Albornoz, Besteiro, Fernando de

los Ríos y Martínez Barrios. «Claridad» tampoco estaba conforme y proseguía en

su comentario:

«Análogo módulo, sirve para redondearlo con los nombres de Julián Besteiro y

Fernando de los Ríos, notoriamente inadecuados para representar al socialismo,

ya que su posición es compartida aún por mucho menor número de militantes que la

de Indalecio Prieto. Y ya se va a ver cuántos están al lado de éste en el

momento en que las declaraciones que comentamos se difundan.»

Otra es la opinión, por lo que respecta a Besteiro, de Salvador de Madariaga,

quien escribe en su libro «Españoles de mi tiempo»:

«Besteiro fue el único español de aquella época que descuel1a por encima de

Azaña; hombre que ni Azaña ni Largo Caballero llegaron a comprender y medir. Tan

así me parece que, hoy, con lo que unos y otros sabemos, estimo que si la

República hubiera tenido el valor de descartar a don Niceto de primeras y elegir

a Besteiro presidente de la República, seguiría rigiendo en España una república

liberal con perspectivas socialistas».

Este pensamiento tomaba cuerpo en quienes, por encima de campañas y rivalidades,

reconocían los méritos de Besteiro. Al paso de ello sale éste, con espíritu de

renuncia, en unas manifestaciones publicadas por el periódico «La Rambla», de

Barcelona, y recogidas en «El Sol» el 28 de abril de 1936.

«Agradezco mucho —escribe Besteiro— la distinción de que me han hecho objeto

cuantos han señalado mi nombre para desempeñar la Jefatura del Estado, y mi

gratitud es más sentida para los vascos y catalanes ´ que lo han apoyado con

generoso empeño... Les mal para la política general de España que yo fuera

elegido para ocupar ese puesto, he dicho, que yo estoy convencido de que sería

un Descarto toda consideración de modestia. Creo que en otras condiciones quizá

pudiera ser útil mi designación; en las actuales, no.»

Y es que Besteiro conoce ya la medida de la animosidad con que se le distingue

en su propio partido.

Sabe que no prosperaría su candidatura y que en torno a ella se cerrarían en

banda, con harto dolor para su fidelidad socialista, personas que él creyó

militaban a su lado. Por ello, explica:

«Las razones que yo creo tener arrancan de que mi significación política recoge

una opinión que me es adicta, sumamente extensa, pero difusa y que no se

manifiesta con claridad. En cambio, en tornó a mi actuación se ha producido una

serie de estados pasionales adversos, extraordinariamente vivos, que seguramente

aumentarían su intensidad si yo fuese llamado a desempeñar esas funciones. Es

decir, que despertaría tras de mi una serie de resistencias y de oposiciones

que, lejos de contribuir a la solución de los problemas políticos actuales,

producirían como efecto el complicarlos de una manera excesiva.»

EL INTELECTUAL

Como dice Manuel Espada Burgos, catedrático de la Universidad de Madrid, al

enfrontar la figura de Besteiro, «la desgarradura del intelectual, metido en los

entresijos de la política, configuraron su carácter». Madariaga lo define así:

Besteiro es uno de los adeptos de la nueva fe. Cree en la ciencia. Al abrirse el

siglo que va a enseñarle la modestia a los sabios, Besteiro tiene treinta años.

En aquel mismo 1900, Planck va a descubrir la mecánica cuántica que hará, sí,

una revolución, pero no en la economía, sino en la Ciencia; y poco después,

Einstein».

«A mi ver —prosigue Madariaga—, hay que comprender a Besteiro como un pensador

del siglo XX rezagado en el siglo XIX, como lo están quizá por lo menos los

hombres de ciencia de nuestro siglo; no por su ciencia, sino por su cosmogonía.

Esta es la causa de la absoluta honradez y seguridad, de la fe en sí mismo que

aporta su enseñanza y práctica del marxismo; está quizá también la razón por la

cual aquel convencído marxista no se dejó desviar por las poco limpias herejías

del leninismo.»

Julián Besteiro, que no posó nunca de intelectual, no podía dejar de serlo.

Entre sus propios correligionarios solía llamársele «profesor».

Se había formado en la Institución Libre de Enseñanza, conocía el clima

intelectual europeo por haber viajado y disfrutado esta días en París, Berlín,

Munich y Leipzig, y era catedrático de Lógica de la Universidad de Madrid desde

1912. Contó con la solidaridad de los intelectuales en 1917, cuando fue

condenado a cadena perpetua por su participación en la huelga general

revolucionaria, junto a Largo Caballero, Saborit y Daniel Anguiano. Como fueron

elegidos diputados, salieron pronto de la prisión, pero antes ciento treinta y

ocho profesores firmaron un escrito solidarizándose con el catedrático

socialista. No faltaban las firmas de Ramón y Cajal, Ortega y Gasset, Menéndez

Pidal y Clemente de . Diego.

ACADÉMICO, SIN DEJAR DE SER POLÍTICO

El día 29 de abril de 1935, Julián Besteiro ingresaba en la Academia de Ciencias

Morales y Políticas. «El Sol» titularía la mañana siguiente, a toda página: «Por

primera vez la Academia recibe ´ a un socialista».

La verdad es que lo hacía con todos los honores. Presidió la sesión y contestó

al recipiendario Niceto Alcalá Zamora, presidente de la República. En su

discurso, el académico no dejaba de. ser político. Disertó sobre el tema

«Marxismo y antimarxismo».Había en el público —dice el periódico— muchos

diputados y ex diputados socialistas. Estaban, desde luego, Prat, Martínez

Hervás, Lucio Martínez, Gómez Osorio, Cabrera, Muiño, Saborit... En la primera

fila, Luis de Zulueta. En el estrado, Elias Tormo.

También se veía a Claudio Sánchez Albornoz y a Diego Medina, «Salvador de

Madariaga —cuenta el periodista encargado de la reseña—, con el aire de un

"connaisseur" de estos menesteres, ha tomado la "pose" adecuada al acto.»

La parte más combativa de su discurso queda recogida en el siguiente

fragmento:

«Fascismo y comunismo tienen un punto de contacto al preconizar la dictadura:

los comunistas abogan por la dictadura del proletariado contra la democracia

burguesa, y los fascistas, por la dictadura de los elementos heroicos para

mantener la esencia del régimen capitalista y ahogar violentamente la lucha de

clases... En medio de esta lucha, el socialismo democrático es combatido por

unos y otros contendientes. Desde luego, al socialismo democrático no se le

puede señalar punto alguno coincidente con el fascismo.»

PERSONA NO GRATA

La tragedia de Julián Besteiro fue que su fidelidad marxista no le evitó que sus

correligionarios llegaran a reputarlo persona «non grata», hasta el punto de que

, el ala extrema de su partido propuso, como indica Jackson, «la expulsión de

Besteiro porque no era marxista». Esto se concreta en el agresivo manifiesto

«Octubre, segunda etapa», lanzado por Carlos Hernández Zancajo a fines de abril

de 1935 —citado por Ricardo de la Cierva—, donde los caballeristas «invocan el

apoyo de la Unión Soviética para la conquista" del Poder por medio, de la

insurrección armada; señalan como objetivos internos la expulsión de Besteiro y

la eliminación del centrismo (Prieto) de los puestos directivos».

Quienes así opinaban desconocían, o aparentaban desconocer, aquellas

manifestaciones suyas en un acto de propaganda electoral ante las elecciones de

1934, en las que afirmó: «Soy marxista desde que soy socialista; y desde

entonces he defendido las teorías marxistas con constante interés y celo, sin

creer que cometía un acto de soberbia, ni tampoco que adoptaba una actitud

heroica, procurando hacer frente a las objeciones de los adversarios y corregir

las interpretaciones demasiado simplistas de la doctrina.» Su modelo, sin

embargo, era la fórmula inglesa: hacer compatible la revolución con la

conservación en todos sus momentos del máximo posible de elementos liberales y

democráticos».

´No era ese el camino que seguía la cada vez más bolchevizada etapa del Frente

Popular. Julián Besteiro quedó arrinconado. No obstante, " cuando tantos huían,

él optó por permanecer y no aceptó siquiera el «puente de plata» que se le

ofrecía con la Embajada en la Argentina, cargo al que renunció. No rehuyó, en

cambio, echar´ sobre sus espaldas el duro trance de la derrota y permaneció con

el pueblo de Madrid, ciudad en la que había nacido, tratando de hacer viable la

entrada pacífica de los vencedores. Después vino el episodio de su proceso, y

condena, y aquellos meses tristes —en que oponía su entereza a la enfermedad y

el desaliento—, transcurridos hasta su muerte en la, cárcel de Carmena.

 

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