Autor: Velasco, Lino. 
 Manuel Alonso. 
 El fugitivo ex teniente republicano  :   
 "Hay que olvidar la guerra". 
 Pueblo.    04/03/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 22. 

MANUEL ALONSO

EX TENIENTE REPUBLICANO

hay que olvidar

la guerra

Con la mano ancha, fuerte, que se hace compañera en el apretón; con la mirada

limpia y cansada en el rostro que se agotó trabajando, sufriendo, luchando...;

con una historia de fusiles y hambre, de lejanías y barricada, la presencia de

Manuel Alonso García, aquel que tomó parte en la revolución de Asturias de 1934

«porque no podía comer», se hace recuerdo, testimonio histórico y presente de

concordia, en la tranquilidad de su habitación de una residencia de la Gran Vía

madrileña cuando la mañana todavía huele a sábanas con ojos cerrados. Y la

mañana se despereza cuando el luchador republicano. habla, con sus sesenta años

madurados de vicisitudes, de la España de hoy. Esa España que le vio llegar de

las lejanías allá por 1974 y que ahora, según él, debe ser — «no me queda odio

contra nadie—de amor, de reconciliación y de labor conjunta que sea capaz de

superar pasados y diferencias.

Cuando corrían las calendas de 1934, con motivo de la revolución de Asturias,

Manuel Alonso García —casado, una hija— fue encarcelado por su participación.

«Mi partido político era ciocho años de entonces el del hambre; a mis dieno

estaba definido políticamente, pero no tenía que comer.» Hijo de padre minero y

socialista, con cinco hermanos más —«dormíamos apiñados en una cama casi todos»—

, era botones de un cafó ovetense...

—Y me acuerdo que llevaba pasteles si la casa de Carmen Polo de Franco. Y me

daba una peseta de propina, lo que me valía para ir comiendo...

Dos años en la Cárcel Modelo, de Oviedo, y el 16 de febrero de 1936 sale hacia

la libertad, cuando el Gobierno Azaña decreta amnistía. Y entonces Manuel Alonso

se hace boxeador para participar en la Olimpíada de Barcelona del 19 de julio —

como componente de la Federación Cultural Deportiva Obrera (U. G. T.]—, que

estaba organizada como réplica a la Olimpíada fascista de la Alemania

hitleriana...

—Salimos en junio para Barcelona vendiendo sellos para sacar fondos. Nos hicimos

más de mil kilómetros caminando. Y todo fue llegar en julio allí y estallar la

guerra. Y cambiar, en una madrugada inesperada, los guantes de boxeo por la

ametralladora.

Y comenzaría la rueda de la batalla: asalto a Tarazarías, Pedralves... Se

organizaron columnas para el frente, y en Lérida se separó con Del Barrio de la

columna Durruti para ir a Tardienta donde estuvo hasta diciembre en el frente

establecido.

—Pero cuatro asturianos y yo decidimos ir a nuestra tierra para ayudar allí. Y

conseguimos, pasando por Francia, llegar a Gijón. Allí me dijeron que mi madre

guardaba luto por mi... Conseguí verla, y en Oviedo, en el frente, estuve cuando

la ofensiva de febrero del treinta y siete... Se llegó a pelear hasta en lo que

hoy es el estadio Carlos Tartiere...

Herido en una pierna estuvo quince días en el hospital de Mieres. Simpatizaba —

sin militar— con las Juventudes Socialistas Unificadas y con la U. G. T. Y

volvió al frente...

—Pero llegó, la catástrofe de Asturias. Ahí se definió la guerra, pues en el

frente de Oviedo estaban los mejores hombres.

Y a Gijón y a Aviles, huyendo. «La gente se mataba en el puerto ante las

dificultades para huir; sin lanchas, sin barcos. Al fin conseguí pasar a Francia

después de mil penalidades y estar muchos dias sin comer.»

Pasó a Cataluña, y de infantería a artillería antiaérea, a. la D. E. C. A.

—Allí nos tocó lo peor

—evoca—. Estuve en Mora de Ebro y pasamos el río en la ofensiva de finales de

1937. A mi brigada le dieron el distintivo del valor. Luego pasé a Artesa de

Segre, en donde me ocurrieron todo tipo de peligros y penalidades. Estuve a

punto de ser ejecutado por error porque salvé la vida a un compañero. Y llegó la

ofensiva de Teruel, algo de lo más horrible que un ser humano puede recordar...

(La carpeta de papeles y documentos, vieja, raída, con la historia descarrilando

por cada hoja amarillenta, vuelve a aparecer por enésima ocasión. Son trozos de

vida del teniente ayudante Alonso; son retazos del sentir de millones de

españoles.)

—Hubo que retirarse y fuimos a Montalbán, a Barcelona, a Gerona. Estuve

defendiendo el castillo de Figueras, en donde había mucho dinero. Pero ya todo

se estaba hundiendo...,

Tras la retirada de Cataluña, el paso a Francia en febrero de 1939. Para su casi

particular recuerdo, el salvamento a heridos, las acciones heroicas

individuales.

—Lo que más sentí fue cuando tuve que pronunciar esta frase: «Todo se ha

acabado. Sálvese quién pueda...» Fue lo más duro.

Llegaron, los campos de concentración de Argeles, Saint Cipriano y Agde. Y llegó

el frío en las noches pasadas durmiendo en la arena, cuando el teniente Alonso

se apuntaba a todos los trabajos posibles con tal de salir de aquella

inhumanidad. Como cuando quiso ir a luchar a China contra los japoneses. Había

que salir de allí...

—Recuerdo que los franceses negociaron con nuestros propios excrementos,

vendiéndolos para abono de los viñedos..

En el continuo ir y venir de Manuel Alonso termina con sus huesos en Santo .

Domingo, de donde pasaría a Méjico, allá en 1945, en donde encontraría un

trabajo en una fábrica de laminados.

—Pero veinticinco pesos semanales tampoco daban para comer. Al final conseguí un

trabajo como mesero (camarero), merced a que conocí a mucha gente importante

como Manolete, Batista o el ex presidente, mejicano Cárdenas. Conseguí poner

algunos restaurantes en Méjico, sí; y bares, y negocios, pero siempre con muchos

altibajos. Alli también conocí a Monard —o Mercader, que nadie supo cómo se

llamaba—, el hombre que mató a Trotsky. Y me casé, y nació mi hija...

Pero su hija vendría a España; y los treinta y cinco años de ausencia empezaron

a pesarle. Y en febrero de 1974 tomaba el que fuese teniente Alonso tierra

española —«me preguntaban continuamente en el viaje si me regresarían nada más

llegar—. Y una de las primeras cosas que hizo fue recorrerse todos los frentes

que fueron...

—No comprendo cómo quedan todavía huellas de las trincheras o edificios con los

balazos sin remozar. Tienen que borrar los vestigios. La guerra hay que

olvidarla, y eso no se puede hacer sin que su imagen desaparezca de los lugares

donde tantas gentes viven.

Al fin, afincado en Madrid. Estableció un restaurante que se le fue abajo. Y

ahora sólo vende zapatos ortopédicos y hace visitas médicas. Y a sus sesenta

años encuentra dificultades para trabajar...

—No me considero represaliado, no. Soy amigo de todos. Con muchos falangistas me

llevo, ahora, como un hermano. ¿Hoy día? Claro que sigo siendo socialista; no

estoy adscrito, pero votaré en socialista.

—¿Cómo ve la España actual?

—Creo que la están llevando bien, abriendo poco a poco las válvulas. Nuestro

problema es que lo queremos resolver todo a golpean limpio, por eso tienen que

controlarnos. He encontrado otra España, con conquistas; por eso creo que ahora

hay que reunirse en torno al Rey. Lo pasado, pasado. Y es que seria horrible que

se llegase otra vez a la guerra que sufrimos. No vale la pena dar la vida por

una idea; es el momento del diálogo.

No hay odio en sus palabras ni ira; hay un amplio deseo de conciliación en un

hombre cansado, pero aún pujante; un hombre, algo solitario ahora, que evoca sin

querer sufrimientos con la mirada...

—Yo comprendo que los que llevan cuarenta años sentados en una silla se pongan

nerviosos al ver posibles cambios. Es algo humano que & todos nos pasaría. Pero,

repito, cabemos todos. Y hay mucha gente que lleva cuarenta años sin silla,

fuera del país. Y es que nosotros fuimos derrotados, pero no vencidos. Siempre

se puede actuar. Por eso creo que toda la llamada oposición debe unirse para

hacer un partido fuerte como lo han hecho otros...

Y se quedó en el silencio de su habitación modesta. En el olvido de su trabajo

oscuro. En la tolerancia de su no afiliación. En el recuerdo de sus años de

lucha. Se le perdió un fusil y buscó la charla. Sin odios...

 

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