Autor: ;Flórez, Marisa. 
 Primera rueda de Prensa desde su regreso. 
 Me he convencido de la necesidad de una monarquía en España     
 
 Informaciones.    09/04/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 16. 

Primera rueda de Prensa desde su regreso.

ANTES de iniciar esta rueda de Prensa, a la que ustedes han tenido la gentileza

de asistir, creo que, por mi parte es un deber de cortesía explicarles algunas

cosas. Por ejemplo: todas las dificultades que puedan existir para que nos

comuniquemos, ustedes y yo, deseo indicarles, serán debidas a mi edad. Noventa

años son algo de por si muy amenazante. No obstante, sería presuntuoso, sin

duda, quejarme de la edad.

Pero, qué quieren. Después de cuarenta años de emigración, no de exilio

(palabra que no me gusta emplear, porque me parece cursi), vuelvo de nueva a mi

país, regresa, y vengo a explicarme algunas cosas que no entiendo. Hay cosas que

no me explico de nuestro país. Y a lo largo de este viaje intentaré responderme

sinceramente...»

Con estas palabras se abrió ayer la primera rueda de Prensa concedida por don

Salvador de Madariaga, en su residencia pasajera en el monasterio románico de

Cogullada, en las afueras de Zaragoza, a raí del regreso a su patria.

Cercado por una, nube de representantes administrativos de la Caja de Ahorros y

Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja (que impidieron, del modo más

férreo, el contacto directo entre don Salvador y los cuarenta periodistas

desplazados a cubrir esta rueda de Prensa), siguiendo un riguroso régimen

dietético (que sólo se ha saltado para pedir de encargo una tortilla de

patatas), y un horario diario donde el descanso y el sueño cubren más de catorce

horas diarias, Madariaga sostuvo en la rueda de Prensa un diálogo repleto de

ironía, humor, agudeza, amargura y esperanza.

Poco antes de su presentación pública, don Fernando Almarza, nombrado

recientemente presidente de la Caja de Ahorros que ha patrocinado esta viaje,

cambió impresiones con los periodistas. Y el director del coloquio hacía a los

periodistas de todo el mundo observaciones de esta índole: «Aconsejo que no se

le hagan preguntas complicadas ni comprometidas, para evitarle un choque

emocional.» Afortunadamente, don Salvador sostuvo en sus intervenciones un todo

de Independencia muy saludable, y siguió cada intervención con un Interés muy

vivo.

Abriendo, por vez primera, su opinión en torno a los problemas culturales,

políticos, morales de nuestro país hoy, Madariaga, respondiendo a urt redactor

de INFORMACIONES analizó de este modo la actualidad del pensamiento liberal en

el marco de nuestra vida pública:

«Yo sé que el liberalismo no está hoy de moda y que la gente joven, con

frecuencia, lo atribuye a personas de edad y ya caducas, como es mi caso, que

hemos permanecido fieles a está idea. Hoy todo el mundo dice que es necesario

proceder a la liberalización de nuestro país, pero nadie quiere el

liberalismo... y, sin embargo, personalmente, el liberalismo me parece la única

forma civilizada de gobierno y de pensamiento que existe. Y la otra alternativa

son las bofetadas, y de ahí el paso siguiente es la guerra civil, puñetazos,

tiros y muerte. Y las guerras civiles, hoy lo olvida todo el mundo, son las que

matan al pueblo. A mi modo de ver, e! liberalismo sigue siendo la base

fundamental de la civilización.

Hoy se sustituye la palabra libertad por la palabra democracia. La primera fue

la gran palabra del siglo XIX. La democracia, hoy, no es sino un conjunto de

métodos para gobernar con mayor o peor fortuna. Es la libertad el fin decisivo,

y esto lo olvidan muchos defensores actuales de la terminología democrática.

Pero fa democracia no es tan esencial como (a libertad misma. Si no vemos clara

esta diferencia, no habremos progresado nada, y será difícil nuestro futuro.»

En este sentido, el pensamiento de Madariaga permanece fiel a todo su pasado, y

estas afirmaciones suyas quizá sean, por vez primera, la afirmación, el retorno,

a los principios clásicos del liberalismo que, en nuestra cultura, Ortega y

Madariaga encarnan de modo definitivo.

ÚNICA ALTERNATIVA

Esa diferencia entre libertad y democracia es central, como es sabido, en la

obra de Ortega, y forma parte de la crítica de Madariaga tanto al Estado

leninista como del autoritarismo burocrático. Se trata, en definitiva, de un

sustrato cultural muy presente en nuestros intelectuales de entreguerras (de

Pérez de Ayala a todo el grupo de «Revista de Occidente»), y que el retorno de

Madariaga nos devuelve en su pureza más absoluta y total. Evidentemente, la

fórmula política y cultural (van indisolubles, en este caso) tiene sus raíces en

el empirismo anglosajón, en el «Leviatán» de Hobbes.

Don Salvador no eludió, sino todo lo contrario, la charla en´ torno al futuro de

nuestra país, comentando: «Siempre he oscilado entre el pesimismo y el

optimismo. Soy una suerte de "pesi-optímista".

Considerando lo malos que son los horribles (porque, hay que recordarlo, somos

una raza horrible), es muy hermoso comprobar cómo somos capaces de hacer cosas

tan admirables. Pero, en definitiva, las condiciones actuales de España son muy

malas. Si tenemos libertad para escoger una alternativa, de !o que no estoy muy

seguro, sería hermoso pensar en España como un país moderno, que permita la

convivencia. Pero, sin duda, la actualidad presenta unos peligros muy serios

para la posibilidad de un futuro liberal. De ahí, a mi modo de ver, la urgencia

para sostener el liberalismo, el pensamiento liberal.

Porque, pienso, se trata de la única alternativa, ya que el camino opuesta

conduce a la guerra civil.»

Ante las preguntas de un corresponsal alemán, don Salvador contestó de este modo

al evocar ¡os pensamientos que sintió al tener noticia de la muerte de Franco:

«No soy sospechoso. Sin embargo, cuando conocí los pormenores de su muerte, lo

contemplé con profunda piedad, al contemplar el modo en que, durante sus últimos

cuarenta días de vida, fue acompañado hasta el sepulcro.»

LA RESIGNACIÓN DE NUESTRO PUEBLO

Madariaga permanece fiel al sustrato ideológico que nuclea toda su obra: defensa

del individuo frente al ascenso piramidal de podares del Estado moderno, crítica

de las creaciones políticas que no responden a su ideal de liberalismo y

tolerancia siempre ligada al humanismo clásico, como defensa contra lo que

Ortega consideraba el «gregarismo», la «barbarie» contemporánea. De nuevo,

Madariaga pormenorizó sus diferencias con la estrategia moral de los partidos

comunistas. Refiriéndose, más exactamente, a nuestra política actual, comentó:

>>Bueno, el Partido Comunista ocupa, una situación tan especial que requiere una

reflexión aparte. El liberalismo admite todas las ideas, incluida la comunista.

Respecto a mi opinión actual sobre (a estrategia a seguir, me parecen evidentes

tres apartados: Primero, el Partido Comunista no tiene derecho absoluto a

ninguna libertad política, en estricta reciprocidad a la política seguida por

los países comunistas, que han eliminado a los socialistas, y no permiten ningún

juego político que no sea el suyo propio, eliminando por todo tipo de medios a

socialistas y liberales. No existe ningún país comunista que tolere el

socialismo; desde el punto de vista del derecho, pues, es elemental la más

estricta reciprocidad. Segundo, yo estimo que si para un liberal los comunistas

no pueden reclamar ningún tipo de derechos, el país, nuestro pueblo, sí tiene

derecho a saber por qué vías discurre su vida política. Y hay que darle una vía

para que ejerza esa libertad de criterio, a través de unas elecciones. Y si hay

una mayoría que los elige para gobernar, pues correcto, que lo hagan. Si el

pueblo se vuelve loco, qué le vamos a hacer. Ya existe el antecedente de Hitler.

Creo que este principio de ofrecerles libertad de actuación es brindarles lo que

exigirían si pudieran, pera no creo que debamos hacer esto por ellos (que no lo

hacen en los países comunistas), sino por nosotros, por nuestra propia salud

moral como pueblo. Y tercero, constituido en libertad, el Partida Comunista, los

socialistas que se alien con ellos, me parecerá que hacen el primo, como mínimo.

Las pruebas, en este campo, que nos ofrece la historia contemporánea son

abrumadoras.»

Don Salvador continuó analizando otros pormenores de nuestra actualidad

política, en estos términos:

«Por ejemplo, veo como ejemplo de confusión la tonalidad abiertamente

procomunista, creo yo, da la Prensa ilustrada. También me parece muy confusa la

composición del actual Gobierno. Para un Gabinete que debe proponerse acabar con

un período de absolutismo, observo que cuenta en su seno con demasiadas personas

opuestas a ningún tipo de cambio. Si hemos de aspirar a un futuro constituyente.

La influencia del Ejército hay que reducirla. Su presencia ha sido muy

Influyente durante los últimos treinta y nueve años. Si se quiere pasar a un

régimen a la inglesa, a la sueca, también me parece necesaria mayor

participación de sectores ahora totalmente alejados de las tareas del Gobierno,

y pienso en grupos que van desde Gil-Robles a Felipe González. En este primer

contacto, después de cuarenta años de ausencia, hay cosas, igualmente, que me

confunden y me alarman, por ejemplo: que un señor, cualquiera de ustedes, tenga

que esperar que un señor ministro le diga qué debe o no leer, qué debe o no

editar. No veo claramente cómo un pueblo, el nuestro, que en el siglo XII

inventó una democracia que impuso en toda Europa, puede ahora aceptar este tipo

de reglas de ruego. Por ejemplo: me parece absurdo que sea el Estada quien deba

elegir al presidente del Ateneo de Madrid. Esto me parece una barbaridad. ¿Por

qué los intelectuales tienen que soportar que nadie mande en ellos, en sus

necesidades culturales?

CUESTIONES QUE DESAZONARAN

Hasta aquí, cuarenta años después, Madariaga ofreció ayer, en el monasterio de

Cogullada, una intervención que subraya las líneas maestras de su pensamiento. Y

hacía aflorar uno de los grandes dramas de nuestra cultura: el sabotaje, por

parte de tirios y troyanos, del más genuino pensamiento liberal, en el que la

independencia de criterio, la honestidad, el respeto, la tolerancia, se

confunden, ahora lo vemos bien, con esta pureza intransigente. Madariaga,

cuarenta años más tarde, le devolvió al calificativo «liberal» sus acepciones

más tradicionales y genuinas, perfectamente corrompidas por el comercio

lingüístico de nuestra clase política actual. Madariaga hizo énfasis en este

aspecto: la diferencia radical entre aspiraciones demócratas y aspiraciones

liberales. La democracia, tanto en el pensamiento de Madariaga como en el de

Ortega, tiene un carácter peligroso y alarmantemente nivelador de costumbres e

ideologías. El liberalismo postula, por el contrario, por una defensa, empírica,

modesta pero real, de los derechos del ciudadano, frente a la marabunta

legislativa y burocrática contemporánea, tanto comunista como capitalista.

En. nuestro país, hoy, no hay grupo qua, pudorosamente, evite sí calificativo

«demócrata». Y algo se corrompe en nuestra cultura con este abuso desmedido y

ciego: el respeto a las palabras y sus significados. La modestia y el respeto

por la cultura de don Salvador restituye el problema a sus estrictos términos:

en la vida de las colectividades hay unos individuos que prefieren, por la

violencia del espíritu o las ideas, la consecución de una serie de normas

legislativas y de práctica de gobierno que, desde hace dos siglos, han dado en

llamarse «democráticas» (siempre ligadas a la instauración, por supuesto, de la

democracia burguesa, que nace con la revolución industrial). Y hay otros

individuos que son escépticos hacia todas las formas de gobierno y, por el

contrario, tienen una fe muy firme en los derechos del individuo, agredido de

modo piramidal por los Instrumentos del Estado, y consagran sus esfuerzos

intelectuales a una estrategia moral y política de carácter reformista que, a su

juicio, reporta a los Individuos un respeto más considerable hacía sus derechos,

una garantía (que estiman fundamental) del libre ejercicio de su voluntad.

Sin duda, tan graves cuestiones desazonarán, con mucho, a grandes sectores de

nuestra opinión pública. Es bueno que así sea: la teología revolucionaria, la

teología autocrática, desde puntos de vista enfrentados en la violencia más

absoluta, han sepultado, entre los escombros de sus batallas inacabadas, aunque

ya muy dolorosas y sangrientas, el legado del pensamiento liberal. Pero es

inútil intentar olvidar: la cultura liberal tiene unas raíces solidísimas,

ubérrimas, en Occidente y Estados Unidos. Silenciar esta dencia ofende al buen

sentido.

EL MEJOR VIVIR DE LOS PUEBLO

Madariaga, instalando este su p discurso en su Patria, tras tan dila silencio,

en la tierra de nadie del ralismo, nos recuerda que ese legado tá muy vivo, y

permanece todavía gen, entre nosotros, a la espera de desterrar viajas pasiones.

Y sólo bucea en nuestras propias fuentes, recordo lo que significan las

palabras, con paisajes y tradiciones propias, podré cicatrizar heridas que

todavía sanan ya que por cerrar los ojos o poner manifiesto nuestra ignorancia

(que ij tra clase política, de ambos bandos, ce con una pedantería infantil que

cuentra buen eco en la manipulación: se ejerce con estudiantes y profesor

liberales, caídos, público y actores una farsa de mal gusto, por lo que de loca

carrera hacia la oscuridad, a dida por personajes de las estampas gras de Goya).

La experiencia privada de Mada del liberalismo al descubrimiento r Monarquía,

forma parte de un nuevo capítulo, que nos habla de otra historia la frontera de

la Ideología liberal, de.su defensa de un ideal aristocrática de la existencia.

Nos comentó Madariaga: «Hemos venido mi esposa y yo a España con un doble

propósito: observar, hacer una opinión que nos sea útil para conocer, con

claridad, algo de la realidad más viva de nuestro país. También, por supuesto,

en el plazo de cinco o seis meses, buscaremos un sitio donde instalarnos.

Respecto al futuro de este pueblo nuestro..., personalmente sólo puedo hablar de

mí mismo, mi experiencia personal, mi paso por la vida, a título individual, me

han convencido de la necesidad de una Monarquía para España. Pienso, a don Juan

Carlos lo hemos acogido todos. Vamos a trabajar con él, vamos a salir adelante.

Yo creo, en cuanto uno es capaz de interpretar los hechos y las palabras, que

don Juan Carlos tiene una ocasión y un deseo de arraigar la Monarquía en el

país, está en su mano esta solución. Pero también creo que las fuerzas que se

oponen y que actúan sobre los frenos son tales que pudiera producirse un

fracaso. Y si la Monarquía de Juan Carlos fracasa, a España no hay quien la

salve... Finalmente, me preguntan ustedes por la Academia de la Lengua... Pienso

que las academias tienen siempre un carácter de "élite". Yo creo que la

naturaleza es aristocrática. La naturaleza distingue entre los que viven y los

que sólo se imaginan lo que es el vivir. Y eso es la aristocracia: imaginar lo

que es el mejor vivir de los pueblos...»

 

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