Homilía del obispo de San Sebastián sobre la paz y la concordia     
 
 Informaciones.     Páginas: 1. Párrafos: 6. 

HOMILÍA DEL OBISPO DE SAN SEBASTIAN SOBRE LA PAZ Y LA CONCORDIA

SAN SEBASTIAN, 13. (Resumen de EUROPA PRESS.)

Durante las misas vespertinas de hoy sábado y todas las de mañana domingo día 14, en la diócesis de San

Sebastián se leerá una homilía del obispo, monseñor Argaya, en la que pide que reine la paz, pues

«estamos inmersos en una red de tensiones, rivalidades, divisiones y odios».

La homilía dice, entre otras cosas, lo siguiente: «Vivimos en la inquietud, en la intranquilidad, divididos y

enfrentados. Estamos inmersos en una red de tensiones, rivalidades, divisiones y odios. Esta es la verdad.

Reconozcámoslo. Y al propio tiempo todos anhelamos, suspiramos.. angustiosamente la paz. Esta paz

tiene que ser posible, tenemos que hacerla: la cruz es sufrimiento, pero es también esperanza

La paz es justicia, bondad, verdad y serenidad. La paz no es en modo alguno egoísmo, alienación ante el

sufrimiento ajeno, desprecio de los derechos de los demás. No es inmovilismo n i resignación inerte y

pasiva, ni detentación injusta de bienes, honores y comodidades. La paz debe estar penetrada y basada en

la verdad, en la caridad, en la justicia y en la libertad. La paz no es orgullo ni odio, ni amarga

contestación, ni afán de venganza en los grupos enfrentados. El orden material es indispensable para la

paz y debe estar basado en la caridad, la verdad la justicia v el amor

La paz no puede ser fruto de las muertes ni de las represiones, provocadoras unas y otras de reacciones de

signo contrario. La paz es sentirse internamente hermanados en la misma te, en la empresa común, en el

trabajo corresponsable. La paz, consiste en alcanzar un clima de bondad, de justicia, de serenidad, de

perdón, de respeto, de fraterno trato con los demás. Nos espolea como aguijón al diálogo, a la solidaridad,

al buen entendimiento, a la búsqueda de fórmulas nuevas y más justas de convivencia, en un esfuerzo

activo, del que es inseparable la cruz, el sufrimiento personal, el dolor de la comunidad. No puede haber

paz si existe espíritu de discordia, de violencia, de engaño.

El odio es contrario a los principios cristianos. El Evangelio es el poema de los perdones divinos. El odio

es fuente de lutos, de llantos, de ruina. Nuestra vida debe ser un esfuerzo constante por construir la paz.

Creemos clima de paz en torno a nosotros. Y si ocurre que la paz se ve deteriorada, interrumpida,

frustrada, trabajemos por todos los medios para restablecerla. Sepamos compartir la flaqueza de los

demás callando, disimulando, excusando. Hagamos todos los signos positivos, visibles, por los que

demostremos que queremos realmente la paz por el camino del respeto mutuo, del orden verdadero, de la

libertad justa. El corazón del cristiano no puede albergar el odio. La faz del mundo y de nuestra diócesis

se transformaría si reinase la caridad. El que camina por el Evangelio, no camina en las tinieblas, por muy

grande que sea la oscuridad

A la vista de Jesucristo, crucificado, ajusticiado por nuestro amor, dejemos de lado nuestras divisiones.

Pongamos nuestro esfuerzo por coincidir en todo lo que nos une. Que llegue y que reine la hora de la

misericordia: no la hora de la venganza, de la rivalidad sangrienta. Que ni una sola gota más de sangre

derramada haga más difícil la concordia ciudadana y la armonía de los espíritus. Que el principio del

amor mutuo presida todas nuestras vidas y

 

< Volver