Autor: Chicharro, Manuel M.. 
   La crisis de la federación de vecinos     
 
 El País.    27/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

MADRID

EL PAIS, domingo 27 de noviembre de 1977

TRIBUNA LIBRE

La crisis de la federación de vecinos

MANUEL M. CHICHARRO, Ex delegado de la AV de Aluche en Federación de Vecinos

Por haber dimitido poco antes del verano de mi cargo en la junta directiva de la asociación de vecinos de

mi barrio, no he tenido más noticias sobre la asamblea «desconstituyente» de la FPAV que las del

comentario que incluía este diario el 15 de noviembre. Así me enteré de que, por 63 votos contra 61, se

vio... la oposición entre dos bloques, sin que el texto apenas aclare lo sucedido. En efecto, cuenta el

periodista que «para unos, la misión de la FPAV consistía en criticar y controlar la gestión de la

Administración», mientras que para otros, se trataba de «la necesidad del control directo de los vecinos en

la política municipal», para lo que era «absolutamente necesario dejar de depender de los partidos

políticos», condición esta que ya habían formulado los unos, «que hablaron de la necesidad de

desvincularse totalmente de los partidos políticos y del movimiento obrero».

Cualquier lector ajeno al tema podría pensar que el periodista que escribió el comentario no se explicaba

bien, pero los que hemos asistido a la mayoría de las reuniones plenarias de la FPAV comprendemos que

no es posible aclarar lo sucedido sin entrar a fondo en materias que rebasan totalmente el ámbito de la

citada asamblea y que, por otra parte. tampoco tiene demasiado interés decir quiénes eran los unos y los

otros, ya que en buena parte sus posiciones podrían ser intercambiables en un momento dado en función

de oscuras estrategias.

Un poco de historia

Como es sabido, las asociaciones de vecinos nacen fundamentalmente ante problemas concretos, en

especial las estafas más o menos legales de algunas empresas constructoras y las amenazas que suponían

determinados planes urbanísticos. Los partidos de izquierda comprendieron en seguida las posibilidades

de las asociaciones: dado que cualquier barrio popular tenía, y tiene, deficiencias graves de infraestructura

y servicios, cabía formular reivindicaciones y organizar protestas que en el contexto de la dictadura se

politizaban automáticamente. Era, por tanto, un nuevo cauce para la acción política, que ofrecía a los

partidos posibilidades de contactar con las masas, reclutar militantes, ganar prestigio, etcétera, objetivos

todos ellos muy difíciles de conseguir por otros medios en una situación de dictadura. En el orden teórico,

pronto se formuló una explicación que reunía los requisitos ortodoxos y que, en consecuencia, fue

aceptada por todos: una parte de las remuneraciones que el trabajador cobra en concepto de asalariado, el

capital monopolista se lo arrebata a través de su explotación en concepto de vecino de un barrio mal

dotado («plusvalía indirecta»); de aquí que fuese viable una lucha económico-política en cuanto vecinos

del barrio.

Mas pronto surgieron dos graves problemas. El primero, la dificultad «en sí» de incorporar al vecino

común a la flamante asociación; un vecino común que llega a su casa tarde y cansado, y que, aunque

comprenda que su barrio es un desastre, ve más factible cambiar de barrio que cambiar el barrio. Y a este

obstáculo derivado del potente control ideológico que sobre la gente ejerce el sistema, se añadió que el

orden de prelación de los partidos en cuanto a los objetivos a conseguir a través de las asociaciones era el

siguiente,: hacer crecer el partido, controlar la asociación, fomentar la lucha contra la dictadura, no dejar

que otros controlasen la asociación... y arreglar problemas del barrio. Un orden de preferencias

perfectamente perceptible para el vecino común, que por cualquier causa se acercaba a los locales de las

asociaciones.

Aún así, éstas cumplieron un papel, si no brillante, tampoco desdeñable en cuanto a arreglar o paliar

problemas de los barrios populares, además de convertirse en una estimable fuente de incordio y desgaste

para la autoridad municipal y para la dictadura.

Con este trasfondo, en la creación de la FPAV, ahora hace un año, hubo de todo menos vecinos comunes.

Sea por su implantación, sea por su capacidad organizativa, el PCE llevó la batuta en la federación,

flanqueado por la ORT y el PT. (Más datos: el MC no quiso entrar en el contubernio fundacional y fue el

gran perdedor de la batalla constitucional; el PT rompió su «entente» con el PCE al cabo de medio año; el

PSOE apenas hizo acto de presencia, sin duda por estar demasiado ocupado en prepararse como

«alternativa de poder» al más alto nivel; y la derecha, siempre tan sabia, no vio necesario mezclarse con

la plebe —encima, en locales sin calefacción— sin tener a la vista la amenaza de una revolución).

Quede claro, sin embargo, que la hegemonía del PCE no fue fácil ni cómoda, porque en la federación

había representantes de muchos partidos e ideologías no citados y gente politizada por libre, así como una

fluctuación en la asistencia que podía conducir a votaciones inesperadas, uña inmadurez política a veces

conmovedora, a veces irritante, no por explicable menos entorpecedora. una incoherencia que conducía a

algunos delegados a contar batallas que nada tenían que ver con el orden del día... A esto habría

que añadir la hostilidad gubernativa —que, sobre todo en una primera etapa, impidió a la federación tener

su local propio y celebrar sus reuniones en paz, o sea, sin policía— y, por último, la penuria de medios

materiales.

La resaca

Pese a todo, este primer año de la FPAV habría podido terminar mejor si sus directivos hubieran

conseguido ofrecer un programa atractivo, coherente y autónomo, capaz de lograr una mayoría

convencida; si no hubieran dado esa conocida impresión de un triunfalismo falso, basado únicamente en

la garantía de capear las dificultades a través de un funcionamiento burocrático. Porque la realidad es que

la dictadura está más o menos liquidada —el sistema ha cambiado su forma de dominación—, y si antes

los vecinos comunes estaban a diez leguas de la asociación de su barrio, ahora están a once, y lo mismo

sucede de las asociaciones en relación con la federación; en cuanto a los partidos de izquierda que actúan

en las asociaciones, parece que en lo único que están de acuerdo es en continuar recitando que las

asociaciones deben ser independientes de los partidos, que hay que ver lo importante que es el vecino

común y otras hermosas cantinelas.

La triste realidad es que un interesante cauce de participación de la gente en asuntos que conoce y le

afectan en forma inmediata, como son los problemas de su barrio, está deteriorado; que un excelente

medio para que la gente participe directamente en una problemática económica y política plenamente a su

alcance está desacreditado. Y que en esta degradación de las asociaciones tienen una gran responsabilidad

los partidos de izquierda, que han demostrado una notable incapacidad tanto para llegar a unos acuerdos

mínimos que dieran coherencia a su actuación, como para impulsar una verdadera participación de los

vecinos en el movimiento ciudadano.

No se trata, como pretenden algunos, de que las asociaciones se han «quemado» por su lucha contra la

dictadura. Es más grave, porque la quema viene, sobre todo, de los caciqueos de las luchas internas, de los

controles, de que los vecinos comunes percibían que por encima de cualquier problema que la asociación

tuviese entre manos estaban otros intereses que a ellos les traían sin cuidado.

Si a estas alturas los partidos se retirasen de las asociaciones, la mayoría de éstas se derrumbarían, aunque

tal vez esto fuese lo más conveniente para que algún día pudieran resurgir con pies y cabeza.

En cuanto a la FPAV, sería muy de desear que la dimisión de la junta directiva fuera algo más serio que

un mero formulismo.

 

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