El final de una pesadilla     
 
 ABC.    22/07/1977.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

EL FINAL DE UNA PESADILLA

A las seis de la tarde de ayer las Fuerzas de la Policía "Armada desalojaron de los tejados a los presos

amotinados en la cárcel de Carabanchel, Se culminaba asi una operación Llevada a cabo con una enorme

serenidad y resuelta con una espectacular economía de sangre. No cabe olvidar que los amotinados eran,

precisamente, presos por delitos contra la sociedad, y que un hecho relativamente similar: el acaecido en

la prisión norteamericana de Attica, en t961, finalizó con un dantesco enfrentamiento entre la Policía y los

reclusos que ocasionó más de cuarenta muertos.

Aún continuaban, ayer tarde, en algunas penitenciarias españolas, movimientos de protesta, de rebeldía,

iniciados al socaire de lo sucedido en Carabanchel, del motín que iniciasen allí sus presos comunes. Pero,

con el desalojo de la Cárcel Modelo y la reducción de los amotinados, parece haber principiado una

vuelta a la normalidad que debe completarse en las próximas jornadas.

Ahora lo que cabe solicitar, aún antes que la propia Reforma Penitenciaria, es que la información, que no

na faltado precisamente sobre el tema; que la relación de lo sucedido en Carabanchel —los incidentes del

resto de las cárceles no son sino su reflejo— llegue hasta sus últimas consecuencias. Que la opinión

pública, que acaso se ha visto confundida con algunas interpretaciones qus presentaban la actuación de las

Fuerzas del Orden en el motín como un acto Je injustificada represión, conozca al detalle hechos y

motivaciones, alejando cualquier sospecha, cualquier oscuridad, sobre su ejecutoria.

Sin embargo, tras Ja claridad debe venir la reflexión. Dejando a un lado los aberrantes presupuestos

socio-morales sobre los que parece haberse movido la acción violenta de los reclusos de Carabanchel,

donde han confundido ía lucha en favor de una sociedad de cambio con la acción antisocial de quien

delinque, roba, mata, viola o estafa, parece llegado el momento de proceder a una auténtica reforma de las

estructuras penitenciarias.

Mucho, sin duda, es lo hecho en los últimos años, tanto en materia de la imprescindible comodidad de las

instalaciones como en cuanto a ´os procedimientos seguidos buscando su redención y posterior reinserción

social. Y mucho lo que, en ambos terrenos, cabe por hacer. La sociedad —a través de la Administración,

del Gobierno— debe alentar el incremento de los fondos que han de atender la satisfacción de ambas

necesidades: la física y la moral, y la dedicación del personal suficiente para el cumplimiento de esos

objetivos.

Poco ayuda a mantener y presentar esta actitud la interpretación que algunos han dado de la serie de

incidentes de Carabanchel, presentando como víctimas a quienes habían adoptado voluntariamente, desde

su condición de culpables probados, una posición de rebeldía violenta, que hubiera podido ocasionar, de

no mediar la citada serenidad con que las autoridades han llevado el caso, una auténtica orgía de muertes

para unir a los gravísimos destrozos producidos.

Pero tal posición, que ´inda con lo asocial, sin dejar de participar en lo folklórico, en lo grotescamente

sentimental y torpemente demagógico, no puede hacernos olvidar que las cárceles no están únicamente

para aislar de la sociedad a quienes voluntariamente la agraviaron, que deben de servir para enderezar

caminos torcidos y ofrecer posibilidades de recuperación social a quienes en ellas se encuentran. Y que es

responsabilidad de todos lograr que sirvan al cometido.

 

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