Autor: Satrustegui Fernández, Joaquín. 
 Réplica a Ricardo de la Cierva. 
 "Estupideces", "errores históricos", falsedades     
 
 El País.    29/06/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

OPINIÓN

EL PAIS, martes 29 de junio de 1976

TRIBUNA LIBRE

Réplica a Ricardo de la Cierva

"Estupideces", "errores históricos", "falsedades"

JOAQUÍN SATRUSTEGUI

Ricardo de la Cierva, en su crónica titulada «A Franco lo que es de Franco», publicada en esta diario el

domingo día 27, arremete contra un artículo mío sobre la entrevista Franco-Hitler en Hendaya, que se

publicó el 26 de mayo último en «ABC», «La Vanguardia» y «Heraldo de Aragón», al cual se ha referido

Camilo José Cela en otro suyo publicado en «Cambio 16» (21-27 de junio).

Después de unas frases amabilísimas para Cela y para mí (que yo agradezco sinceramente), La Cierva

dice que mi artículo «contiene cuatro errores históricos graves y once menos graves, pero considerables».

No satisfecho, añade: «Contiene, además, una estupidez».

Quien haya leído mi citado artículo, el resumen que del mismo publicó EL PAÍS (30 de mayo), o esa

crónica del profesor La Cierva, comprenderá que no tengo más remedio que salir inmediatamente en

defensa de lo que escribí: el relato absolutamente objetivo que, poco tiempo después de la histórica

entrevista de Hendaya, me hizo el general Kindelán de lo que allí ocurrió en realidad.

Mientras La Cierva no demuestre de un modo fehaciente que ese inteligente y respetabilísimo general

entendió equívocamente lo que el propio Franco le explicó, estaré convencido de que lo que me contó es,

en esencia, la verdad histórica; la cual, como tantas veces ocurre, es mucho más simple de lo que se

suponía.

En resumidas cuentas, y extractando párrafos de mi largo artículo, recordaré al lector que, según el

general Kindelán, al terminar nuestra guerra y comenzar la mundial, quedó convenido que España

entraría en esta segunda contienda cuando Alemania lo considerara necesario. En compensación,

obtendríamos el Marruecos francés, Oran y Gibraltar. Pero a la caída de Francia en poder del Ejército

alemán, el mariscal Petain, que conocía las pretensiones españolas, hizo saber a Hitler que la Francia que

él representaba estaría dispuesta a colaborar leal-mente en el nuevo orden europeo siempre que, ni

Alemania ni ninguno de sus aliados le privara de un solo palmo de su imperio colonial.

Hitler no lo dudó; decidió sacrificar las aspiraciones españolas ante la oferta de colaboración francesa, y

llamó a Franco a Hendaya, para que quedara esto en claro mediante la firma de un protocolo en el que

habría de constar que, cuando España entrara en la guerra a requerimiento de Alemania, su única

compensación territorial sería Gibraltar. El führer quería poder exhibir ese protocolo o al menos dar

cuenta del mismo al mariscal Petain, cuando se reuniera con él, en Montoire, al día siguiente de la

entrevista de Hendaya.

Franco trató, por todos los medios, de disuadir a Hitler. Quería entrar ya en lo que creía —como millones

de españoles— la fase final de la guerra, para obtener lo que estaba convenido: el Marruecos francés,

Oran y Gibraltar, pero no pudo convencer al Führer.

El general Kindelán me dijo también que Franco quedó profundamente desilusionado por la ocurrido, y

que, a partir de ese momento, aunque continuó creyendo en la victoria del Eje y deseándola, se resistió a

la entrada de España en la contienda, por considerar que la simple recuperación de Gibraltar no era

suficiente compensación para los sacrificios que aquella beligerancia comportaría.

La Cierva califica de «falsedad gratuita» ese relato del general Kindelán y dice que «está demostrado,

archidemostrado documental y testimonialmente, que Franco había superado a finales de junio (no a

finales de noviembre) la suprema tentación de su vida. Afirmar que el 23 de octubre de 1940 "quería

entrar ya en la fase final de la guerra" es saltarse a la torera toda la documentación disponible.

Lo curioso es que el profesor La Cierva no aporta tal documentación, y la que cita en el primer volumen

de su reciente «Historia del franquismo» no prueba nada. Ello no es de extrañar. Como historiador, él

sabe mejor que yo lo difícil que es fijar la realidad de los hechos históricos recientes. Cuando escribió su

«Historia», no conocía el relato —posterior— de un testigo de excepción, como Ramón Serrano Súñer, ni

el del general Kindelán, que yo he podido aportar. La Cierva escribió su libro con los datos de que

disponía. Si como historiador busca realmente la verdad histórica, no debe rebelarse contra el hecho de

que esos datos resulten rectificados por otros posteriores de mayor autoridad.

En mi artículo ya señalaba que Serrano Súñer, en su famoso libro «Entre Hendaya y Gibraltar», «no

escribió una sola palabra sobre la entrevista de Hendaya»; y que «ahora ha explicado las razones por las

que no pudo hacerlo». En cuanto a Franco —añadía yo—, «estuve siempre, como es natural, muy

pendiente de lo que pudiera manifestar acerca de aquella entrevista, y que sepa, jamás dijo que en

Hendaya él nos salvó de entrar en la guerra. Permitió, eso sí, que tal mito se extendiera favorecido por

una fácil confusión: la resistencia que, a partir de lo que allí ocurrió, opuso, efectivamente, a que un

contingente de tropas alemanas cruzaran nuestro territorio para tomar Gibraltar».

Ramón Serrano Súñer me escribió, el 28 de mayo, una afectuosa carta, de la que transcribo lo siguiente:

«... leí con atención tu artículo del que, como dices —y no podía ser de otro modo— sustancialmente

Kindelán te contó lo que Franco le había dicho (el subrayado es mío). Nada de particular tiene la

confusión o el error de que el protocolo aceptado por Franco se entregara en Hendaya o al amanecer del

día siguiente —como ocurrió—, en Ayete. Vive, y es notario de Madrid, quien fue nuestro mecanógrafo

al dictarle el texto condicionado y reformado al regresar a San Sebastián».

Ricardo de la Cierva debería reflexionar desapasionadamente. ¿Cree que porque dijera a Franco que

«cuando se empezasen a proferir las inevitables estupideces revanchistas sobre su vida y su obra no

faltarían respuestas adecuadas», se justifica la frase: «Hoy no hace el cronista más que empezar a cumplir

esa firme palabra»? Si el notable escritor se serenara, quizá llegaría a descubrir quién es verdaderamente

el que ha incurrido en «estupideces», «errores históricos» y «falsedades». El general Kindelán, desde

luego, no.

Por lo demás, pienso que Cela tiene razón cuando, al señalar que «según síntomas ciertos, no fue del todo

verdadero lo que se nos dijo», concluye: «Ya no toca mirar atrás, sino adelante. Pero tampoco sobra

conocer lo que pasó en nuestra casa».

 

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