Don Antonio Garrigues Walker, en la cámara de comercio de Guadalajara. 
 "El problema español es la ausencia de una política económica coherente"     
 
 Informaciones.    16/07/1976.  Página: 15. Páginas: 1. Párrafos: 24. 

DON ANTONIO GARRIGUES WALKER, EN LA CÁMARA DE COMERCIO DE

GUADALAJARA

«EL PROBLEMA ESPAÑOL ES LA EUSENGIA DE UNA POLÍTICA ECONOMICA COHERENTE»

MADRID, 16 (INFORMACIONES).

El problema de la dimensión empresarial no es fácil ni ha sido fácil para ningún país. Quizá en España el

problema sea un poco más grave, pero en su conjunto los países europeos afrontan las mismas

dificultades y ninguno ha encontrado soluciones definitivas», afirmó ayer don Antonio Garrigues Walker

en una conferencia sobre el tema «Problemática de la pequeña y mediana empresa», en un acto

organizado por la Cámara Oficial de Comercio e Industria de Guadalajara.

Continuó el señor Garrigues afirmando que carecemos los europeos de un mercado interior grande y

uniforme, que es el origen de la gran fuerza del sistema norteamericano. Sé refirió a continuación a los

problemas que afectan a la pequeña y mediana empresa en España, de la que anteriormente había

afirmado que pese a constituir entre el 60 y el 75 por 100 de todas las empresas españolas, la política

económica se ha basado de hecho en la gran empresa, y ésta, a su vez, ha dictado las reglas del juego a la

pequeña y mediana.

Añadió seguidamente que «en cualquier caso el problema de la P.M.E. no puede tratarse aisladamente de

los problemas económicos generales, y que el problema español seguía siendo el de la ausencia de una

filosofía económica y una política económica coherente. Es una buena señal, en todo caso, el observar en

los programas de los nacientes partidos políticos referencias bastante inteligentes a estos temas y en

especial a la pequeña y mediana empresa. Estos son los temas que dan contenido y sentido a la realidad

política»

ESPAÑA ACABARA SIENDO UN PAÍS DEMOCRÁTICO

En este sentido, añadió más adelante, nuestra primera obligación es la de saber valorar las posibilidades

reales que tenemos de establecer una democracia estable y eficaz. Está claro que España no puede

renunciar a un régimen democrático, pero es igualmente cierto que afrontamos un riesgo serio y grave de

soluciones extremas, entre las que tiene mayores posibilidades una dictadura de derechas. El tema de la

capacidad o la incapacidad política de los españoles sigue estando vigente y sería inútil que lo

afrontáramos exclusivamente en un plano intelectual. El pueblo español no es, desde luego, apolítico, ni

está mal dotado «per se» para la vida política. Pero es un pueblo que ha sido despolitizado por una

minoría monolítica y reaccionaria. Se añade a esto el espectáculo poco convincente y aleccionador que

ofrecen nuestros vecinos europeos, en donde los conflictos políticos siguen envueltos en unas apariencias

que los hacen poco asequibles a un análisis responsable.

España acabará siendo un país democrático, pero necesitaríamos un proceso de maduración y bastante

suerte en todos los terrenos. Una vez consumada la opción, la libertad política no es otra cosa que

disciplina política y sentido pragmático, y estas virtudes no son las más destacadas entre las virtudes de

los pueblos latinos. No podemos aspirar por el momento a una democracia de calidad, aunque tengamos

la obligación de intentarlo. La geopolítica no es, sin duda, una ciencia exacta, pero ofrece algunas

conclusiones que merecen ser pensadas.

Si observamos a Europa, nos daremos cuenta yendo de Norte a Sur que las democracias escandinavas son

más auténticas que la inglesa, la holandesa y la suiza; que estas ultimas son, a su vez, más completas que

las de Alemania, Bélgica y Francia, y que, por fin, la italiana y la portuguesa ofrecen los mayores índices

de inestabilidad y riesgo. Podemos aspirar de nuevo a ser la excepción a la regla, pero hagámoslo al me-

nos con conciencia de las dificultades que impone el clima, la tradición y el carácter de un pueblo que

nunca se ha distinguido por su vulgaridad.»

El señor Garrigues concluyó diciendo:

«Al contrario de lo que ha sucedido en Europa, en América se han aplicado con rigor y con bastante

fidelidad los principios clásicos y las bases del sistema capitalista: Justicia fiscal, libertad real de

iniciativa, protección de la competencia leal y control de monopolios, renovación de cuadros dirigentes,

ausencia de conflictos entre inversión pública y privada, y respeto absoluto del lucro como motor del

sistema.

En Europa se han intentado contrarrestar fórmulas de la economía de mercado con las de la llamada

economía social y se ha dado lugar a unas fórmulas hibridas, de dudosa eficacia. Otra diferencia

importante entre el sistema europeo y el americano reside en el nivel de politización de los sindicatos. En

América, los sindicatos, más fuertes y mejor organizados que los europeos, nunca operan contra el

sistema, sino dentro del mismo. En Europa parece como si los sindicatos no tuvieran otra misión que la

destrucción del sistema económico.

LOS DAÑOS DEL MIMETISMO

El modelo europeo de economía de mercado no es satisfactorio. España debe empezar por replantearse el

tema a fondo, renunciando a cualquier mimetismo. Algún día habrá que valorar los daños que nos ha

ocasionado nuestra obsesión de imitar los esquemas de la economía francesa en todos sus puntos Es cierto

que el destino natural de España parece ser con gran probabilidad el de su integración en las

Comunidades Europeas y que ello implica un cierto trasvase de criterios, experiencias y prácticas hacia

nuestro país. Pero ello no nos obliga desde luego a repetir humildemente todos y cada uno de los errores

que han cometido los economistas y los empresarios europeos.

LA REFORMA DE LA EMPRESA ESPAÑOLA

Frente al reto del Mercado Común y el desnivel de nuestra industria con respecto al promedio europeo, la

llamada reforma de la empresa española podría inspirarse en los siguientes criterios:

* La empresa no puede olvidar en ningún momento su obligación de ser rentable en términos

económicos.

El lucro es el verdadero motor del capitalismo.

* La empresa tiene que aceptar una responsabilidad nítida y clara en cuanto a su comportamiento

social, y ese comportamiento no puede estar inspirado en consideraciones pragmáticas, sino en un

respeto real y sincero a la condición humana.

* La empresa tiene que exigir la existencia de unos sindicatos libres y fuertes, con los que el diálogo sea

fácil, pero constructivo. La democracia política permitirá sin duda una despolitización de la empresa y de

las relaciones entre capital y trabajo.

* La empresa debe abandonar para siempre las prácticas de la doble contabilidad y comprometerse

a una transparencia fiscal absoluta, que permita el ejercicio por sus accionistas y trabajadores del

derecho de información.

* El empresario español tiene, por su parte, que aceptar la obligación moral y práctica de mejorar su

preparación profesional, desarrollando así una nueva moral positiva y una capacidad de adaptación a los

cambios continuos en una sociedad dinámica.

* El Gobierno debe aplicar —sin excepciones principio de la libertad de establecimiento de

instalaciones industriales. Sólo a través de un mecanismo que favorezca la competencia se puede ir

corrigiendo la concentración abusiva del poder económico.

* Es asimismo función del Gobierno recordar con hechos la vigencia de las leyes que regulan la

competencia desleal y los abusos de las situaciones de monopolio.

* Todo el sistema monetario y financiero deberá articularse de tal forma que se reduzca la influencia

de la Banca en la industria y se eviten las discriminaciones actuales.

* El I.N.I. y la inversión pública tienen que aceptar claramente el principio de subsidiariedad hasta

sus último extremos

* La competencia del capital extranjero tiene que admitirse como factor positivo. El destino del

empresario español en el supuesto de una integración no es otro que el de una competencia multinacional,

sin limitaciones ni exclusiones.»

16 de julio de 1976

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