Autor: Garrigues, Antonio. 
   La "limpieza de sangre" y la Monarquía     
 
 ABC.    20/10/1976.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

LA «LIMPIEZA DE SANGRE» Y LA MONARQUÍA

EN el tránsito de un régimen político a otro, que es en el que está España, lo grave no es la

ruptura legal, aunque haya que evitarla, si es posible, porque el respeto a la Ley es la base de

la convivencia. Lo grave es la pretensión de fundar el nuevo Régimen sobre el principio de la

"limpieza de sangre" respecto al Régimen precedente. En política, como en religión, ese

principio es el que lleva a las mayores aberraciones.

Nada más antihistórico. En Francia, la Asamblea que iba a elegir Rey al conde de Chambord,

era una asamblea monárquica, como la mayoría de los franceses en ese momento; hasta el

punto de que cuando Chambord, negándose a aceptar la bandera republicana, impidió su

proclamación, esa Asamblea ni siquiera instauró de cara el régimen republicano; se limitó a

decir que la duración del cargo de presidente de la República seria por tantos años. La

República francesa empezó siendo monárquica.

Unas pocas figuras políticas pueden y deben quedar inhabilitadas —más por razones morales

que políticas—, pero no toda y cualquier forma de participación en el Régimen anterior. No sólo

que sea imposible, sino que es mortal. La Italia democrática de De Gasperi era la misma que la

entusiasta mussoliniana de la expansión imperial en Libia y Etiopía, así como muchos de los

hombres de la democracia cristiana posbélica —y algunos de los más destacados— habían

llevado la camisa negra.

Los alemanes que empezaron a acudir a las urnas en 1945 eran los mismos que habían

levantado el brazo en el hitlerismo delirante de la «anschluss» y las victorias militares de la

guerra relámpago en Europa hasta la frontera de los Pirineos. Justamente el error radical del

nazismo y del fascismo fue el haber eliminado por falta de "limpieza de sangre" —de sangre

fascista o nazista— muchas de las mejores cabezas de la política, el pensamiento, la ciencia.

En España, la "limpieza de sangre republicana", quimérica en una España que "se había

acostado monárquica y se había levantado republicana", impidió el asentamiento en su ámbito

de la derecha católica y conservadora —no exenta de culpa— que le traía Acción Popular,

hasta desembocar en la Guerra Civil. La locura de la ´"limpieza de sangre" —desde Adán toda

sangre humana es impura— en España ha sido nefasta. Es cierto que la expulsión de los

judíos y los mozárabes no se puede pensar con los criterios de hoy, pero es mucho más cierto

que causó mucho más daño que bien, sobre todo por su radicalismo.

El Régimen de Franco —más los "franquistas" que Franco mismo— incidió en ese error, tanto

más arbitrario en el azar de una guerra civil, en el que el franquismo o el republicanismo eran

en gran parte puramente geográficos. Las "depuraciones" subsiguientes a la guerra, muchos de

cuyos protagonistas sedicentes «pura sangre» habían sido republicanos, fueron lamentables,

aunque típicas de posguerras y traumas sociales.

Ahora, con el tránsito de un Régimen a otro está surgiendo una nueva "limpieza de sangre", la

de los "puros" que no han tenido nada que ver con el franquismo. Pero los españoles que van a

votar son los mismos cientos de miles que desfilaron ante la capilla ardiente del General

Franco, y el que los políticos franquistas, que defendían la "indefendible permanencia e

inalterabilidad" de los Principios del Movimiento, se declaren partidarios de la democracia

orgánica no es algo escandaloso, sino, al contrario, algo muy positivo, puesto que una

dictadura de cualquier clase sería deplorable, y la Monarquía, si no es democrática,

sencillamente no puede ser. La democracia tiene que abrirles sus puertas de par en par. Y

luego, por sus frutos se conocerán.

Lo terrible es que empiezan a aparecer ya nobilísimas confesiones públicas de "impureza" de

sangre democrática; y "tenores" del franquismo "puro"; y textos confidenciales sobre quiénes

fueron los franquistas "buenos" y "malos". (Mientras tanto, Dios Padre está haciendo llover

desde el principio de los siglos, indiscriminadamente, sobre unos y otros, los "buenos" y los

"malos" de todos los tiempos.)

El que haya países de economía libre y de economía colectivista y, dentro de cada uno de

estos sistemas, diversas versiones de los mismos —la economía libre capitalista o socialista

democrática; el comunismo ruso o chino— es comprensible y es bueno, porque esa

competencia puede servir para que el hombre alcance el mayor nivel posible de libertad,

justicia y dignidad, siempre que no se llegue a un estado de guerra caliente o demasiado fría.

Lo que es inconcebible es pretender que un país dado pueda estar sometido,

democráticamente, a la alternativa antagónica de un sistema y otro. Y peor todavía la confusión

y el marasmo de un maridaje o connubio entre ambos. El monolitismo comunista o el de

derechas son recusables porque la libertad es uno de los valores supremos del hombre. Pero

todavía es más recusable ese estado de indecisión y de indeterminación, ese no saber dónde

se está ni dónde se va. Así no se puede vivir.

En todo sistema político cuyas bases de convivencia sean aceptadas por un consenso general

hay dos tendencias o posiciones saludables y predominantes: la derecha y la izquierda, y no

necesariamente, pero sí puede darse y se da, una pieza menor, que es el centro; así como dos

patológicas, la ultra-derecha y la ultra-izquierda, marginadas respecto a ese consenso general.

Hay en estas últimas una mezcla de idealismo utópico y de irracionalidad que puede

conducirlas a las mayores aberraciones.

Dentro de cada una de esas dos o tres grandes corrientes "naturales" se dan, a su vez, una

derecha, un centro y una izquierda. El querer subdividirlas en grupos autónomos

independientes y con personalidad propia, es decir, en "partidos", no tiene sentido alguno. La

personalidad propia de esos subgrupos no existe ni puede existir; no se trata más que de un

miniprotagonismo, ni César ni nada.

Pero hay un gran protagonismo de vocación de servicio que es consustancial a la política, que

no consiste sólo en ideas, sino también en hombres capaces de encarnarlas y materializarlas.

Este necesario y legitimo protagonismo se tiene que resolver en el seno de cada uno de esos

grandes grupos y no llevarlo al electorado nacional para contundirla y atomizarlo. Hay que

legalizar esta limitación de los partidos en España. Democráticamente hablando es la medida

más necesaria.

En este mismo orden de ideas, el protagonismo para "dar la palabra al pueblo" en el proceso

democrático sólo puede tenerlo el Rey. Esta es la "Política Nacional" —ambas palabras con

letra mayúscula— que puede y debe hacer el Rey para quienes son "limpias" todas las sangres

españolas. No que el Rey someta a referéndum una Constitución donde todo queda «atado y

bien atado», sino un texto, único o plural, constituyente donde se contengan las bases

mínimas, pero suficientes, para iniciar la convivencia nacional. A las sucesivas legislaturas con

capacidad también constituyente correspondería la posibilidad de ir enmendando este texto

básico constitucional de origen popular, a compás del desarrollo político del país. Ningún

servicio comparable a éste podría prestar la Monarquía de Don Juan Carlos a España y a los

españoles en esta hora confusa y crucial del país.

Antonio GARRIGUES

 

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