Autor: Bonifaz, Ramón. 
   El limbo de Garrigues     
 
 El Alcázar.    26/11/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

EL LIMBO DE GARRIGUES

DON Joaquín Garrigues Walker suele sorprender a la opinión pública con algunos artículos

irrisorios, de tan escasa estidad política y humana, que no merecerían ser objeto de réplica si

no fuera porque en este noviembre frío uno se recluye pronto en casa y surge la tentación de la

pluma.

Al señor Garrigues le ha colmado de irritación la creación de la Alianza Popular, y por lo que ha

escrito en un diario madrileño el pasado 19 de noviembre bajo el pomposo título de «La

Armada Invencible», parece que le ha convulsionado tanto como a los señores de la

Convergencia Democrática. La diferencia estriba en que a éstos es lógico que les haya

alarmado y, como es su obligación, es natural que estudien la mejora manera de hacerla

impopular. Claro está que para que lo intenten en juego limpio y democrático, lo primero que

tendrían que hacer es cumplir con el ordenamiento jurídico y apuntarse en la ventanilla de

participantes para el gran espectáculo electoral. Lo que no se puede admitir, aunque los

hechos demuestren lo contrario, es que salten a la cancha sin estar previamente legalizados y

sin haber rellenado la hoja de inscripción.

Pero veamos y analicemos lo que, entre otras pintorescas cosas, nos cuenta el inefable señor

Garrigues.

1) «Un grupo de célebres figuras del antiguo Régimen se ha presentado al público español con

el sugestivo título de Alianza Popular». ¿Se da cuenta don Joaquín Garrigues de la gravedad

de esta frase? No se puede hablar del antiguo Régimen porque la reforma política que será

sometida a referéndum se ha hecho, según nos dicen, desde la legalidad, sin ruptura y en la

línea de perfectibilidad del sistema. No puede ser de otra manera, pues, de lo contrario, sería

acusar de perjuros a cuantos juraron lealtad a los Principios del Estado surgido el 18 de

julio de 1936. Como seguro que este argumento incontestable lo acepta el señor Garrigues, no

le quedará más remedio que admitir que las «célebres figuras» siguen prestando su aportación

al Estado que siempre sirvieron.

2) «No parece posible que les quepa en la cabeza ese modelo de Estado tan extraño y distinto

del que ellos han conocido». ¿Otra vez señor Garrigues? No es lícito decir que el Estado es

distinto al que conocieron los hombres de la Alianza Popular, y que es el mismísimo que juró el

Rey y que está naturalmente vigente. ¿No es así? Asombroso el despiste plumífero.

3) «No es posible, pienso yo, que sepan gobernar con un Parlamento representativo de las

tendencias ideológicas, en un Gobierno que represente a la mayoría que se obtiene en las

urnas...». Una opinión muy respetable, con emplazamiento a corto plazo, a pesar de que en las

urnas la Alianza Popular no contará con su estimable voto, ni con la ayuda de su capital que

seguramente lo salvarán mejor las fuerzas marxistas.

4) «Lo que no parece tan lógico es... que exijan que se excluyan de esa confrontación a los

partidos de otra significación totalitaria distinta a la suya». Si supone que los camaradas del

partido comunista han dicho, en caso de haberse molestado como yo en leer su artículo, «olé

por Joaquín Garrigues», supone rematadamente mal. Se han debido de desternillar de risa. Los

comunistas son mucho más serios como para admitir ese mal parido e intencionado capotazo

que huele a «por si acaso» que repele. Pero hay en esta frase algo más grave. Gravísimo. Si

los hombres de la Alianza Popular son totalitarios, querrá decir que el Estado al que sirvieron

también lo era, y como el Estado sigue siendo el mismo, resulta y piensen ustedes, señores

lectores, a quienes puede aplicarse el cuento del totalitarismo a que alude el señor Garrigues.

Vamos, sin excepción, todos fascistas.

5) «No deja de ser original que estos hombres de la Alianza, que durante muchos de los

cuarenta años han excluido a tirios y troyanos del ruedo ibérico de la política...». Frase

desafortunada, amigo Garrigues, porque la política no consiste sólo en ocupar cargos públicos,

y dentro de la política de estos cuarenta años, aparte de su padre y muchos parientes que

tuvieron el buen gusto, supongo yo, de servir a Franco, también la economía de muchos se

benefició por el buen hacer de esa política. Desde luego, don Joaquín Garrigues no fue ni tirio

ni troyano.

6) «Ya se sabe que ellos se dirigen a un público que teme al Partido Comunista como al mismo

diablo... pero se olvidan que a otros sectores de la población española la solución totalitaria que

protagonizaron en su día los hombres de la Alianza tampoco les pareció idílica». Esto no se lo

cree ni usted, señor Garrigues, y en prueba de la mejor reconciliación, me uno a Marcelino

Camacho en la carcajada. Usted le tiene más miedo al comunismo que a Lucifer vestido de

miura, y la mejor prueba es su frase halagadora que, conforme a su dialéctica, puede estar

seguro que no convence ni a tirios ni a troyanos. A su reiteración al totalitarismo de la Alianza,

le reenvió al punto anterior: todos fascistas.

7) «Porque también ellos pueden convertirse a la democracia. Después de todo España es un

país de conversos». Los hombres de la Alianza no tienen que convertirse en nada pues están

donde siempre estuvieron. Sin embargo, y en el supuesto de que España fuera un país de

conversos, estoy seguro que don Joaquín Garrigues no se convertirá, ni de mentirijillas, en lo

que trata de aparentar en su ingenuo artículo. Jamás he conseguido que nadie en este país

desvie la vista al oir aquello de ¡mira un elefante volando! Y es que ni los elefantes vuelan, ni el

señor Garrigues conseguirá, atacando a los totalitarios de la Alianza, meter un bombón en la

boca de un comunista. Parece mentira que todavía no se haya dado cuenta de que a los

españoles se les encuentra en todas partes, menos en el limbo.

Triste, injusto y de mal estilo el artículo de don Joaquín Garrigues. Y total para nada. Lo único

bueno, el título, «La Armada Invencible», porque me ha hecho añorar mi seudónimo de Ramón

Bonifaz que, por cierto, tenía una pequeña Armada que resultó invencible.

Ramón BONIFAZ

EL ALCAZAR

 

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