Autor: Pegenaute Garde, Pedro. 
   La Federación de los Clubs Liberales     
 
 Diario 16.    22/01/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 19. 

PEDRO PEJENAUTE

Presidente de Asana (Club Liberal de Navarra)

La Federación de los Clubs

Liberales

A nadie se le oculta - asegura el autor - que un indeterminado número de militantes de UCD ha venido

haciendo lo imposible para que la operación liberal desembocara en el más estrepitoso de los fracasos.

Pero esas acusaciones han tenido un efecto negativo y nuestro futuro se presenta esperanzador. «Sólo

queda constituir y pronto la federación.»

El pasado mes de diciembre, con el acto de presentación pública, entre otros, del Club Liberal de Navarra

(Asana: Asociación de Amigos de Navarral, acto en el que Antonio Garrigues alcanzó por cierto un

relevante éxito, la operación liberal daba por culminada su primera fase y decidía encaminarse hacia la

segunda, que terminará antes de acabar el próximo mes de febrero con la constitución formal de la

federación de clubs.

Acusaciones

Antes de haber podido conseguir lo primero no han sido pocos los obstáculos que ha sido preciso sortear,

ni las zancadillas que ha sido necesario evitar, ni las incomprensiones que ha hecho falta superar.

A nadie se le oculta que un indeterminado número de militantes de UCD ha venido haciendo lo imposible

para que la operación liberal desembocara en el más estrepitoso de los fracasos para lo que no se ha

dudado en colgar sobre las espaldas y la fama de los promotores de los clubs, y fundamentalmente la de

Antonio Garrigues, todo tipo de acusaciones, sambenitos y calumnias, desde la de «farsantes» hasta la de

«desestabilizadores», pasando por las más vulgares de «capitalistas y oligarcas».

Pero será mejor no insistir en los recordatorios. Al fin y a la postre, ya se ha visto el negativo efecto de las

acusaciones: éxito en cada acto público en el que se ha presentado la operación y asistencia masiva en

cada presentación pública de un club, con presencia de un público variopinto (gente joven igual que

menos joven, clase media lo mismo que simples trabajadores) ávido de escuchar a un hombre, Antonio

Garrigues, que por ahora se muestra como el más cualificado portavoz para exponer el modelo de vida

que preconiza el liberalismo avanzado y que han asumido los clubs.

Futuro

Nuestro futuro no puede presentarse, por tanto, más esperanzador. Y, para culminar el esfuerzo, ya sólo

queda un camino: formalizar y pronto, sin más dilación, la constitución de la federación. Se precisa coor-

dinar la actuación de todos los clubs, y, aunque algunos desearían ir por libres, el buen sentido aconseja la

formación inmediata de los órganos superiores por donde canalizar toda la actividad.

En los órganos que han de regir la vida de la federación de los clubs deben estar, sin embargo,

representados todos, absolutamente todos los clubs.

De antemano, por la misma razón que no se puede excluir a nadie, tampoco se debe primar a ninguno.

Hacerlo sería un error imperdonable, más propio de novatos que de avezados hacedores de estatutos, o de

personas que están dispuestas a que todo salga felizmente.

Cierto que un club, el que fuere, puede tener en su seno veinticinco personajes ilustres; pero, ¿y qué?

¿Acaso alguien cree que con sólo «ilustres» se va a muchos sitios, se llega siempre a buen puerto?

La experiencia dice y muestra bien a las claras dónde se acaba cuando se tiene en consideración la

opinión de algunas pocas personas; insisto, por distinguidas que ellas sean. Se termina en el fracaso.

Las bases

Hay que contar, ya desde ahora, con lo que se llama «las bases». Y las bases, en la operación liberal, se

sitúan en esos casi cuarenta clubs que hoy funcionan en España.

Además, hacer las cosas como deben hacerse, es decir, empezando por abajo, es la única garantía de

éxito.

Antonio Garrigues lo dijo en Pamplona muy acertadamente. Y no nos engañemos: a la postre, sólo si

asumimos las peticiones y los criterios de «abajo», en igual medida que los de los de «arriba», con el

mismo respeto y por muy pueblerinos que ellos pudieran parecer, obtendremos el éxito esperado.

Y cuidado: sería un mal síntoma que alguien confundiera la defensa que aquí hago de las bases de los

clubs con el populismo. Sería el síntoma de que en la operación liberal todavía hay algunos que no han

superado el viejo axioma del liberalismo decimonónico: «Gobierno para el pueblo, pero sin el pueblo.»

El liberalismo avanzado, que con tanto acierto suele exponer Eduardo Merigó, nada tiene que ver con el

que preconizaron los liberales del XIX. Y, por tanto, situarse en la línea de los últimos sería ponerse de

entrada frente a la línea que defienden los clubs.

Caminemos, pues, juntos, pero sabiendo que lo hacemos hacia la defensa de un modelo de vida en el que,

antes que cualquier otra cosa, lo que importa es la defensa sin ambigüedades y abiertamente de los

derechos y libertades de todos los ciudadanos. «Una sociedad justa sólo puede hacerse con personas

libres», como con insistencia ha dejado escrito un ilustre liberal de los clubs.

 

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