Autor: Punset, Eduardo. 
 Congreso Liberal de Palma. 
 Un estado moderno     
 
 Diario 16.    27/02/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Un estado moderno

Eduardo Punset

Un Estado liberal, en el sentido moderno, es aquel que asume la responsabilidad de satisfacer las nuevas

demandas sociales: las aspiraciones generalizadas en favor de una descentralización de los mecanismos

de decisión administrativos; el previsible rechazo por parte de los colectivos juvenil y femenino a

continuar siendo víctimas de la discriminación a que les está sometiendo la crisis económica; la mejora de

la calidad de vida de los ciudadanos de la sociedad posindustrial; la supresión de los actos de vandalismo

perpetrados contra el entorno en el que tan laboriosamente se ha instalado nuestra especie; la lucha contra

la burocracia en la que nos volveremos a encontrar todos los demócratas de este país.

El cambio

En la anticipación y satisfacción de esas nuevas demandas de nuestras acosadas sociedades industriales es

donde se está recreando y revitalizando el liberalismo moderno. Este es su carácter distinto en la actuali-

dad, como lo fue antaño su lucha por las libertades individuales que poco a poco se ha convertido en la

bandera de todos los partidos democráticos.

De cara al pasado el liberalismo entronca a España, guste o no guste, con los ideales de reforma y libertad

de la Constitución de 1812. Y de cara al futuro asume la demanda generalizada de cambio y renovación

característico de los periodos de crisis profunda. Los sectores inmovilistas de la sociedad española tienen

todo el derecho del mundo a defender sus posiciones, pero no encontrarán apoyatura alguna, todo lo

contrario, en la operación liberal. La historia europea enseña, precisamente, que la ideología liberal se

recrea cada vez que el cambio económico y social irrumpe en el escenario. La vocación de los liberales

no es frenarlo, sino impulsarlo y modularlo. Como dijo Kennedy en 1963: «El cambio es ley de vida y los

que se detienen en el pasado o el presente, es seguro que perderán el futuro.»

Hablar del futuro de España es hablar de Europa. La verdad es que el deterioro brutal del entorno

económico desde hace algunos años ha exagerado las ventajas comparativas de unos países contra otros:

Madurez y diversificación de los aparatos productivos, la flexibilidad de adaptación de las estructuras de

producción y del mercado de empleo, niveles de especialización, grado de consenso obtenido entre los

responsables económicos y sociales sobre el diagnóstico de la crisis y la naturaleza de sus soluciones. La

diversidad es hoy moneda común y el balance positivo obtenido por algunos no es más que la

contrapartida del balance negativo que otros arrojan.

Se ha quebrado para la civilización occidental su poder de inducir un flujo continuado de bienestar y no

existe todavía una concepción suficientemente hegemónica en torno a cuáles deben ser los objetivos para

los próximos años: si acaso se percibe un sentimiento creciente de que los problemas con que nos

enfrentamos requieren una cierta solidaridad internacional junto a un empeño, a veces vacilante, de

modular el cambio en los márgenes que todavía ofrece la consolidación de los procesos democráticos.

En España es preciso recordar esta situación de partida de la civilización en la que estamos insertos

porque los avalares de la transición política y la profundidad de la crisis económica nos hacen olvidar

demasiado a menudo que no queda espacio para frivolidades, ligerezas o la defensa pequeña de intereses

mediocres o sin perspectiva. Digan lo que digan los políticos éste es un momento para recapacitar sobre el

futuro inmediato de nuestras sociedades y de tomar decisiones colectivas que sintonicen con el interés,

general y de las generaciones futuras.

 

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