Autor: Pegenaute Garde, Pedro. 
   El futuro político de Navarra     
 
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El futuro político de Navarra

Por Pedro Pegenaute Garde *

EN Navarra los resultados de las elecciones del 3 de abril para el Parlamento Foral (antaño. Cortes de Navarra) han sido fruto de una actitud lógica con la que, sin embargo, pocos contaban: la radicalización de las posiciones extremas cuando se trata de dar un sí o un no a la incorporación del Viejo Reino a Euskadi.

A mi juicio esto no es bueno; porque lleva camino de situarnos en la política de bloques de 1936.

Ciertamente, se trata de un camino que sólo apunta en aquellos resultados. Pero hay otro hecho que contribuye a que el peligro sea mayor: no hay ningún partido que haya obtenido la mayoría absoluta. ni se ve claro que pueda líegar a conseguirse por medio de una coalición de grupos afines. Ni UCD-UPN ni UCD-PSOE suman los 36 parlamentarios que hacen falta para dominar la situación.

El peligro es obvio. Los enemigos de una Navarra que sea a la vez autónoma y democrática, sin integraciones ni tampoco autoritarismos, tienen todas las bazas para hacer ver que la reforma institucional que ha llevado u cabo UCD no ha conseguido más que configurar una Navarra ingobernable que tendrá que acudir a una de estas dos soluciones: o la dependencia del Consejo General Vasco o la vuelta al pasado, por medio de la reforma de la legislación recién estrenada. El peligro es obvio, pero también son claras las ventajas. La fragmentación de los resultados, que hace imposible la formación de una mayoría absoluta estable, ha venido a borrar de un plumazo cualquier veleidad que pudiera existir en favor de una Constitución de partido. Existía el peligro evidente de que el partido vencedor -el que fuese- cayese en la tentación de mantener el estilo de gobierno de la Diputación vieja, dejando el nuevo Parlamento Foral en poco más que un Consejo Foral representativo. Y que la Constitución que ese Parlamento Foral constituyente ha de Uar a Navarra fuera fabricada para permitir la permanencia de ese partido vencedor -e! que fuese- indefinidamente en el poder.

Ahora, por obra y gracia de la radicalizaron, las cosas no pueden ocurrir así. Y esto es bueno. La Diputación, de mayoría ucedisla, tiene que ser ante todo una Diputación negociadora, más que gestora. El consenso adquiere una renovada actualidad en Navarra. Y es bueno, insisto, que la nueva ínstitucionalización haya de salir adelante así.

PARA que ocurra de ese modo, no obstante, harán falta por lo menos tres cosas: que todos acepten y hagan efectivo el propósito de llegar a entenderse, que el electorado acabe por definirse de una vez y que la futura Constitución navarra termine con los últimos resabios de una Administración con reliquias de antiguo régimen.

Y no nos engañemos. Para lograr esa concordia en Navarra la primera prueba de buena voluntad ha de darla el partido mayorrtario. UCD ha de mostrar un inequívoco propósito de abrir un camino que sea transitable para todos aquellos que estén dispuestos a aceptar las reglas de juego de la democracia política.

El segundo en discordia es y tiene que ser el PSOE. Al PSOE se le ha acusado, con razón, de ambigüedad en su planteamiento sobre Euskadi. Y las declaraciones de sus líderes navarros no nos sacan de dudas.

Habrán de que todo depende, de que según y cómo y de que siempre habrá manera de llegar a un arreglo.

De puro moderar sus reivindicaciones económicas (hasta hacerlas asimilables a las de UCD), ha tenido que ceder terreno en cuestiones culturales de importancia radical. Porque la integración en Euskadi es un asunto cultural principalmente; aunque tenga también otras implicaciones.

Sin ánimo de herir, al contrario, con el deseo de que su actuación pueda contribuir a enderezare! camino, nos hace falta un PSOE que ayude a llevar a la Constitución navarra un profundo sentido de justicia social, porque ésa es o ha querido ser la misión histórica de ese partido. Y esto implica una decisión, en sus dirigentes, que tampoco es fácil. El PSOE tiene que volver a entender ip que comprendía muy bien antes de 1936: que su radicalización económica en las provincias del norte fue uno de los principales salvavidas de la unidad de España, sobre la que aquel PSOE histórico no admitió ambigüedades.

En nuestros días la decisión es aún ´más difícil si se observa que los socialistas navarros van a tener que hacer en 1979 lo que sus correligionarios del resto de España hicieron en 1977 -entenderse con UCD-, al tiempo en que esos mismos correligionarios del resto han abandonado el consenso y miran hacia el Partido Comunista.

Por último, hay que decir que, incluso para quienes mantenemos una postura claramente contraria a la integración en Euskadi. es necesario llegar al entendimiento con los nacionalistas: entendimiento -compréndase bien- no para hacer la integración, sino para permitir que Navarra sea gobernable en los próximos cuatro años y no caiga en la situación psicológica y económica de Guipúzcoa.

En este punto la responsabilidad de lo que suceda será sola y exclusivamente de los propios nacionalistas.

A UCD no se le puede pedir más de lo que ha dado: ha dicho francamente cuál será su postura, contraria a la integración, pero ha creado a la vez el cauce pura que quienes no piensan así puedan expresarlo y, en su caso, vencer.

La contrapartida no puede ser peor. El PNV casi se ha disuelto en Navarra. No tiene más representación en el Parlamento Foral que cuatro candidatos elegidos en listas de coalición o en listas encubiertas. Parece como si e! electorado nacionalista hubiera entendido, en los resultados del I de mar/o, que un referendum sobre la integración de Navarra le había de ser adverso y que, por tanto, cía el momento de acudir a los medios expeditivos. Al PNV no le queda más solución que terminar sus días en las filas de Herri Batasuna o, muy al contrario, recuperar su identidad; la identidad de un electorado que -no nos engañemos- votaría a UCD si no mediara el asunto de Euskadi.

í Diputado por UCD de Navarra.

 

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