Don Juan de Borbón, grandeza y servidumbre del deber  :   
 Diálogo sobre la Monarquía y la democracia. 
 ABC.     Páginas: 2. Párrafos: 28. 

LIBROS SIN ABRIR

DON JUAN DE BORBON

GRANDEZA Y SERVIDUMBRE DEL DEBER

Por Víctor SALMADOR

DIALOGO SOBRE LA MONARQUÍA Y LA DEMOCRACIA

La condición arbitral de la Corona era y es inexcusable.

En España también hay una izquierda monárquica que se potenciará y robustecerá.

Hay diversas maneras, como todos sabemos, de crear doctrina. La más común, consecuencia de un proceso intelectual de estudio y reflexión, es un parto d e laboratorio. E1 político es el filósofo que se sienta bajo la lámpara y escribe sus meditaciones con intención de transferirlas a los demás; así nace la doctrina que luego hay que llevar a la práctica, a los hechos, a la vida, a las leyes.

También es sabido, sin embargo, que las doctrinas mejores suelan ser las que se van haciendo sobre la marcha, en contraste con las realidades, derivándose, sí, de los mismos procesos intelectuales de meditación y raciocinio, acaso reflejándose también en escritos, textos, discursos, pero, sobre todo, peñerando actitudes concretas que constituyen un aval de rectitud y de sinceridad.

EL «JUANISMO» COMO DOCTRINA

Es como Don Juan de Borbón ha venido creando el «juanismo» entendido no como lealtad a su persona, sino como la doctrina que explica las tesis de independencia, consolidación y sustentación de la Monarquía válida, o dicho de otro modo: las formas de «renacionalización» de la Monarquía, que es algo más trascendente que la restauración misma.

La Historia es ya irreversible; pero las ideas y los conceptos políticos de quien ha sido unánimemente reconocido como eran español y patriota, no deben ser ignorados y mucho menos escondidos o secuestrados bajo el pretexto de que él fue dinásticamente desplazado o de que es el padre del actual Rey.

Seamos capaces de entenderlo así y de valorar sus ideas y actitudes aparte, por sí solas, por el valor específico de ellas mismas y por la personalidad y el testimonio excepcionales del protagonista. Creo que en esta tan confusa hora presente pueden contribuir, y mucho, de una parte, a la clarificación de nuestro pasado y, de otra, a la orientación de nuestro futuro.

En ese sentido de clarificación del pasado y orientación del futuro recuerdo lo que una vez me decía Don Juan: «Los regímenes de dictadura persona] se han terminado irremisiblemente. Hoy no puede considerarse estable gobierno alguno que no cuente con el pueblo. La oposición es tan necesaria como la conciencia.»

—¿Eso quiere decir —le pregunté yo, sacándole del terreno abstracto de la generalización y, llevándole al concreto de la españolización—, que para que la Monarquía arraigue en España tiene que llevar los apellidos de «liberal», «constitucional» y «democrática»?

—No es que tenga que llevar. Es que tiene que ser —respondió Don Juan—. Si no, no arraiga. Yo no creo que a la Monarquía hayan de ponérsele apellidos. La Monarquía pasó de ser tradicional a ser liberal porque los tiempos se hicieron liberales. dijo Alfonso XII. Un rey no es un señor de horca y cuchillo: ya se ha señalado que a la pretensión de transformar la responsabilidad en derecho, responde una revolución.

—Son muchos los que no acaban de comprender —me dijo en otra ocasión— que la Monarquía no es un partido y no puede actuar como tal. La Monarquía es hoy un sistema arbitral e integrador. Ni siquiera es un régimen determinado y concreto, pues fundamentalmente es una institución abierta que puede conjugarse con diversos sistemas políticos, prestándoles el apoyo de sus virtudes sustantivas: la continuidad y el sentido nacional. Por no depender de la elección, el Monarca no está sometido a ningún interés de partido, de grupo, o de clase.

—Como hombre, como ciudadano, ¿os consideráis demócrata? —le pregunté otro día.

—La palabra democracia —me respondió— está muy mixtificada. En la órbita personal, yo soy demócrata en cuanto respeto las ideas de los demás. Un país se gobierna en democracia cuando el gobierno representa la voluntad de la mayoría y la minoría ejerce una labor fiscalizadora. Pero siempre, que esa mayoría y minoría sean auténticas y que sus voluntades estén libremente expresadas. Un ingrediente básico de la democracia es que tanto las mayorías como las minorías se respeten mutuamente y se manifiesten; para ello es indispensable que puedan manifestarse.

LA IRREVERSIBLE SOBERANÍA DEL PUEBLO

Entonces, ¿el pueblo es el soberano?

La soberanía y el protagonismo del pueblo también son hoy irreversibles. Contra la voluntad del pueblo no puede irse. En otras épocas o países, sin remontarnos mucho al pasado, algunos gobiernos se han impuesto contra esa voluntad. En esta época ya no, y en ningún país. Los militares, que por poseer la fuerza armada resultan decisorios en este tipo de situaciones, están demostrando que saben plegarse a la voluntad del pueblo y buscan ellos mismos la salida para los regimenes de fuerza, o contribuyen a ello. El caso del general Lanusse en Argentina, al convocar elecciones libres y respetar su resultado. E1 caso de Portugal, aunque éste tenga, además, otras peligrosas variantes. El de Grecia, donde los militares tuvieron que llamar a la clase civil y entregarle el poder. En todos los sitios hay que acomodarse a la nueva situación y acogerse a la nueva realidad. Los regímenes impuestos no tienen ya viabilidad alguna.

—En España —continuó— la aparición del pueblo español en la escena política, con todo su peso específico, es uno de esos pasos que la Historia da hacia adelante y que sólo se advierten de veras cuando ya han sido dados. Así ocurrió, por ejemplo, con la desaparición de la esclavitud: así ocurre con la emancipación de la mujer, con la occidentalización y tecnología de los japoneses, o con el fin del colonialismo. Cuando se prevén estos procesos y se Intuyen las consecuencias, no quedan mas que tres caminos. Primero, tomar partido por el proceso mismo, tratando de encauzarlo y de que no se desborde o lo desborden los iconoclastas. Segundo, resignarse, marginarse, entrar en la Trapa. Y tercero, esforzarse en entorpecerlo y retrasarlo a sabiendas de la inutilidad del esfuerzo y de que lo más que puede lograrse es endosar el problema a los nietos. lo cual sería, además, una iniquidad.

A España le han llegado con algún retraso —prosiguió el Conde de Barcelona— las consecuencias del formidable proceso de evolución generado por la transformación industrial, el progreso científico, la sociedad de opulencia y de consumo, pero ya le ha llegado, ya está en el proceso; y los problemas que vivimos los españoles son ya la anticipación del siglo XXI y no pueden entenderse ni mucho menos resolverse con la mentalidad de unas clases políticas sumergidas aún en tos esquemas del siglo XIX. La etapa que acabamos de sobrevivir los españoles, aunque haya pertenecido sociológicamente al siglo XX, ha sido en lo político una coletilla, un estrambote de la centuria anterior. La gran mayoría de nuestros compatriotas no han votado nunca, no han ejercido nunca en forma habitual, regular, esa expresión y otras muchas de sus derechos ciudadanos. Muchos lo hacen todos los días en sociedades, empresas, consejos de administración; saben deliberar y votar, pero políticamente como si estuvieran en pañales. Es como tener cincuenta años y seguir vestidos con el traje de la primera comunión. Mantener hoy estas situaciones es como imponer al país ana forma de analfabetismo político, en un instante en que la sociedad ha sobrepagado los estratos de la mera alfabetización cultural, industrial, empresarial. Ese desfase constituye una normalidad monstruosa.

E1 sentido revolucionario de la Historia —siguió manifestándome el Conde de Barcelona— ha entrado en un nuevo ciclo. Las injusticias sociales de todos los tiempos se corrigen hoy aceleradamente por los caminos de la Democracia. Por eso quienes nos situamos en el fiel de la balanza, o sea, en el centro, vemos que a los lados existen las mismas fuerzas antagónicas políticas y sociales de siempre. A un lado, una carga de intereses impuros y de vilezas mezcladas con respetables posiciones y alto sentido de la obligación social. Al otro, una explosión contenida, las llagas, la rebeldía; pero también una inmensa e inexhausta fecundidad creadora. La extrema derecha no puede abordar la transformación de las estructuras políticas; y. por ende, aleja de sí, excluye, a la actitud liberal, dinámica, reformista y se enfrenta a la posición socialmente revolucionaria.

Los que se saben incapaces de gobernar como no sea dentro del esquema autoritario —continuó— arguyen que con este sistema a España te ha ido bien muchos años y que las realizaciones sociales positivas rompen los ojos. Olvidan muchos detalles, pero sobre todo éste: que el esquema dictatorial no se asienta sobre instituciones, sino sobre un dictador: y esta esencial figura del mecanismo totalitario no parece prevista para el futuro; por lo menos nadie ha dicho que sienta esa vocación. Por otra parte, si existiera algún alevín, habría que recordarle que ningún esquema de natura -leía cesarista puede hoy resistir la oposición de los elementos políticamente dinámicos de la sociedad, que son los intelectuales, los obreros y las juventudes. De modo que el totalitarismo, el cesarismo, la dictadura, en la nueva etapa que ya comenzó, han de resultar eliminadas de la vida española.

EL PODER ARBITRAL DE LA MONARQUÍA

—¿Estáis plenamente convencido de que solo la Institución Monárquica, tal como a concibe y explica, es el único régimen que en España puede llenar los cometidos que interesan hoy a los españoles?

—Acreditaría un orgullo que no poseo i creyese que es la única. Pero sí creo que es la que tiene más probabilidades de llevarlos a cabo. A la Monarquía, en España precisamente en este momento, cuando sucede a un régimen que ha tenido especiales características, hay que reconocerla e1 poder arbitral que se deriva de su esencia moral.

— ¿Consideráis —pregunté a Don Juan recientemente— que en España exista una masa considerable de republicanos y que haya también una poderosa fuerza de izquierdas?

—El evidente que existen esas fuerzas. Segarlo sería inoperante. ¿No conocemos todos a hijos de personas que ocupan o han ocupado altos cargos, de ex ministros de generales, que están aposentados en una acera diferente de la de sus padres? ¿No estamos leyendo continuamente en los periódicos las manifestaciones de figuras del mundo artístico, intelectual, de la literatura del cine, del teatro, gentes que no son políticas, pero que expresan sus convicciones políticas? Las dualidades que nos llevan a los hombres a optar por unos u otros caminos están en la propia naturaleza humana. En España hay izquierdistas monárquico; y antimonárquicos; y hay republicanos, como los hay en todas partes. Las dosis y porcentajes que realmente existan con respecto a la totalidad del país se sabrán a medida que haya libertades.

— ¿Qué razones os mueven a considerar que las fuerzas que podríamos clasificar como no monárquicas aceptan ese poder arbitral que es la Monarquía?

—Saber que ellos saben que hubo un trauma anti-republicano, una guerra civil contra la República, y las demás notorias evidencias posteriores. El pasado no puede ignorarse. Nadie ignora en España los condicionantes que impone el pasado inmediato. Para que acepten la Monarquía y para que dentro de la Monarquía convivan derechas e izquierdas sin despedazarse, lo que hay que reconocer es la existencia de esas organizaciones, corrientes, fuerzas, movimientos de opinión o tendencias; contar con ellas, no marginarlas. Son ruedas necesarias para la marcha. La Monarquía no las crea, están ahí; si no queremos otra vez la guerra, y estoy seguro de que no la queremos, hay que incorporarlas al sistema, y que ellas aporten cuanto en ellas hay de afán renovador, justiciero y progresista.

—A la Monarquía —continuó— algunos la ven como si forzosamente tuviera que ser de derechas y amparar y defender los privilegios de las derechas. Esto es un error tremendo. Precisamente esa definición equivocada es lo que hace que las izquierdas se planteen algunas veces como principal objetivo el derribar a la Monarquía. En España hay también una poderosa izquierda monárquica, que se potenciará y robustecerá sin duda alguna. la Monarquía, repito, no puede ser de derechas ni de izquierdas, sino la institución arbitral, integradora y moderadora en cuyo sena puedan convivir las derechas, las izquierdas y todas las posturas o tendencias civilizadas que existan en el país.

—El diálogo entre monárquicos y no monárquicos —comentó Don Juan— siempre ha sida pasible. El socialismo al cual no creo que haya de definirse necesariamente como antimonárquico, llegó incluso a colaborar con «1 Gobierne del general Primo de Rivera. Más tarde, a pesar del abismo levantado por la Guerra Civil, se demostró que una colaboración era viable. Prieto, que por sí era otro abismo más no dejó de reconocer la necesidad del diálogo. Hoy no existe ningún tipo de barrancas que separe a los monárquicos de los socialistas, ni a las izquierdas civilizadas de las derechas también civilizadas.

A todos los grupos —agregó— hay que verlos como españoles que tienen derecho a discrepar, a pensar de modo diferente, a concebir la cosa pública de distinta manera. Yo no creo que deban estorbarse, sino al contrario, favorecerse los pactos entre grupos. La Monarquía sí es la que tiene que situarse con plena independencia por encima de todos los bandos, amparando el derecho de todos, precisamente con su carácter arbitral. Ningún grupo debe pretender monopolio alguno sobre la Monarquía ni tratos de favor de la Monarquía.

— ¿No pueden algunos encontrar peligroso el cobijo a fuerzas de la izquierda, que de alguna manera, o porque tengan en su seno fieras agazapadas o porque en esencia fuesen enemigas del sistema, se sitúan dentro para acabar mejor con él?

—Muchas veces se ha hablado de ese peligro de que al final algunos se lo quieran llevar todo por delante.

La Monarquía debe garantizar a los españoles que nadie se lleve por delante a los demás. Hay dos maneras de hacerlo, claro: encarcelar a aquellos cuyas intenciones no nos agraden; o, sin encarcelar a nadie, hacer que todos acepten la ley y las reglas del juego que entre todos se escriban. Prefiero la segunda. No es la mejor aplastar las protestas y revoluciones a machetazos, sino desnaturalizarlas, despojándolas de su intriga y subversión, de su violencia y agresividad; encaminarlas dentro de la ley.

Justamente la Monarquía, por su esencia, ha de situarse siempre en ese doble límite. Tanto ha de ser la barrera infranqueable frente a los iconoclastas revolucionarlos que quieren destruirlo todo, como frente a los reaccionarios que no quieren sacrificar uno solo de sus privilegios; siendo para éstos, al mismo tiempo, la garantía de que no va a irse más lejos.

PRÓXIMO CAPITULO: PUNTUALIZACIONES SOBRE UNA CALUMNIA

El texto reproducido en esta sección es una síntesis de algunos capítulos del libro «Don Juan de Borbón, grandeza y servidumbre del deber». Este anticipo literario es ana gentileza de Editorial Planeta.

 

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