Autor: Rocamora, Pedro. 
   La ejemplaridad de un rey sin trono     
 
 ABC.    17/05/1977.  Página: 3-4. Páginas: 2. Párrafos: 11. 

LA EJEMPLARIDAD DE UN REY SIN TRONO

Por Pedro ROCAMORA

La biografía de Don Juan de Borbón y Battemberg representa la historia de un largo y penoso sacrificio.

Si no hubiera sido por la tenacidad, la rectitud? la ejemplaridad con que encarnó la Institución monárquica, acaso la imagen de ésta se habría ido borrando en la frágil memoria de los españoles, tan fácilmente dados al olvido.

Franco deseó con todas sus fuerzas que España no recordase que tenía un Rey. Un Rey sin Trono. Pero que había recibido, por herencia, la única legitimidad válida que la Monarquía reconoce, la responsabilidad de la Corona y con ella «el peso de la púrpura».

Desde una vibrante juventud, hasta casi el umbral de la vejez. Don Juan no claudicó en la defensa del patrimonio histórico —un legado de siglos— que había recibido de su padre Don Alfonso XIII. Defensa sin desfallecimiento, conciencia de su responsabilidad y un inflexible propósito de servir con honor las exigencias de su Patria, han constituida la ejecutoria da toda su vida, caracterizada por la abnegación.

A través de largos años de espera y lejanía, Don Juan consiguió desvelar el sueño de Franco. Este, que jalonó su vida de satisfacciones sin cuento —el ejercicio omnímodo del Poder debió de ser una de las más significativas—, vivió sus peores insomnios ante la sombra, siempre presente en su ánimo, del desterrado de Estoril. Basta con leer la correspondencia entre ambos. Don Juan ha sido el único hombre del mundo —porque sabía que le sobraban títulos para ello— que habló a Franco con valentía, con firmeza y con autoridad.

Franco trató de fijar en el ánimo de sus colaboradores más directos la idea de su indiscutible legitimidad histórica. No admitía la hipótesis de que cualquiera pudiese juzgar su mandato como e1 de una etapa de interinidad. Pero, ¿quién puede negar que en los momentos de su intimo diálogo interior, cuando Franco se quedaba a solas con su conciencia, no se sentiría empequeñecido frente a la sombra egregia de aquel Monarca sin cetro y sin corona, que le conminaba, le exigía y le emplazaba, con una altanería de Señor, aunque mesurada y cortés, desde su retiro de Portugal?

La sola existencia de Don Juan de Borbón marcó los únicos instantes de desasosiego infelicidad del antiguo Jefe del Estado español. Y por otra parte, la presencia de Franco, al frente de los destinos de España, cubrió de perpetuas sombras la vida de aquel Monarca enamorado de su Patria, cuya tierra entrañable sólo podía contemplar, con indefinible nostalgia, desde la raya de la frontera portuguesa.

Franco le cerró el paso con su poder político. Don Juan golpeó sin descanso en las ferradas puertas de la fortaleza española, sin más armas que las puramente espirituales que le había asignado la Historia. Fue una batalla dura y desigual. El poderoso frente al inerme. El detentador de un Poder efectivo, frente al depositario de una legalidad secular. El primero, rodeado de aduladores y validos. El segundo, desvalido de ayudas personales y materiales. Muy pocas veces, en la biografía de un pueblo, un hombre solo y casi desamparado, por el prestigio de la Institución que representaba, ha podido mantener en vigilia sin descanso a un gobernante todopoderoso, cuyas decisiones eran ley.

Desde las horas de la niñez de Don Juan Carlos, su augusto padre sostuvo incansable esa lucha que ahora ha culminado con la cesión de unos derechos salvaguardados entre incontables dificultades, como un tesoro del pasado.

Don Juan ha sido un Rey sacrificado y un padre ejemplar. ¡Cuántas veces, al hablar de España, se le quebraba la voz como el que evoca la imagen de una madre entrañable y remota! Había justificadas razones para que en él hubiese florecido el rencor. Pero sólo tuvo, para los que te ignoraban o le perseguían, paciencia, comprensión y generosidad. Sin jurisdicción efectiva, procedió siempre como un auténtico Rey histórico. Postuló como lemas supremos la convivencia, la tolerancia, la justicia y la libertad.

El sabía que la Monarquía habría de ser un régimen que, sin distingos, integrase en una empresa común española a los vencedores y a los vencidos de una trágica contienda, hasta borrar el rastro doloroso de sus huellas de sangre. Mantuvo altiva la bandera de sus derechos. Y gracias a ello consiguió conservar incómme una Corona que habría de ser en el futuro garantía de la paz y de la concordia entre los españoles.

Ese es el legado que ha cedido a su hijo. Más que los símbolos del Poder, una dramática lección de amor a España. Y como tributo de ese amor —templado en la adversidad—, su sacrificada realeza. —P. R

 

< Volver