Autor: Garrigues, Antonio. 
   Don Juan y Don Juan Carlos     
 
 ABC.    17/05/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Don Juan y Don Juan Carlos

Por Antonio GARRIGUES

«El ser Rey es una noble servidumbre.» Nunca ha sido mi Rey Don Juan que en el acto de la cesión de los derechos dinásticos. ¡Qué nobleza y qué servicio! Ante una sensibilidad actual estragada en buena parte por la baja política, por un protagonismo hirsuto, grueso, rígido, no de servicio, sino de servirse, de auparse, el gesto de un padre que había recibido legítimamente el depósito sagrado de los derechos dinásticos y que se cuadra ante su hijo y le dice Majestad. ¡Qué lección de hombría de bien y de nobleza!

Ser noble es no sólo saber de dónde se viene, sino adonde se va. Don Juan no sólo sabía de su linaje, sino a dónde iba, hasta dónde tenía que llegar. El patetismo de su emoción, bajo la convencionalidad de las palabras, descubría que era consciente de que, en el largo, profundo, sacrificio de su vida había tocado fondo. Ya no podía llegar a más. Lo daba en ese momento todo, porque daba su misma razón de ser.

Honrar a otros, ennoblecerlos, es el privilegio de los Reyes, y es también como ellos mismos más se honran. Honrando a su hijo como lo ha hecho Don Juan con Don Juan Carlos ha sobre-ennoblecido su persona y su imagen. Don Juan Carlos no sucede a su padre, sino que el hijo y heredero de Don Juan, el Rey Don Juan Carlos, sucede en la plenitud de los derechos dinásticos, como Rey de España, al Rey Don Alfonso XIII, que salió de su Patria para no ser causa de que se derramase por su nombre sangre fratricida, sin evi-,tar por ello una hemorragia que taponada con el fin de la guerra, todavía gotea.

«Por todo ello —dijo Don Juan—, instaurada y consolidada la Monarquía en la persona de mi hijo y heredero...» Esta es la obra personal, personalísima, de Don Juan Carlos: haber, primero, logrado, con una adolescencia y una Juventud sacrificadas, pacientes, llenas de una temprana prudencia, que se reencarnase en él la idea, por el largo tiempo desvaída, de la Monarquía, y segundo, ya Rey, el haberla consolidado como la Monarquía de todos los españoles y como el nuevo régimen de España entre todas las naciones.

Ha sido el motor del cambio, pero el motor inmóvil, que no se desplaza a la arena política y que no hace acepción de personas. Ha intuido en esta primera parte de su reinado lo que había que hacer y por lo que había de pasar, como intuirá mañana lo que no se puede hacer y por lo que un Rey no puede pasar.

Que la Monarquía haya sido instaurada y consolidada, y, finalmente, refrendada por la cesión de los derechos dinásticos, han sido cosas, cada una a su tiempo, que no se pueden olvidar. Todo ello constituye el mayor bien, políticamente hablando, que tiene España. Nadie, sencillamente nadie, podría encabezar la España posfranquista mejor que un Rey. Hay que salvaguardarle; y la mejor salvaguarda de un Rey es, como está escrito, «la virtud v el cariño de sus súbditos. Los Reyes ya no son divinos, pero Jaime I de Aragón dijo que «Dios ama a los Reyes que aman y son amados por sus pueblos». Por eso, un Rey tiene que ser creyente y piadoso. «La antigua teoría divina servía porque hay una chispa divina en el hombre.»

Esto es de Bernard Shaw que no era precisamente un beato.

El momento de España es confuso. Solamente hay una cosa clara: la Monarquía. Y el lema de la Monarquía es «España sobre todo». —A. G.

 

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