Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   Momento histórico     
 
 Informaciones.    24/05/1977.  Página: 18. Páginas: 1. Párrafos: 25. 

Momento histórico

Por Marcelo

FRAGA IRIBARNE

UNA sencilla reunión familiar entre padre e hijo. En La Zarzuela, a la una y veinte de la tarde del día 14 de mayo de 1977, cuarenta y seis años y un raes después del 14 de abril de 1931. Treinta y un días antes de la fecha en que el pueblo español — ¿sigue alguien llamándole inmaduro?— tome las riendas de su destino.

Momento impresionante, momento trascendental, momento para pensar.

«MOMENTO IMPRESIONANTE»

Hay emoción cuando un padre se inclina ante su hijo y cuando alguien renuncia a sí mismo por un interés superior. Pero allí había, además, la emoción de tos momentos importantes de la Historia:

«Ofrezco a mi Patria la renuncia de los derechos históricos de la Monarquía española», dijo don Juan, y terminado su discurso acató al Rey Inclinando la cabeza. De igual manera, don Alfonso XIII, al ofrecer a España la renuncia de sus derechos a favor de su hijo, lo acató diciendo: «Majestad, sobre todo España.»

El legado histórico de la Monarquía española transmitido en ambas ocasiones, es, en estos momentos, una fuerza creadora que sería suicida ignorar. No es sólo, con ser enorme su peso secular, una fuerza del pasado, sino una fuerza para el futuro.

Mirando al pasado, vernos en él Rey el sucesor de una larga cadena que arranca de la Monarquía visigoda, de los Reinos cristianos de la Reconquista, y, por qué no, de los soberanos musulmanes de Al Andalus, que ya en el siglo X incorporaron Ceuta y Melilla a España. De los Reyes Católicos y de todos sus sucesores hasta don Alfonso XIII. Es también heredero de los pretendientes carlistas, de las esperanzas fallidas del 14 de abril y de las del 18 de julio. Es más, el Rey es la culminación y superación de todo ese pasado por ser «Rey de todos los españoles», como proclamó en su primer mensaje de la Corona y ha demostrado luego cumplidamente.

«MOMENTO TRASCENDENTAL»

Que España está en un momento trascendental es notorio. Lo saben y lo dicen todos, cada uno a su manera.

Yo lo diré como lo siento, evitando posiciones de partido a las que no tengo afición y en las que no debo caer por ser, como diplomático, representante de España.

Por primera vez el pueblo español se va a pronunciar sobre su destino con libertad y conocimiento de causa. Hasta las elecciones de la II República los españoles, presos en sistemas autoritarios o de caciquismo, no votaron con libertad plena ni votaron todos. Ahora bien, ¿votaron los españoles del 31, del 33 y del 36 con conocimiento de causa? Los resultados —la gran tragedia de una guerra entre españoles— están a la vista, por lo que parece evidente que los españoles de entonces no votaron con conocimiento de causa ni supieron resolver sus problemas y diferencias como es debido: en unas Cortes libremente elegidas.

Por el contrario, los españoles de hoy están escarmentados y de vuelta de muchas cosas, tienen conocimiento de causa, quieren la paz y no la guerra, y por ello resulta ahora posible resolver los problemas pendientes, una vez que el cambio profundo que ha supuesto la instauración de la Monarquía lo ha hecho posible.

El problema de los derechos humanos lo puede resolver mejor que nadie un Estado que cuenta a su cabeza con un Rey de todos los españoles, sean cualesquiera sus Ideas políticas, religiosas o de orden socioeconómico. Afortunadamente, la «cuestión religiosa» no es ya causa de enfrentamiento entre nosotros. Pero en materia política o socioeconómica, ¿podría un jefe político elevado a la magistratura suprema resolver estas cuestiones igual que la Monarquía, es decir, empleando los términos de don Juan en su discurso, podría un presidente mejor que el Rey «ejercer un poder arbitral por encima de los partidos políticos y clases sociales sin distinciones»?

Los problemas regionales, ¿pueden resolverse mejor con un Presidente que con el Rey de Castilla, de Aragón, de Navarra, de Valencia, de Galicia, de León, Señor de Vizcaya y Conde de Cataluña?

¿Puede alguien reincorporar Gibraltar mejor que el heredero testamentario de Isabel la Católica?

¿Encontraríamos mejor embajador que el Rey o Comandante Supremo del Ejército más adecuado?

Por cuanto se refiere al modelo socioeconómico de nuestra Patria, resulta claro que la Monarquía puede superar el gran fallo de la Restauración, que fue Incapaz de Integrar el movimiento socialista en la convivencia nacional. Hoy el mejor apoyo de las reivindicaciones de clase es el Rey.

«MOMENTO PARA PENSAR»

Por ello, en este momento trascendental en que nuestro destino está en nuestras manos, bueno es pensar que:

Echaríamos a perder la ocasión histórica en que estamos si votamos a quienes desde la derecha o la Izquierda no quieren ni postulan la reconciliación nacional.

Se equivocan quienes, por encima del Rey y frente al sentir de los españoles, que en su Inmensa mayoría prefieren la paz y el entendimiento con el vecino, practican la violencia o predican el miedo y la vuelta a la Cruzada. El pueblo español no es el de los años 30, está desengañado de revoluciones, contrarrevoluciones y Cruzadas, y hará bien en marginar a quienes propugnan extremismos de derecha o de izquierda.

¿Qué decir de quienes ven en el Ejército una bandera política?

Desvarían quienes no quieren ver que España está en un momento constituyente. ¿Cómo es posible organizar la Monarquía y la convivencia nacional con las reglas de una situación de poder personal?

No aciertan quienes no ven o no quieren ver que la Monarquía es lo mejor para conseguir la convivencia, las reivindicaciones de clase y los problemas regionales.

No nos convienen los que ponen sus Intereses de partido por encima del bien de la nación, sin duda porque piensan que la Patria son ellos solos.

El pueblo español, que va a votar con libertad y con conocimiento de causa, y tiene bastante más sentido que algunos dirigentes políticos, votará a quienes quieran la paz y el buen entendimiento. Votará al futuro y no al pasado.

Hará, en suma, como don Juan de Borbón, que, en ocasión emocionante, dejando a un lado toda mira personal y «en el mejor deseo de servir a España», tras sostener invariablemente su postura durante treinta y seis años, creyó llegado el momento de iniciar una nueva y esperanzada singladura y habló de «unidad de la Patria, peculiaridades regionales, respeto a la voluntad popular, defensa de los derechos personales, avances sociales justos, auténtica representación popular y de la participación destacada de España en el concierto del mundo civilizado».

Sobre estas bases hemos de construir el Estado. Y para ello, «Servanda est Monarchia».

 

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