Autor: Garrigues, Antonio. 
   El Príncipe de Asturias     
 
 ABC.    15/02/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 17. 

EL PRINCIPE DE ASTURIAS

La declaración del h e redero de la Corona como Príncipe de Asturias ha coincidido con los acontecimientos que han convulsionado la vida española en estos días pasados; pero como esa declaración contribuye al afianzamiento de la institución monárquica en España, merece ser resaltada y esclarecida, y la presente glosa intenta ser una aportación más a esos fines.

La sucesión de la Corona sigue regida, desafortunadamente, por la Ley de Sucesión del 26 de julio de 1947, modificada por la Ley Orgánica del Estado de 10 de enero de 1967. Desafortunadamente, porque esa Ley, como previa a la proclamación como Rey de Don Juan Carlos, carece hoy de razón de ser en muchas de sus disposiciones, y en otras necesita de una inmediata reelaboración.

En la vigente regulación se, establece que en el orden de sucesión a la Corona, una vez ésta instaurada en la persona del Rey, seré sucesor o heredero —pues se emplean ambas expresiones— el varón primogénito, con preferencia de la línea anterior a la posterior, en la misma línea el grado más próximo al más remoto; en el mismo grado el varón a la hembra, la cual no podrá reinar, pero si, en su caso, transmitir a sus herederos el derecho y, dentro del mismo sexo, de la persona de más edad a la de menos.

El conjunto de los llamamientos a la sucesión en la Corona, tal y como queden definitivamente regulados, y sólo ellos, constituirán la Real- familia, concepto diferente de la familia del Rey integrada por los restantes parientes.

Toda la regulación de la Ley de Sucesión de 1947 tiene que ser sustituida por la tradicional que viene rigiendo, secularmente, la institución monárquica española. La edad de treinta años para acceder al Trono o para ser regente, en casos de ausencia o enfermedad del Rey, Y la ley semisálica, no son más que algunas de las anomalías que hay que cambiar o suprimir.

En la Ley de Sucesión vigente no se menciona para nada que el sucesor o heredero del Trono lleve el titulo de Príncipe de Asturias. En la Constitución de 1812, en su art. 201, se decía que el primogénito del Rey se titulará Príncipe de Asturias, y, en sucesivos artículos, que los demás hijos e hijas del Rey serán llamados Infantes de España; que asimismo se llamarán Infantes de España los hilos e hijas del Príncipe de Asturias, y que a esas personas precisamente estará limitada la calidad de Infantes de España, sin que pueda extenderse a otras.

En un decreto de 26 de mayo de 1850, refrendado por el presidente del Consejo de Ministros, duque de Valencia, se establece en un articulo único que los sucesores inmediatos a la Corona con arreglo a la constitución de la Monarquía, sin distinción de varones o hembras, continuarán denominándose Príncipe de Asturias, con los honores y prerrogativas que son consiguientes a tan alta dignidad.

Este decreto fue derogado por otro de 22 de agosto de 1880 que, bajo el reinado de Alfonso XII, lleva la firma del presidente del Consejo de Ministros, Antonio Cánovas del Castillo. El preámbulo de este decreto, obra personal de Cánovas, es muy extenso, porque constituye un estudio histórico sumamente completo sobre el mecanismo de la sucesión, y del título de Príncipe de Asturias como vinculado al inmediato sucesor.

El pensamiento de Cánovas del Castillo puede resumirse esquemáticamente así:

El derecho de sucesión a la Corona nunca ha estado forzosamente unido en España al titulo de Príncipe.

El derecho a suceder siempre tuvo en España otros cimientos, y más hondos, que la posesión de cualquier titulo o denominación por venerable que fuera. El titulo en virtud del cual se ha heredado siempre y se hereda hoy la Corona, no es otro que el de inmediato sucesor.»

No por eso se ha de tratar con ligereza lo que toca al Príncipe de Asturias, título... el mayor, después del Rey, que cabe poseer en la Monarquía española.»

Todas las provincias de la Monarquía comprenderán fácilmente que, no pudiéndose usar varias denominaciones a un tiempo, natural es que se adopte la más antigua entre las creadas con igual objeto en los varios Estados que hoy constituyen la Monarquía.»

En este asunto lo importante es destacar que la institución monárquica es una institución típicamente familiar. Las jefaturas de Estado no monárquicas son más descarnadas y abstractas, menos humanas; mientras que la familia es lo más humano de la Humanidad.

El amor a la patria empieza en la familia. No el hombre solo, sino la familia es la que echa raíces en el suelo patrio. La familia es más vieja que la Ley y que el Estado. La primera forma de gobierno es el gobierno de la familia. Gobernar bien una familia es un buen aprendizaje para gobernar un Estado.

Estas cosas, que son tan sabidas, son también tan verdaderas que incluso los jefes y presidentes de Estados republicanos, que hasta hace poco aparecían desvinculados de la familia como personajes solitarios —a veces como lobos solitarios—, como piezas claves de la maquinaria del Estado y, consiguientemente, un tanto mecánicos», empiezan ahora más y más a presentarse ante el pueblo no sólo como líderes de un partido político, sino como cabezas de una familia.

En Estados Unidos las mujeres participan activamente con sus maridos en la campaña presidencial. La reciente imagen del presidente Cárter con su esposa, cogidos de la mano después de la Inauguración presidencial, no significa otra cosa. Significa que no es bueno que el hombre esté solo, y menos el hombre jefe de Estado. Y en la época kennedyana el celo republicano de muchos americanos llegó a temer el establecimiento de una dinastía que, aunque imaginaria, la muerte, en todo caso, se ocupó de segar en flor.

El Príncipe de Asturias se sabe quién es. Es hijo de una familia y el eslabón de un linaje. Tener una genealogía, pertenecer a un linaje, al margen de toda vana presunción nobiliaria, es ser hijo de algo», hijodalgo; y eso es bueno porque hijodalgo significa, según las Partidas, precisamente eso; es decir, hijo de bien». Y ser hijo de bien, tanto para el alto oficio de Rey como para el más humilde oficio humano, es la mejor filiación que se puede tener. La familia real es una familia española que garantiza la continuidad en la pieza más Importante de la arquitectura política, la jefatura del Estado. El nombramiento del Príncipe Felipe como Príncipe de Asturias viene a recordarnos estas cosas que, en los turbados tiempos que vivimos, son un punto de apoyo y de esperanza.

Antonio GARRIGUES

 

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