Autor: Marías Aguilera, Julián. 
   La soledad del Rey     
 
 ABC.    27/04/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

LA SOLEDAD DEL REY

NO han sido pocas las decepciones que ha causado en la sociedad española el intento de quebrantar su legitimidad y su convivencia el 23 de febrero del año pasado. Que una fracción muy pequeña, pero significativa, de las Fuerzas Armadas se lanzase a destruir el edificio, todavía tierno, todavía frágil, de una ordenación política amenazada desde varios flancos, que se iba afirmando y consolidando con admirable acierto, de manera que España estaba adquiriendo un prestigio de que no había gozado en ningún otro momento de este siglo, era ya difícilmente comprensible. Que ese intento se realizase con el lamentable estilo que pudo contemplar en la televisión todo nuestro país y buena parte de los extranjeros, causó considerable perjuicio a la imagen de gallardía y nobleza que suele unirse a lo militar.

Que a lo largo del proceso se hayan producido gestos de desplante y falta de mesura que recuerdan el de los Weathermen en Chicago hace unos años o algunos ante tribunales militares del régimen anterior, ha sido una decepción más. Otra, todavía mayor, el constante intento de endosar las responsabilidades a otros, la resistencia a aceptar en cada caso la propia, reconociendo el error o afirmándose en los actos realizados.

Nada de esto concuerda con eso que se puede llamar el estilo militar, algo que tiene gran valor, que es una de las creaciones históricas más interesantes y estimables y que tiene una tradición larguísima, desde la antigüedad clásica. Hasta tal punto es así, que siempre he sospechado, por razones «estilísticas», si vale la palabra, tentaciones civiles que se han ejercido sobre algunos flancos del Ejército, y a las que algunos elementos de éste no han sabido responder con la adecuada energía.

Pero hay un aspecto que me parece particularmente interesante. Por una parte, es la culminación de los fenómenos que acabo de recordar; por otra, tiene una vertiente que afecta de manera directa a algo para lo que tengo particular sensibilidad: la veracidad y el rigor de los razonamientos.

Un rasgo saliente de todo este proceso ha sido el intento de eludir responsabilidades con un sistema denso de insinuaciones que apuntaban, precisamente, al Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas, al Rey, que con una sola orden restableció la disciplina, el decoro militar y la continuidad de la vida pública y legítima. De la tradición militar hubiera podido esperarse exactamente lo contrario; quiero decir que si un Monarca hubiera tenido la debilidad de avenirse en cualquier grado a faltar a sus deberes, a sus subordinados inmediatos, los hombres a sus órdenes habrían hecho normalmente los mayores esfuerzos y sacrificios para que no recayese sobre él ni la sombra de una duda para dejarlo con su prestigio intacto.

Pero, además, esas insinuaciones implican el más soberano desprecio a la verosimilitud y, por tanto, a la capacidad intelectual de los jueces y de toda la nación española. Se ha tratado de sugerir, de hacer pensar por todos los medios que el Rey tenía conocimiento del golpe que se preparaba; que los autores contaban con su apoyo o beneplácito; que lo realizaban invocando, aunque fuese a medias palabras, su nombre, prometiendo su aprobación. Y que durante el desarrollo de los hechos se obligó al Rey a cambiar de actitud, a desautorizar el golpe y cortarlo.

Hay que preguntarse cómo esto podría haber sido así. ¿Quién pudo haber llevado al Rey a cambiar su postura? Porque el hecho patente es que el Rey estaba absolutamente solo.

Gobierno y Parlamento, cautivos y secuestrados en el Congreso. El Rey estaba en el Palacio de la Zarzuela, con su familia y las personas de su Casa. Tuvo que improvisar un Gobierno de urgencia, compuesto de subsecretarios y directores generales, únicos restos en libertad del Gobierno legítimo para introducir un elemento de refrendo civil y constitucional de sus decisiones. Desde la Zarzuela recabó la lealtad de los jefes militares con los que consiguió comunicar en varias horas de tenso esfuerzo. Cuando fue posible habló por televisión a la nación entera y dio las órdenes oportunas a las Fuerzas Armadas.

Si ha habido algo conmovedor y admirable en la vida pública española de estos años ha sido la soledad del Rey en la tarde y la noche del 23 de febrero de 1981. Juan Carlos, que tan gozosa y confiadamente se ha mezclado con su pueblo desde el primer día de su reinado, que ha estado con él sin otra distancia que la de su dignidad, que ha afrontado encontrarse con grupos que no tenían la que les correspondía, aquel día se quedó solo, sin más compañía que la Reina.

Solo ante el peligro, como Gary Cooper, se enfrentó con aquella situación crítica e hizo lo que tenía que hacer, lo que le pertenecía siendo lo que es: Rey. Entonces es-

cribí: «El Rey de España, el asombroso Juan Carlos, que en cinco años no ha cometido un solo error, vestido de Capitán General, asume su poder constitucional de Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas y da una orden. Nada más. Serio, preocupado, tranquilo, impávido, sin ira ni temor ni odio: verdaderamente regio. Manda a aquellos a quienes puede y debe mandar. Y éstos, fieles al honor y a la lealtad, cumplen las órdenes. El Rey se pone a la cabeza de la nación. Y termina la pesadilla.»

No se me pudo ocurrir hace algo más de un año que eso, eso que vimos todos, se iba a poner en tela de juicio; que se iba a intentar convencer a los españoles de que no vieron lo que vieron, de que las cosas sucedieron al revés.

Ante cualquier intento de subvertir el orden constitucional, es seguro que el Rey, en cualesquiera circunstancias, hubiese hecho lo que hizo. Pero lo hubiera hecho de otra manera: con el Gobierno, aconsejado y apoyado por él, con las Cortes actuando y tomando decisiones legislativas; es decir, asumiendo la parte que le corresponde dentro del sistema constitucional en funcionamiento. Pero en este caso real las cosas fueron de otro modo, porque el golpe paralizó, suspendió precisamente ese sistema. De todo él no quedó más que su cima: el Rey en soledad.

Es decir, que eso que torpemente se ha querido insinuar, «no puede ser, y además es imposible», como decía aquel forero del siglo pasado. ¿Qué opinión se tiene de la capacidad de discurrir de los españoles cuando se supone que pueden creer semejante cosa? Claro que sin tener esa opinión es muy difícil pensar que puedan estar dispuestos a cambiar un orden jurídico, democrático, civilizado, de libertad y responsabilidad capaz de rectificaciones hecho de respeto a los ciudadanos por eso que la televisión nos mostró durante cuarenta minutos inolvidables.

De todo, hasta de lo más lamentable posible, se puede extraer alguna consecuencia valiosa. Creo que los españoles han derivado de aquellos sucesos una estimación más profunda de su régimen, de la vigencia de una Constitución que, sean cualesquiera sus defectos, permite la convivencia y el avance hacia las empresas nacionales. De este más reciente atentado contra la razón debe extraerse otra consecuencia: la necesidad de tener en claro las estimaciones. Si los españoles aprendiesen de la experiencia de año y medio a valorar rectamente a las figuras "que han ocupado el escenario público, de una manera o de otra, en este tiempo, si tomaran la decisión de actuar ante ellos de acuerdo con sus conductas reales, podría hasta darse por bien empleado el 23 de febrero, aquel día en que a la soledad del Rey siguió la hora de la compañía y de la esperanza.

Julián MARÍAS

 

< Volver