Un mensaje integrador     
 
 ABC.    26/12/1981.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Un mensaje integrador

Como todos los años, a la hora en que las familias españolas comienzan a sentarse a la mesa para celebrar la hora más alta de su unidad familiar, cuando los niños semidormidos luchan con el sueño para no ser excluidos del jolgorio de los mayores, la figura del Rey entraba en millones de casas, cada año más como uno de la familia, y tal vez este año con multiplicadas razones,

Y no podía limitarse este año Don Juan Carlos a los comunes tópico navideños, pero, ¿cómo invadir esa hora de alegría con problemas y recuerdos amargos? ¿Cómo hacer política a una hora en que la política carece de todo sentido? Los problemas, evidentemente, no desaparecen por ignorarlos y Navidad es tiempo de alegría, no de Babia. Había que adoptar, por ello, el camino integrador, el de decir las cosas sencillas y familiarmente, con el mismo tono en que los hermanos hablan de sus cosas.

Pero se equivocaría quien, cegado por lo manso del tono, no percibiera la hondura e importancia de un mensaje que contiene probablemente algunas de las orientaciones más serias e iluminadoras del año.

Ciertamente «desde la última Navidad hemos vivido todos los españoles momentos difíciles e importantes». No hay por qué evocarlos por sus nombres y sus fechas, porque están ahí, en la memoria de todos. A todos han hecho sufrir y nos han enturbiado las mejores esperanzas. Pero también sabemos que, afortunadamente, mejor o peor, hemos ido superándolos y ninguno de ellos ha logrado apagar la gran esperanza de convivencia colectiva en paz y libertad.

¿El camino futuro? El Rey ha querido reafirmar con coraje y sin vacilaciones que no es otro que el de «la Constitución que se ha dado a sí mismo el pueblo español» ya que «no hay más alternativa válida». Nada ni nadie podrá imponer a los españoles otro camino que el que ellos han elegido. Nada ni nadie impondrá su visión personal a una Nación que ha optado por una vida de democracia y de libertad.

Pero no bastará con proclamarlo. Todos tienen una tarea en la conservación y realización de ese camino.

La primera tarea a realizar es la serenación de los espíritus. Es preciso

que «prevalezca la verdad por encima de falsas propagandas y rumores». Un país no puede vivir entre fantasmas, entre permanentes llamadas de alarma. Quienes las provocan, quienes las difunden, no sirven a la Patria, aunque digan amarla.

La segunda gran tarea nacional es la solidaridad sin excepciones. Un pueblo no está unido si no se siente unido. Si todos no evitan cuidadosamente dar o crear «motivos que puedan crear enfrentamientos». España va a hacia el futuro en creciente libertad, pero tiene un «pasado que asumir». En la vida de los individuos difícilmente se hace el borrón y cuenta nueva. Nunca puede hacerse en la vida cié los pueblos. Hay por ello muchos «recuerdos que han de ser respetados». No sirven a la paz los iconoclastas, los que reducen toda su ideología a la de las ingenuas vueltas de la tortilla. Un país plural como el nuestro no puede permitirse el lujo de marginar a nadie, ni siquiera a quienes tienen su corazón en el pasado, siempre que éstos quieran realmente «servir a la Patria» y no imponer sus particulares concepciones sobre la voluntad nacional.

La solidaridad excluye y aleja los rencores. Mil novecientos ochenta y uno ha sido un año de crecida nacional de los rencores. La tragedia del año parece haber sido la del aceite envenenado. Pero también hemos tenido una venta de vinagre podrido, el de la desconfianza, el de las amenazas, el de los insultos. Y España conoce demasiado adonde conduce una crecida de la hostilidad y de la división entre sus ciudadanos.

Por eso insistía tanto el Rey en la necesidad de estos tres compromisos imprescindibles: el respeto a la libertad, el repudio de la violencia, el cultivo de la solidaridad. Sólo desde estas bases podrá ser España una familia bien avenida en el interior y bien respetada en el exterior. «Que la paz familiar de estos días —pedía el Rey— se extienda a la gran familia que hemos de constituir todos los españoles.» Dicho sin más puede parecer un tópico. Pero vivido y realizado puede ser la clave de un país que ha vivido ya demasiadas guerras civiles para que no esté hambriento de una paz duradera.

 

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