El ejemplo del Rey     
 
 ABC.    22/11/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

El ejemplo del Rey

Hoy se cumplen seis años de la proclamación de Don Juan Carlos I como Rey de España. Para ABC, la celebración resulta obligatoria. Mucho más si en el transcurso de este último año tantas razones han venido a robustecer nuestra antigua y leal vinculación a la Corona. Nos alegra, sobre todo, que nuestra voz no sea la única que se alza jubilosamente en esta fecha, que sea sólo una más en el ancho coro de las gratitudes y los reconocimientos. Para quienes en horas difíciles supieron mantener su fidelidad invariable, como un solitario clamor en el desierto, viene a ser doblemente gozoso contemplar cómo el tiempo y la Historia terminaban por darles la razón.

Desde 1975, y bajo el signo de la Monarquía, España ha evolucionado desde una fórmula autoritaria y unipersonal de gobierno hasta otra bien distinta: la de una democracia parlamentaria con juego libre de tendencias y partidos; desde la rigidez de una censura política y moral que estrechaba o impedía el cauce de la libre expresión ciudadana, hasta una actitud de tolerancia y respeto que permite el eco público de muy distintas y opuestas opiniones. Era inevitable que la rápida transición política engendrase un lógico flujo y reflujo de tensiones. Loa españoles se encontraron de pronto convertidos en adultos, con la llave del portal en el bolsillo, cuando llevaban varios lustros reducidos a la más estricta obediencia filial, habitantes de una especie de limbo aséptico donde no podían participar en ninguna decisión de las que les afectaban fundamentalmente. Si valoramos con mirada objetiva el precio de esta profunda mudanza, habrá que convenir en que sólo el terrorismo separatista ha desequilibrado gravemente, con su peso de sangre y extorsión, la fluidez de un tránsito que todos temíamos mucho más incierto y conflictivo.

El Rey jugo fuerte en esta histórica oportunidad, apostando sin miedo por la madurez, por la responsabilidad de los españoles, y por su escarmentado recuerdo de la última y terrible guerra civil. La Corona apostó por nuestra mayoría de edad, haciéndonos el honor de suponernos capaces de decidir nuestro propio destino, poniendo en nuestras manos el decisivo y casi olvidado derecho de participación, la mágica y sencilla papeleta del voto. Se ha escrito que el Rey fue «el motor del cambio». Y esto, siendo verdad, no expresa toda la verdad, porque el cometido de la Corona fue aún más delicado, ya que se trataba de sustituir, sin interrupción en la andadura, los ejes fundamentales sobre los que giraba la máquina política del país. Con torpezas lógicas, con vacilaciones comprensibles, la democracia española emprendió su difícil camino entre la impaciencia de unos, el recelo de otros y la serena y esperanzada actitud de la mayoría.

Poco a poco, sin prisa, pero sin pausa —como decía Goethe—, la figura del Rey ha ido ganando prestigio y apoyo popular, conquistando —por méritos propios e indiscutibles— zonas cada vez más amplias y profundas de nuestro entramado social. El que afirmó, en los comienzos de su mandato, que aspiraba a ser «Rey de todos los españoles», ha cumplido lo que prometió. Y ya sabemos que este cumplimiento, tantas veces olvidado o pospuesto, da exactamente la medida de la estatura de un hombre de Estado. Hacer honor al compromiso adquirido es empresa reservada a los gobernantes de mente clara y corazón sincero. Al apostar sobre nosotros, al confiar en nosotros, al arriesgarse por nosotros, el Rey nos ha dado un ejemplo del juego limpio que espera de su pueblo.

No se puede culpar a la Corona si en algún momento el rumbo de la nave no fue tan exacto y armonioso como hubiera sido deseable. Culpemos más bien a esa condición especialísima de los españoles que les lleva a extremar las posturas individualistas, que los agrupa en pequeños reductos aislados, rebeldes a cualquier consigna de entendimiento y solidaridad. Sería una postura de utópico infantilismo confiar al exclusivo impulso de la Corona la resolución de todos nuestros problemas nacionales. Mucho más cuando en la vigente Constitución se han recortado tan estrechamente las atribuciones del Monarca, que se niega a éste el papel de moderador y arbitro, que es la primera razón de su existencia. Pese a esa, en ocasiones, injusta, recelosa e inexplicable actitud de la clase política, el patriotismo, la firmeza y la noble intención de Don Juan Carlos ha ido calando hasta las capas más hondas de la conciencia popular.

Los distintos acontecimientos del pasado febrero han convertido la simpatía inicial en aclamación entusiasta. La cerril actitud de los separatistas vascos en la Casa de Juntas de Guernica sólo sirvió para engrandecer la figura del Rey, cuya serena y sonriente firmeza le ganó millones de voluntades. Este refrendo multitudinario creció aún más en los sucesos del 23 de febrero, cuando las horas de una noche apretada de gravísimos riesgos fueron bastantes para calibrar La capacidad de resolución de un Monarca dispuesto, por encima de todo, a cumplir su compromiso con el pueblo español, un Rey dispuesto a mantener el esquema de libertades en que ese compromiso se establecía. A los seis años de su proclamación podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que nuestro Rey suscita la más amplia adhesión entre las gentes españolas, que su presencia es nuestra mejor garantía de futuro.

Volver atrás es ya una aventura imposible. La soberanía popular que la Corona ha devuelto a los españoles no puede ser arrebatada por cualquier tormenta transitoria. Algo se ha transformado radicalmente en la esencia del pueblo español, en su más hondo y auténtico ser. A partir de este logro son posibles todos los perfeccionamientos, todas las correcciones necesarias. Pero el regreso a fórmulas que ya agotaron su vigencia, que pertenecen para siempre al pasado, sería el más doloroso e inútil de los suicidios.

Celebramos hoy que, a los seis años de su proclamación, España tiene la suerte de contar con un Rey de actitud abierta, voluntad firme y sólido respaldo popular. Pero un Rey, con ser tan importante, no lo es todo en un régimen democrático y constitucional como el nuestro. Somos nosotros, todos nosotros, los que tenemos que hacernos dignos de nuestra libertad, responsables de un destino común. Don Juan Carlos, en su reciente discurso de Zaragoza, ha recordado a los políticos, con serias y medidas palabras, su obligación de posponer ambiciones, rencillas y particularismos cuando se trata del interés general da la patria. Por su coraje —esa virtud amada por sus subditos— y su moderación —esa otra virtud que sus subditos han aprendido a reconocerle—, Don Juan Carlos ha proyectado valientemente, dentro y fuera de nuestros límites nacionales, la imagen de la España que él ama y desea. Esa España que es posible, que tiene que ser posible en cuanto todos nosotros aprendamos del Rey dos sencillas lecciones que han conformado su vida desde niño: la idea del «deber», la noción del «servicio».

 

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