Autor: Cáceres, Francisco Ignacio de. 
 Hoy. Cinco años de Juan Carlos I. 
 La diplomacia directa del Rey     
 
 Ya.    22/11/1980.  Página: 28-29. Páginas: 2. Párrafos: 32. 

YA pág.28

HOY

Cinco años de Juan

La diplomacia directa del Rey

UNO de los dos o tres aspectos más importantes del primer lustro del reinado de Juan Carlos I es el de la política internacional, y aun dinamos de «su» política internacional, porque junto a la diplomacia oficial —naturalmente, íntimamente engranada con ella, formando un todo inseparable— existe una verdadera diplomacia real o regía hecha cuerpo en los muchos y largos viajes de nuestros Monarcas.

Para algunos, los viajes reales pueden parecer ocasiones de brillantes ceremonias, desde la revista a la compañía de honores a los banquetes y recepciones. Otros, más cicateros —y quizá los mismos que más criticaban antes nuestro aislamiento en este aspecto—, echarán cuentas galanas sobre lo que cuestan estas jornadas, sin tener en cuenta que en ellas se juega fuerte sobre el prestigio de España.

De España, porque la visita de un rey, del jefe de un Estado o, en menor medida, del primer ministro representa, y no sólo simbólicamente, la visita del para entero. En la vieja Europa —cuando la trabazón familiar de las dinastías aseguró, por ejemplo, un siglo de paz desde las guerras de la revolución y del imperio napoleónico hasta el catastrófico hundimiento del sistema en 1914—, en Europa, repetimos, las visitas reales tenían un aspecto fraternal («hermanos» se llaman entre sí los monarcas) superpuesto al oficial. Hoy se añade un componente popular, en el sentido de que el rey encarna, tal vez mejor y desde luego con más títulos que nadie, a todo su pueblo.

Los viajes de los Reyes son, pues, viajes de España, que mediante ellos, embajadores del más alto rango, por encima de partidos y de políticas ocasionales, busca el reforzamiento de antiguos lazos, tiende otros nuevos y supone una presencia para un país «ausente» para una España sedienta de ser conocida y de conocer.

¿Será preciso subrayar, ante todo, en la excepcional calidad personal y humana de tales embajadores. Su aspecto, verdaderamente regio; su impecable distinción, sin par en otros líderes contemporáneos; el hecho poco frecuente, incluso entre los diplomáticos mejor dotados, de reunir entre los dos, doña Sofía y don Juan Carlos, ocho o nueve idiomas bien hablados, y además —suerte se dirá, pero esto rompe una leyenda— ni una «gaffe» ni un incidente en tantos días y kilómetros, en tantas recepciones, visitas y manifestaciones oficiales y populares. Todo esto cuenta, y mucho, en el balance.

Una antigua cita con América

Presentes en el mundo: he aquí el primer punto para cualquier programa de relaciones internacionales. ¿Por dónde comenzar? En el antiguo mundo ya estamos, somos parto de él. Lo lógico, entonces, era comenzar por el nuevo mundo que España, literalmente, «dio a luz» colocándole en la gran corriente de la historia.

Por eso, cumpliendo una antigua cita (los conquistadores eran polvo y leyenda, o igual que los sangrientos ídolos que destruye-

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ron, y los abuelos del rey cabalgaban inmóviles caballos de bronce por las plazas indianas), el último día de mayo de 1975 desembarcaba un rey de España por primera vez en América.

Santo Domingo, primera capital de la América descubierta, en Ja antigua isla española, era también la primera etapa. Había auténtica emoción en la voz del Presidente Balaguer al poner esta inaugural y tardía piedra de una «commonwealth» (los puristasdisculparán este anglicismo, más expresivo políticamente que «comunidad»), única forma viable de «hispanidad» en un mundo interdependiente. Cuatrocientos millones de

La cena de gala forma parte del

programa de todas las visitas oficiales.

En esta ocasión,

don Juan Carlos brinda con el Emperador del Japón, país que

visitó el pasado mes de octubre hispanoparlantes para el año 2000 son un desafío para el mundo... y también para Hispana.

En los Estados Unidos (imprecisa definición en un continente donde, al menos, están también los de México y Venezuela), en el «gran vecino» del Norte, el problema de los «hispánicos», convertidos en grupo multirracial pero consciente de su profunda unidad, será un gran tema nacional en esta década.

Una razón más para recibir en Washington con especial interés a don Juan Carlos, que, en buen inglés, pronunció ante ambas Cámaras, bajo la cúpula basílical del Capitolio, un mensaje capaz de «llegar», si no al corazón, al menos al buen sentido de los congresistas y senadores, que le tributaron una espléndida ovación. Algo muy especial y valioso en aquella importante casa.»

Así, la capital del «imperio de Occidente» (¿o acaso no lo es?)

quedaba cumplida, aunque en segundo lugar.

Colombia, tal vez la más española de las Repúblicas sudamericanas, recibiría ya en octubre la tercera visita, previas escalas en Santo Domingo y Caracas. El regreso a América era un hecho y el camino quedaba abierto.

Europa, de nuevo, y también aquí comenzaría el Rey por lo más natural, por lo más cercano: la agridulce Francia. Muchos siglos de vecindad hacen que siempre tengamos algo que decirnos, pero, además, la subrayada relación de don Juan Carlos con Giscard d´Estaing, que, de paso, indicaba el centro de gravedad de la política hispana, conferí especial interés a la visita. No hubo esta vez gritos de «abajo el Fulano», como en la visita de Alfonso XII; pero los francesa estaban molestos porque la balanza comercial nos era favorable. Ellos, en cambio, tenían y siguen teniendo la gran baza del asilo político a los terroristas... Agridulce Francia, repetimos.

El año de los tres Papas

Tras de los primeros viajes, durante el primer año de su reinado, don Juan Carlos y doña Sofía habían «abierto brecha» en un mundo más que hostil, indiferente, donde el español era un caso raro.

Después de haber sido los dueños de medio mundo —o de ambos mundos, si nos atenemos a la simbología dieciochesca—, esto tenía poca gracia.

Los viajes de los Reyes: algo más que ceremonias y discursos. Un esfuerzo en presencia y apertura de horizontes. Primer viaje a la antigua Hispañola. Ovación bajo el Capitolio. Agridulce Francia. El primer gran viaje americano. Un año en casa. Peineta y mantilla para la Reina. África negra....

No podía hablarse —y seguimos lo mismo— de una política internacional propiamente dicha, entre otras razones porque nos faltan los medios para ello: un sistema coherente de alianzas, potencia económica y potencia militar suficiente, entendiendo por tal (y que nadie se escandalice, pues estamos en plena era nuclear) una fuerza atómica propia e independiente.

Pero el camino estaba abierto. Después de un año en blanco (1976), los Reyes inauguraban su año internacional de 1977 con la visita a Roma en febrero, siendo Papa Pablo VI. Mucha agua había corrido bajo el puente de Sant Angelo desde los famosos telegramas de monseñor Montini, y el nuevo Concordato, tan suspirado, había dado paso a un «modos vivendi» en el que en algunos casos (libertad de educación, subvenciones, divorcio) era lo preciso estar del mismo lado de la trinchera.

Tampoco este año pasaría sin su correspondiente «gran gira» americana: Venezuela y toda Centroamérica serian visitadas con un éxito personal quizá no doblado de suficientes realizaciones oficiales y privadas (cuánto le cuesta al empresario español «saltar el charco», ahora que no hay carabelas ni galeones), pero sí, desde luego, como ejemplo y estímulo.

Europa occidental fue intensamente recorrida. Además de Italia —difícil problema siempre visitar a la vez la Roma de los Papas y la Roma republicana—, Alemania, en abril (que sería visitada de nuevo en diciembre por los Reyes, esta vez en visita privada), y Bélgica, como capital oficiosa de la Europa comunitaria.

Egipto, encrucijada entre Oriente y Occidente, entre Asia y África; Jordania y, sobre todo, la petrolífera y decisiva Arabia Saudita —donde la cordialidad y el fasto exótico destacaron— fueron otras tantas etapas de la penetración hacia Oriente.

Al año siguiente insistieron los Reyes en esta dirección. No olvidaremos, antes, la visita (privada, por supuesto) a la Gran Bretaña, en enero, ni el viaje de Austria, plagado de recuerdos históricos —ambos relacionados con una maniobra de diversión del Mercado Común hada la Efta, la Asociación Europea de Libre Comercio—; pero la gran «novedad» fue China. Vía Teherán —cuando aún Cárter no había previsto el derrocamiento del sha— llegaban luego a Pelón, donde comenzaban los primeros síntomas del deshielo posmaoísta. Durante una semana, la tercera de junio, los Reyes acariciaron la piel de China, incluyendo visitas a comunas ejemplares y una misa dicha por un obispo «patriota* (es decir, rebelde a Roma y obediente al partido), donde el Rey no comulgó...

El viaje de vuelta tuvo una escala en Bagdad, pues Irak sigue siendo uno de nuestros principales proveedores petrolíferos.

El año 78 pasará a la historia como el de los tres Papas que en menos de dos meses se sucedieron. Muerto Pablo VI, el cónclave elegía al cardenal Luciani, a cuya coronación sin corona —pues renunció al tradicional «triregnum»— asistieron nuestros Monarcas. La alta peineta y negra mantilla de la Reina destacaba con esbelta elegancia en la tribuna regia. Esto ocurría el 4 de septiembre y el 22 de octubre se repetía la escena:

Dios quiso llevarse al fugaz mensajero, humilde y sonriente, que marcaba un nuevo estilo en el pontificado. Juan Pablo II, el formidable polaco, tomaba k cruz y las llaves de San Pedro con mano firme.

No terminaría el año 78 sin que los Reyes cumplieran su cuarto y gran viaje anual a Hispanoamérica. Tres grandes países —México, Perú y Argentina— serian los visitados. La Reina, agotada por el esfuerzo y por el temible «soroche», sufrió un desmayo en los Andes. México, antes, se había volcado, pero quizá las escenas más delirantes ocurrieron en la Argentina. ¿Sabremos comprender tanto entusiasmo y aprovecharlo con fruto para todos los hermanos?

África negra y Extremo Oriente

Mucho mundo quedaba aún por recorrer para cumplir esta misión . eficaz, que no sólo retórica —esa gran lacra de nuestras relaciones hispanoamericanas—, para llevar la verdad de España, testimonio inicial de su presencia, como primer paso para una acción metódica, puesto que muchas veces lo primero es decir «estamos aquí».

El año pasado recorría casi toda América. El Nuevo Mundo y la inmensa Asia estuvieron ausentes de los planes de viajes reales. En cambio, el 79 fue el año de Afinca y especialmente del África negra. Cierto es que los Reyes abordaban de nuevo la Europa profunda (Suiza en junio, con una jornada dedicada a la Organización Internacional del Trabajo; luego Estrasburgo, donde don Juan Carlos pronuncio en un excelente francés un buen discurso ante el Consejo de el príncipe heredero pudo ver «otro Rey como Papa»). Pero el empeño mayor fue africano.

Además de Marruecos —nuestra «Francia» del sur, por los problemas que necesariamente plantea una estratégica vecindad—, toda el África occidental fue visitada en mayo: Costa de Marfil, Guinea-Conakry, Senegal... Canarias estaba en juego y hubo que «echar el resto» para que la Oua no se lo tomase demasiado en serio la «africanidad» de las islas afortunadas. Sin embargo, nuestro desamparo en aquellos momentos sirvió para que Washington nos recordase que, dentro de la Otan, siempre estaríamos más seguros.

Y después Guinea Ecuatorial, la otra próspera colonia (y luego «provincia») española, con índices de alfabetización y atención sanitaria más altos de toda África, se había convertido en un campo de concentración empobrecido hasta la miseria bajo la absurda tiranía de un hombre sanguinario que se manutuvo apoyado por soviéticos y cubanos, chinos y norcoreanos. Pero eliminado Marías, los nuevos líderes nos tendían los brazos. ¿Se puede hablar de un hispanismo africano? La larga visita de los Reyes en diciembre contribuyó a fomentar los nuevos lazos de todo tipo con el pueblo guineano, en fuerte competencia —todo hay que decirlo— con franceses, soviéticos y norteamericanos.

Los Estados Unidos —Cárter todavía, y no sabíamos por cuánto— fueron de nuevo objetivo de la primera jornada regia de este año, y después los Países Bajos —donde la reina Juliana se había reservado como broche de oro de su reinado esta visita del Rey de España a que rubricaba la paz, duque de Alba por medio, después de cuatrocientos años— y Dinamarca y Luxemburgo.

Ecuador y el prodigioso viaje a las islas Galápagos fue un intermedio hispánico, pero quedaba ya en estos meses el gran viaje de Extremo Oriente —Kuwait, Japón, Indonesia y Qatar—, de resultados aún incalculables.

Kuwait, de tamaño, o inversamente proporcional a su inmensa riqueza, amenazado por la guerra. Japón, secreto y deslumbrante, depósito de milenarias tradiciones y proa avanzada de tecnología futurista (¿por qué Kant diría que los japoneses son los españoles de Oriente?), donde los ancianos emperadores desbordaron su exquisita cortesía con nuestros Soberanos. Indonesia, enorme y lejana, «última Thule» del Islam Qatar.

Los Reyes seguirán viajando. Es su deber, tanto o más que su placer, que nada cansa tanto como la atención continuada, la conversación a veces difícil, la mezcla de ceremonia y política. Y también la ausencia, ciento cuarenta y cinco días, casi cinco meses, han estado fuera de España los Reyes durante estos cinco años. Es un gran esfuerzo de presencia española, de esa diplomacia directa de la que estamos tan necesitados y que por ello merece nuestro aplauso.

Francisco Ignacio da Caceras

 

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