Autor: Cheda, Manuel David. 
 Cinco años de Juan Carlos I. Treinta y cuatro provincias visitadas oficialmente. 
 Los Reyes prefieren la calle  :   
 En sus desplazamientos oficiales, los Monarcas llevan el regionalismo a las regiones. 
 Ya.    22/11/1980.  Página: 28-30. Páginas: 3. Párrafos: 13. 

Los Reyes prefieren la calle Treinta y cuatro provincias visitadas oficialmente

En sus desplazamientos oficiales, los Monarcas llevan el regionalismo a las regiones

CUANDO desde el balcón principal del palacio de Rajoy, en la plaza compostelana del Obradoiro, Juan Carlos I se dirigió el 24 de julio de 1976 a millares de gallegos para hacerles llegar «un saudo cheo de agarimo» toda Galicia comprendió que quien les hablaba era tan gallego como ellos. Apenas cinco meses antes, en febrero, los catalanes se habían convencido de que compartían con el Rey el mismo origen; posteriormente, los asturianos supieron que el Monarca es de Asturias; los murcianos, que de Murcia; los extremeños, que de Extremadura.

Desde que el 16 de febrero de 1976 los Reyes iniciaran una larga serie de viajes por las regiones españolas, don Juan Carlos y doña Sofía no han hecho otra cosa que llevar el regionalismo (o el interés por la cuna de uno) a las regiones. En las treinta y cuatro provincias visitadas oficialmente por los Reyes, los Monarcas han soslayado siempre los grandes problemas de Estado para acercarse a lo mis inmediatamente humano. Ni sonoras declaraciones ni frías inauguraciones, sino reuniones en las fábricas, conversaciones para informarse sobre los problemas de alcantarillado de un pequeño pueblo, sobre la carencia de viviendas o de puestos de trabajo, etc. Más que los salones de acceso restringido, los Reyes prefieren la calle.

Nunca un jefe del Estado español había recorrido tantas provincias ni tan detenidamente visitado a loe ciudadanos que viven fuera de Madrid. A Cataluña, donde don Juan Carlos utilizó por primera vez un idioma regional, le dedicó una semana, lo mismo que a las cuatro provincias gallegas, a las que ningún rey, desde la muerte de Alfonso X el Sabio, les había hablado en gallego; dos días, a Asturias, en mayo de 1976; cuatro a la región valenciana, donde don Juan Carlos vistió el atuendo tradicional de los miembros del Tribunal de las Aguas, en diciembre del mimos año: seis, a Andalucía occidental, también en el 76; dos, a Extremadura, en marzo del 77, etc. Aunque loa Reyes conozcan prácticamente todo el país, dieciséis provincias esperan la visita oficial de los Monarcas, si bien algunas de ellas han acogido a Juan Carlos y a Sofía con motivo

de actos castrenses o de otro carácter. Entre los viajes más deseados por el propio Rey figura un desplazamiento a las Vascongadas, una de las cuales, Vizcaya, ya recibió a la Reina con motivo de la catástrofe de Ortuella.

El Consejo de Ministros de la amnistía

Cada una de las visitas del jefe del Estado es una complicada trama elaborada durante meses para ser rota por el propio carácter de los Monarcas y por el cariño que el pueblo les dispensa. Son los Revés tos primen» en rebasar el cordón policial que les protege para acercarse a los ciudadanos, quienes corresponden mostrando su espontaneidad. El colmo de ésta, una pancarta exhibida ante los Monarcas en Cádiz: «Lo Reye unió al zalero gaditano», o los gritos de los habitantes de Arcos de la Frontera, empeñados en «que hable Sofía», hasta que consiguieron que la Reina se dirigiera públicamente por primera vez a los españoles.

Aunque los viajes reales suscitan un incremento inmediato de las simpatías populares hacia don Juan Carlos y doña Sofía, este afecto se decanta paulatinamente hacia un mayor arraigo de la institución monárquica. Los largos años que la Monarquía estuvo en suspenso no impiden que quienes no habían conocido con anterioridad este sistema se declaren ahora partidarios de él. No es éste el caso de la anciana Juana Sánchez, una «monárquica de toda la vida», que en el palacio de Justicia de Albacete logró acercarse este año a los Reyes para ofrecerles un vaso modernista con grabados de Alfonso Xin y de la reina Victoria Eugenia, abuelos de don Juan Carlos. El Rey, después de escuchar a la anciana que el objeto había sido regalado al padre de ésta, en 1906, por haber servido como soldado en el Palacio de Oriente, pidió a la señora que guardase el vaso como recuerdo de la conversación. El encuentro terminó con un sincero, «que no les pase nada por ahí», dirigido por Juana Sánchez a los Reyes.

El deseo real de cumplir las peticiones de las regiones que visita ha motivado que el Rey haya descentralizado en tres ocasiones la celebración de los Consejos de Ministros. En su primer vine a Cataluña, en febrero de 1976, el Jefe del Estado convocó al Gobierno en Barcelona para decidir cuestiones preferentemente relacionadas con esa región. Durante la estancia de los Monarcas en Andalucía occidental, el 2 de abril del mismo año, una reunión del Gabinete, celebrada en Sevilla a petición de don Juan Carlos, aprueba un importante paquete de medidas que habían sido solicitadas por los andaluces.

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Los Reyes prefieren la calle

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Sin embargo, fue en La Corona donde el Rey prendió la más importante del trio de reuniones ministeriales citadas. De diez de la mañana a una de la tarde del 30 de julio de 1976, el Monarca, que había anunciado su deseo de ser el Rey de todos los españoles, debatió con el jefe del Gobierno. Adolfo Suárez, y con los ministros, entre los que se encontraban Landelino Lávala, Alfonso Osorio, Marcelino Oreja, Fernando Abril Martoreu, Leopoldo Calvo-Sotelo y otros, la conveniencia de decretar una amnistía para loe delitos de intencionalidad política. Desde entonces, la sesión celebrada en el satán Dorado del Ayuntamiento coruñés es conocida como «el Consejo de la amnistía».

Viajes hasta en submarino.

En sus salidas del palacio de la Zarzuela, don Juan Carlos y doña Sofía han utilizado todos ros medios de transporte, incluido el incomodo automóvil todo terreno y hasta el submarino, en el que los Reyes se sumergieron en 1977 coN motivo de una visita a Cartagena El Rey gusta también de tomar los mandos del helicóptero en el que frecuentemente viaja. Este tipo de aeronave es el más utilizado por el Monarca, tanto por tas preferencias que don Juan Carlos muestra por él como por las características de los lugares que visita.

Loe príncipes suelen acompañar a sus padres únicamente cuando las obligaciones escolares se lo permiten, salvo el heredero de la Corona, que ya ha viajado a Covandonga para recibir los atributos de Principe de Asturias. Don Felipe, que en varias ocasiones fue el centro de los actos oficiales, a los que asistió, llegó incluso a lucir el uniforme militar en determinadas ceremonias castrenses.

En sus viajes, los Monarcas fluoca han rehuido lo que a muchos políticos asesta: el contacto directo con el mundo del trabajo. Ni Juan Carlos ni Sofía dudaron de la coveniencia de vestir sendos «monos» y cubrir sos cabezas con cascos para bajar el 19 de mayo de 1976 al pozo «María Luisa», de la empresa minera Hunosa. Pocos meses después, los Reyes visitaron y cautivaron a los trabajadores de la industria automovilística Citroen, en Vigo, a pesar de las reticencias iniciales de un sector de los obreras. Igualmente productiva fue el contacto con las empleados de Ford España, con motivo de la apertura, el 25 de octubre de 1976, de la planta de Almusafes (Valencia).

Por el propio carácter de los Monarcas, éstos parecen rehuir todo el boato de las inauguraciones oficiales. En muy contadas ocasiones han abandonado el palacio de la Zarzuela para presidir la puesta en funcionamiento de una industria o la apertura de una autopista, por ejemplo. Entre estos raros viajes figuran la inauguración del complejo minero de Aznalcóllar (Sevilla), en mayo del año pasado, y las botaduras de las corbetas «Infanta Elena» e «Infanta Cristina», celebradas en los años 76 y 77, respectivamente, en Cartagena. Asimismo, el Rey se desplazó a Valladolid para visitar la IV Pena de Muestras, además de abrir un nuevo tramo del Metropolitano madrileño en octubre del pasado año.

Bocadillo en el campo de maniobras.

En su condición de jefe de los Ejércitos, don Juan Carlos ha desarrollado a fe largo: de este lustro una importante actividad viajera, si bien en la mayoría de las ocasiones se repiten los puntos de destino: las tres academias militares y la bases navales de Cartagena y El Ferrol. Aunque estos desplazamientos revisten un carácter mas serio que las visitas a provincias, el Rey aprovecha la menor circunstancia para mostrar su campechanía, de manera que tanto podemos verlo tomando el «bocata» en el campo de maniobras con los soldados de la brigada acorazada Brúñete numero I como levantando todos los arrestos a los cadetes de la Escuela Naval de Marín.

Los viajes ofrecen al Monarca la posibilidad de recordar su paso por las tres academias militares llegando a romper incluso el protocolo para visitar el restaurante de Pontecesures (Pontevedra), donde el cadete Juan Carlos de Borbón combatía el hambre durante su estancia en la Escuela Naval. La actitud del Rey en estos viajes provoca no pocas veces el asombro del estamento militar, como sucedió en la Academia de Toledo, cuando, en 1976, recién llegado de un agotador desplazamiento a Galicia, el Rey se empeña en saludar personalmente a cada uno de los trescientos treinta oficiales recién salidos del centro militar toledano.

Manuel David Cheda

 

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