Cinco años de Juan Carlos I. 
 El duro camino del desarrollo democrático     
 
 Ya.    22/11/1980.  Página: 30. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

El duro camino del desarrollo democrático

LA Monarquía de don Juan Carlos inició su andadura el 23 de noviembre de 1975, hace hoy cinco años. «Quiero ser el Rey de todos los españoles», había dicho Su Majestad en el mensaje de la Corona, pronunciado ante las Cortes momentos después de haber jurado como Rey. España emprendía, desde aquel momento, una singladura política incierta, aunque llena de esperanzas. El Rey impulsó el cambio, alentó la recién nacida democracia.»

El tránsito desde la autocracia a la democracia es difícil y tiene sus riesgos. Días después de haber comenzado el reinado de don Juan Carlos se lanzaron al ruedo de la vida política nacional los partidos políticos, unos históricos y en la clandestinidad; otros, recién formados, y algunos en trance de formarse. Dos caminos: la continuidad con cambios hacia la democracia o la ruptura. Se optó por ir a una nueva ley, pero a través, del camino de la ley. No al empezar de cero políticamente.

Este largo camino de la transición ha tenido etapas amargas. Ir sustituyendo doctrina, estilo, símbolos, leyes.» Todo comenzó con la ley para la reforma política, que aprobaron las Cortes de Franco. Era el paso legal a la democracia. El Rey buscó un joven político para iniciar ese camino democrático: Adolfo Suárez. Sobre sus hombros se echó la dura tarea de ir cambiando el régimen. Y desde ese punto y hora comenzaron los ataques que, por desgracia, siempre van teñidos en sangre. Nace una frase: «Desestabilizar la democracia», objetivo de los extremismos terroristas. Porque todos los momentos difíciles, a lo largo de estos cinco años, han sido producidos, principalmente, por el terrorismo. El creciente y violento desarrollo de Eta, primero en el País Vasco, después extendiéndose a otras provincias —pocas, afortunadamente—,ha ido jalonando de sangre y luto cada avance político. El Grapo, la otra organización del terror, ha ido paralela con Eta en sus acciones. Este del terrorismo es, pues, la procelosa encrucijada que amenaza a España. Los sistemáticos ataques al Ejército y a las fuerzas de Orden Público han ido dibujando una psicosis de «golpe armado» por parte del Ejército. Hasta se hablo, y mucho, de una «operación Galana» para derribar a Suárez, y hubo detenciones, ceses y medidas disciplinarias entre miembros de nuestras Fuerzas Armadas.

Cada golpe trágico y sangriento que el terrorismo lanzaba contra la paz de España, los líderes de izquierda mas destacados, temiendo una reacción armada, abandonaban sus bogares en busca de un refugio ignorado hasta que renaciese la pausa. Así van anco años de actos terroristas. Se habla de «guerra del Norte», de medidas de excepción que se piden, de complicaciones internacionales en estas operaciones terroristas.

Difícil momento fue en la historia de la reciente democracia española cuando el Sábado Santo de 1977 Adolfo Suárez legalizó el Partido Comunista, asumiendo la responsabilidad. En un momento se tambaleó el Gobierno que presidía. Todo quedó en la dimisión del ministro de Marina, que pudo arrastrar otras y crear una muy delicada situación en el Ejército. Pero éste —capitán general, el Rey— supo permanecer disciplinado y en silencia.

Las ambiciones autonomistas, con exigencias mayores, integran otro capítulo de tensiones en estos cinco años. De todas las autonomías, la que más preocupa, por la ambigüedad de sus políticos, es la del País Vasco, donde la sombra de una ambición secesionista no desaparece del horizonte. Separatismo, con su brazo armado de Eta, han ido empobreciendo aquella rica región, sembrando desconfianzas, ahuyentando al dinero y a los hombres que crean riqueza.

El terror tiene un hermano menor, y es la inseguridad ciudadana. Este mal es endémico en todas las regiones, provincias, ciudades y pueblos. Se han relajado los resortes morales. La droga ha sido aceptada eufóricamente por una gran parte de la juventud, y drogados se cometen asaltos, violaciones, atracos. La gente pide orden y seguridad. Y este trance amargo social crea desilusiones, borra fe democrática en los políticos y no es propicio a adhesiones.

Trances difíciles también —éstos externos, pero con repercusiones en el interior— son el aumento del paro y la crisis energética, con sus terribles repercusiones económicas, con empobrecimientos, pérdidas de puestos de trabajo y con el cierre de empresas.

 

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