Autor: Pérez Escolar, Rafael. 
   La Monarquía, el pueblo y los partidos     
 
 Informaciones.    21/06/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

Por Rafael PÉREZ ESCOLAR

DOS notas sobresalen con buen tino en los comentarios de la Prensa extranjera sobre nuestra reciente experiencia electoral: el éxito del Rey como Inspirador principal del proceso democrático y la moderación del pueblo español a través de su comportamiento ciudadano, especialmente en el momento de emitir su voto. En lo que, sin embargo, no se ahonda es en una idea para mi principal. Me refiero a la síntesis entre la Monarquía como factor básico del cambio político y la actitud del pueblo respaldando masivamente la transición a la democracia. Y a fe que conviene subrayar con claridad la conjunción de ambas elementos El Rey ha marcado un camino con tanta serenidad como firmeza; el pueblo le ha secundado, siguiéndolo, con tanta decisión como esperanza.

Cuando los partidos se aprestan a ocupar sus escaños en las nuevas Cortes y, lo que resulta aún más importante, cuando han de dar, extramuros del Parlamento, la exacta dimensión de su verdadero patriotismo, no está de más que reflexionen tirios y troyanos sobre cómo un Monarca ha sabido definir con precisión tan ambiciosos objetivos y buscar los adecuados medios instrumentales para alcanzarlos; y que piensen también todos en cómo un pueblo ha sabido responder positivamente a la llamada regia para el hallazgo de formas válidas y permanentes a que se acomode nuestra convivencia ciudadana.

La Monarquía, en suma, ha hecho posible la democracia. Don Juan Carlos de Borbon ha cumplido al pie de la letra el compromiso histórico, asumirle en su primer discurso de La Corona, de lograr la concordia entre todos los españoles.

Corresponde esta vez a los partidos reconocerlo así explícitamente en el inicio mismo de la vida parlamentaria y, sobre todo, en su diario quehacer político. Y no por mor de ana gratitud que nadie solicita, sino por una razón de estricta justicia implícita en el voto que acaba de dispensarse a la moderación. La sabiduría popular coincide una vez más con la de don Francisco de Quevedo, para quien «de grande ánimo es menospreciar grandezas y querer antes lo mediano que lo mucho».

Veamos cano puede acomodarse a este principio la actitud inmediata de las fuerzas de mayor responsabilidad. Porque la aquiescencia en torno a un esquema constitucional, la vertebración del regionalismo sin detrimento de la unidad patria, la manera de contender en tas próximas elecciones municipales, el sacrificio común que demanda la gravedad de la crisis económica, el reencuentro, en una palabra, con la dura realidad después de las demagogias electorales, darán la clave sabré si los partidos políticos han sabido asimilar la soberbia lección de nuestro pueblo en que espejean las arduas decisiones adoptadas por el Monarca en el tránsito a la libertad.

El comunismo —eurocomunismo para el señor Carrillo, comunismo a secas para la «Pasionaria»— se ha deshecha durante la campaña en tales protestas de ecuanimidad y mesura, que acentúan aún más la falacia de una confesión de tonos liberales, imposibles de entender sí ponemos la vista sobre aquellos pueblas en que las comunistas han alcanzado definitivas posiciones de poder. Quienes creamos en la democracia no creemos en el talante democrático del comunismo. Reconocemos su existencia como una necesidad formal para que venga en aceptar, y nunca de buen grado, la sumisión al imperio de la ley; pero nuestro escepticismo sube de punto ante la supuesta lealtad comunista a la bandera nacional como símbolo supremo de la Patria y a la Monarquía como expresión del verdadero sentimiento político de nuestro pueblo. (Digamos da pasada que ahora se entiende con más claridad que no éramos tan necias los muchas que preconizábamos la legalización del Partida Comunista. Se ha evitado con tal medida la radicalización del socialismo, la creación de un frente popular artificioso y, muy probablemente, el triunfo electoral tía la izquierda.)

Vamos con el socialismo. Es de pensar que a los socialistas no se les haya subido el éxito electoral a la cabeza. El poder madura, templa, despierta instintivamente en quien lo ostenta una tendencia de acomodación a la realidad. Al impotente se le toleran las mayores licencias. El poderoso —y lo es el socialismo en esta hora política— ha de administrar su triunfo magnánimo y prudente al mismo tiempo. «El poder es bien tenido —escribía el canciller Ayala— cuando es el poderoso más amado que temido.»

Se nos antoja que muchos españoles Be han pronunciado en los comicios en favor de un socialismo tal como quedó reflejado en su campaña —desde luego, la menos farragosa y vacua—, es decir, abierto a nuevos horizontes posibles, exento de rupturas violentas, muy parecido, formalmente al menos, a la socialdemocracia europea. No recuerdo que ninguno de sus carteles a de sus anuncios publicitarios, ni siquiera alguno de sus líderes enardecidos en los mítines, hayan traído a capítulo que en el XXVII Congreso del P.S.O.E., celebrado en los primeros días del pasado mes de diciembre, se decía que este partido, aunque «aceptará la decisión del pueblo sobre la forma de Estado», «reafirma su vocación republicana», según reza, una de las conclusiones de su ponencia política; lo que corrobora en la ponencia de nacionalidades, según la cual «el P.S.O.E, propugne la instauración de una República federal de trabajadores integrada por todos los pueblos del Estado español».

Las encuestas de opinión, a pesar de todas sus limitaciones, que no han sido

pocas, denotan una identificación mayoritaria de los electores con la Monarquía, en concordancia con la idea de que lo es de todos los españoles, así de la derecha como de la izquierda. Luego la conducta pública de! socialismo no puede disentir de una realidad tan definida como condicionante. La simbiosis pueblo y Monarquía marca indeleblemente el criterio mayoritario de los españoles sobre la forma de Estado.

Volvámonos del otro lado del abanico político. Empece por lo más principal, la Unión de Centro, «lo mejor de la derecha y de la izquierda» si hacemos caso a sus más autorizados portavoces, pero que es, sobre todo, don Adolfo Suárez. Al amparo de la confianza real ha hecho posible el presidente la disolución del Movimiento, el reconocimiento de las libertades públicas, la atribución de personalidad a las organizaciones sindicales y la concurrencia a las primeras elecciones después tía cuarenta años de autocracia. Es muchísimo, pero no es todo. Al centra, igual que acontece con el socialismo, no se le deben subir los humos en demasía. Su indudable éxito electoral obliga a mucho. Nada menos que a servicio soporte a un gran partido, con propios y autónomos perfiles, en que se fundan, bajo una filosofía política centrista, toda la derecha democrática —la nueva derecha, en expresión afortunada— y las parcelas de la izquierda que no busquen acomodo ideológico en el socialismo colectivista. Para ello, el centro habrá de dar el olvida, con generosidad, estériles querellas dialécticas entre afines coyunturalmente situados hasta ayer en bandos antagónicos.

El fracaso de Alianza Popular alcanza a muchos. En primer término, a los que hemos cometido el error de creer que antes del 15 de junio era posible que los españoles de parejo perfil aceptasen con amplitud de miras la superación de los antagonismos propiciados por el anterior régimen, y abrir así una opción capaz de enfrentarse válidamente can los marxismos de diverso corte; una operar desde la cual se abordara sin estrépito ni violencias la profunda transformación de nuestra sociedad. Pero la voz del «grupo, de París» se ha visto ahogada entre el fragor retrospectivo de las plazas de toros y los gritos alucinados de quienes exigían frenéticamente al Lázaro de Cuelgamuros «¡levántate y manda!».

El naufragio aliancista atañe sobre todo a los que han pensado, con innegable buena fe, que resultaban conciliables la devoción dogmática al pasado franquista y la lealtad a una Monarquía democrática. Lo hemos dicho una y otra vez y no se nos ha entendido. Vaya por delante m! respeto hacia ese pasado en el que discrepé abiertamente de sus más calificados representantes. Pero así como siempre he creído en la acción política común dentro de un partido en «I que franquistas y antifranquistas pudieran converger sin disonancias, me ha parecido en todo memento un desproposita unir dictadura y democracia, el poder autocrático con el poder del pueblo cuyo vértice supremo es el Rey. Un pueblo capaz de despedir en silencio, con solemnidad y hasta masivamente al principal protagonista de ese pasado, y de inmediato volver pausadamente la hoja de la Historia dispuesto a trasponer el umbral da la democracia sin ataduras ni complejos.

Alianza Popular, como la muía de San Ignacio, se halla ante una comprometida disyuntiva: o se aterra Inconmovible a un pasado que no nos compromete a la mayoría de los españoles o aprende con humildad y elegancia la lección dictada por las urnas. "España, lo único importantes; gran lema, compendio incomparable de patriotismo. Póngase en práctica de inmediato. Para ello y no sólo por una frívola razón de estética, que no aparezcan sus parvos representantes parlamentarios apiñados en las Cortes como dramático remedo de un Gobierno franquista en el exilio.

Los que estólidos, en crítica silencio, hemos permanecido en el barco sin abandonarlo, a pesar de haber pronosticada hace tiempo y no sin tristeza su seguro hundimiento, pedimos, yo al menos lo hago modestamente ahora, la disolución de Alianza Popular al servicio de dos señalados objetivos.

Es el primero hacer que las Cortes resulten gobernables, para lo que deberán los diputados aliancistas ofrecerse incondicionalmente, sin contrapartida alguna de poder ejecutivo, al grupo parlamentario de la Unión de Centro para secundar una política seña y de altos vuelos, capaz de superar no sólo la actual crisis, sino de ir en pos de soluciones a medio y largo plazo merced a tas cuales se puedan desplazar a un segundo plano las proposiciones alternativas de la izquierda. Ello no equivale en manera alguna a traicionar a los electores, pues no existen insalvables distancias programáticas. Consiste el segundo objetivo en coadyuvar con el Centro para dar forma al gran partido que necesariamente hay que constituir como definitiva opción democrática no marxista.

Sólo así, mediante la colectiva superación por todos de personalismos y demagogias, con la vista puesta en la gran lección que al unísono acaban de dar el Rey y el pueblo será posible que hablemos de una democracia firmemente asentada en España.

 

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