Autor: ;Bailby, Edouard. 
 Entrevista exclusiva con Juan Carlos I. 
 Habla el mago de La Zarzuela  :   
 Esta es la historia del hombre que se apoyó en la dictadura para instaurar la Monarquía y traer así la democracia; esta es la historia del Rey de España. 
 Interviú.     Página: 8-11. Páginas: 4. Párrafos: 42. 

Entrevista exclusiva con Juan Carlos I

Esta es la historia del hombre que se apoyó en la dictadura para instaurar la Monarquía y traer así la democracia; esta es la historia del Rey de España

Por JEAN-FRANCOIS REVEL y EDOUARD BAILBY

Ya era Rey de España, pero 1977 ha hecho de Juan Carlos I Rey de todos los españoles. Se le conocía muy mal a este gigante taciturno, hijo de proscritos. Sobre su cabeza cayó, al mismo tiempo que la Corona, la peor de las maldiciones: el apoyo de Franco. Algunos preveían un régimen relámpago, sublevaciones y una abdicación sin gloria. En pocos meses, Juan Carlos, con el apoyo de su pueblo y dé los partidos políticos, ha traído la democracia. El Rey ha sabido apoyarse, no en las espadas, sino en las libertades. De "Su católica Majestad", se ha convertido, en la intimidad de su despacho, en un monarca que discute con Felipe González, el socialista, y con Santiago Carrillo, el comunista. Para una gran mayoría de la juventud española, el Rey representa hoy día "el único demócrata autentico del país".

Lo que está pasando en Madrid tiene una gran significación para Europa y el resto del mundo. Detrás de los encuentros Sadat-Begin hay grandes esperanzas. Detrás de los acuerdos de Juan Carlos con la oposición hay grandes realidades. Jean-Francois Revel, una de las firmas más prestigiosas del periodismo europeo, y Edouard Bailby, corresponsal francés en España que vio vivir y morir la dictadura, construyeron este retrato de España después de conversar con el Rey Juan Carlos. Ellos fueron recibidos pocos días antes de Reyes por este "Mago" de la Zarzuela. Su relato fue publicado por el semanario "L´Express´ y del mismo se han hecho eco, naturalmente, algunos periódicos españoles. Ahora lo recoge íntegramente INTERVIU con los derechos exclusivos para toda España.

"Majestad, ¿cree que el pueblo español es monárquico?". El Rey se ríe. "¿Piensa que las dos terceras partes de los españoles que nacieron después de la caída de la Monarquía, en 1931, son monárquicos?".

Dos años después de la muerte del general Franco, el pueblo español no sabe aún si es monárquico. Lo único seguro es que se siente demócrata.

El secretario general del Partido Comunista, Santiago Carrillo, no va a desmentirlo. De hecho, el 1 de octubre ya había llegado a decir en un mitin: "Yo soy republicano. Pero si en lugar de un Rey tuviésemos un presidente de la República, no habríamos podido reunimos en este lugar: hace tiempo que habrían comenzado a escucharse los disparos".

Toda la oposición está a favor del Rey: "Cuando la nueva Constitución sea votada el próximo año, la Monarquía quedará inscrita libremente en los textos por una inmensa mayoría".

Existe un cierto pudor, lo mismo por parte de la derecha que por la izquierda, a

hablar de la persona del Rey. Las criticas de los dirigentes se dirigen hacia el Gobierno o las instituciones, pero nunca hacia la persona del Rey.

Sin embargo, al subir al trono, hace dos años y un mes, el Principe Juan Carlos no tenia entonces más que el apoyo del Ejército y de los franquistas. Su padre, el conde de Barcelona, sufrió al oír al nuevo Rey de España, nieto de Alfonso XIII, descendiente de Luis XIV y de los Reyes Católicos, jurar sobre los Evangelios los principios del Movimiento, el partido único de Franco.

Uno de los más allegados a la familia real, alto funcionario español que había asistido al bautizo de Juan Carlos en 1938, en Roma, se acuerda: "A la misma hora en que el Rey prestaba juramento, el conde de Barcelona llegaba en tren a París. Este hombre que durante toda su existencia, obligado al exilio, se había preparado para subir un día al trono, se encontró solo entre la multitud con una maleta en la mano". Más tarde aceptó ver la ceremonia en diferido.

"Yo tenía una Idea general del futura de España al subir al trono, pero no tenía ni podía tener un plan rígido, preestablecido".

"HE SUFRIDO MUCHO"

La situación entre padre e hijo ha sido dramática. Llegó a su punto culminante en 1969, cuando el general Franco tomó la decisión de elegir como sucesor al joven Principe de España cuando tenia treinta y un años. El padre quiso que su hijo rechazara el nombramiento. El Rey Juan Carlos no oculta que la decisión personal y la diferencia política entre su padre y él fueron profundas, a veces patéticas. "Los dos queremos trabajar para la Monarquía —le dijo a su padre—. Tú eres el legitimo heredero de la corona; yo be aceptado la legitimidad que me concede el general

Franco. Si no consigo instaurar una Monarquía Constitucional tú lo harás". De este modo, Juan Carlos revelaba ya su inteligencia política. Para tener una posibilidad de imponer pacíficamente la democracia después de la dictadura era necesario que, de alguna forma, le hubiera sido encomendada esta misión por ella misma. Juan Carlos lo comprendió enseguida y empezó la ardua tarea.

Formado en las mejores escuelas militares de España y sometido a una severa disciplina, Juan Carlos se queda deliberadamente en el anonimato. Hombre de facciones graves, ciñendo su uniforme militar, fotografiado siempre de frente, con la cabeza alta y la mirada fija, procura no comprometerse demasiado con el general Franco y con los franquistas ortodoxos, limitando sus apariciones a las exigencias protocolarias y evitando dar a sus gestos la menor carga emocional. Jamás levantó el brazo ni cantó en voz alta el "Cara al sol". Pero él no podía tampoco revelar lo profundo de sus pensamientos. "He sufrido mucho", confiesa.

En las fiestas con los jóvenes de su edad durante su "vida privada" sus mejores amigos le reprochaban: "No dices nunca nada; habla, exprésate". Jefe de Estado interino durante la primera enfermedad de Franco, vivió semanas angustiosas: El menor paso en falso, una simple condena a muerte refrendada por su mano podían poner en peligro su voluntad de restablecer la democracia. Y sólo después de grandes presiones aceptó por segunda vez, durante la larga agonía de Franco, la interinidad de la Jefatura del Estado.

APARTADO

DEL MUNDO EXTERIOR

El no quería a ningún precio ser una "marioneta" entre las manos de los altos dignatarios del régimen. Conocía los peligros que le acechaban. Una ceremonia estaba prevista el 20 de noviembre de 1975 en el Valle de los Caídos, cerca de Madrid, para el aniversario de la muerte de José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange. Gracias a la muerte del general Franco, ocurrida afortunadamente al alba de ese mismo día, el Rey no tuvo que presidir esta ceremonia que debía reunir a toda la vieja guardia del régimen. Durante su largo purgatorio todo incitaba a la prudencia. ¿No se decía, por ejemplo, que Arias Navarro había hecho grabar conversaciones privadas, politicamente comprometidas, sostenidas por el Principe en vida de Franco? No se podía permitir ningún error de cálculo.

"Para comprender esta voluntad de hierro, esta entereza —explica uno de sus amigos de la infancia, hoy día banquero— no hay que olvidar su estricta educación y el clima de austeridad en la que se desarrolló´´. El nos cuenta un detalle poco conocido.

Cuando Juan Carlos tenia diez años, su padre, don Juan, conde de Barcelona, le envió por primera vez a España. El ambiente del régimen era por entonces hostil a la familia de los Borbones. Decididos a asegurarle una educación española, algunos amigos se reunieron e instalaron un pequeño colegio privado en una propiedad, una finca de los alrededores de Madrid. Ocho niños de la nobleza se unieron a él y recibieron de dos profesores la misma educación. La experiencia no duró más que un año, Juan Carlos se vio obligado entonces a reunirse con su padre en Portugal. Tres años más tarde pudo volver a España, y esta vez el colegio privado fue

"Usted hará una pacto de lo que yo no he podido hacer", le dijo en una ocasión Franco a Juan Carlos.

instalado en una propiedad de San Sebastián, austera y sin calefacción, donde los dias se componían de estudios y de ejercicios físicos.

"Juan Garios vivió como en un monasterio, apartado del mundo exterior, despreciado por los grandes del régimen, los pequeños funcionarios". De esta época guarda ese carácter introvertido en público, porque en privado él es extremadamente cariñoso y le gusta bromear. El año pasado el Rey invitó a sus antiguos compañeros de colegio, acompañados de sus esposas, al palacio de la Zarzuela. Entre ellos se encontraba un economista socialista que hacía poco había vuelto del exilio.

Pero esos antiguos compañeros de estudio no constituyen, de ningún modo, un clan, una "camarilla". El Rey ha evitado hasta ahora dejarse rodear por un círculo de favoritos. Nada en la Zarzuela da pie a los chismes del todo Madrid ni a la imaginación de la prensa especializada en las intrigas y los cotillees. No se ha podido encontrar nada que ponga en peligro la dignidad del papel que el Rey espera jugar.

Dos de sus mejores amigos, Manuel Prado, presidente de la compañía Iberia, consejero de numerosas sociedades, que le acompaña en todos sus desplazamientos al extranjero, y Jaime Carvajal, director general del Banco Urquijo, no le ven nunca juntos. El Rey les recibe separadamente.

Nada de vida cortesana tampoco. A las damas de la nobleza —cuenta el conde de Orgaz, uno de los diez grandes de España— que fueron a pedir a la Reina Sofía que restableciese las damas de honor, las damas de compañía, los faustos de entonces, ésta respondió con un no cortés, pero categórico. "Ella desea para España, —afirman los que la conocen—, una Monarquía a la escandinava, teñida de social-democracia".

Don Juan, el padre, habría restablecido seguramente los faustos de antaño si hubiese subido al trono. Habría elegido instalarse en el palacio de Oriente, el majestuoso palacio real de Madrid. Su hijo, hombre de otra generación —va a cumplir cuarenta años en enero de 1978—, sigue prefiriendo el palacio de la Zarzuela, antigua casa de caza de los Reyes de España, que le ofreció el general Franco al casarse en 1962.

Se llega allí por una carretera privada. En la entrada, la Guardia Real metralleta en mano. La propiedad está rodeada por alambre de espino. El camino asfaltado serpentea lentamente por entre los árboles. El lugar es tranquilo. Sobre una elevación del terreno aparece el palacio, una residencia de dimensiones medianas, delante de la cual se pueden ver a veces bicicletas y los juguetes de los tres principitos. Nada es pomposo ni grandioso. El protocolo es allí discreto, pero los controles son estrictos cuando se conduce a los visitantes al despacho del Rey, en el primer piso.

Por un ventanal, la vista se pierde en el parque. En las estanterías, libros de Historia, una treintena de carabelas doradas, fíeles copias de las que partieron a la conquista de las Américas en el siglo XV y en el XVI; un cuadro de Salvador Dalí, un tapiz de Goya. Eclecticismo muy tranquilo...

10

"TODO EL MUNDO ESTABA CONTRA MI"

Nos acabamos de instalar en la habitación con nuestro anfitrión cuando la puerta se abre para dejar pasar al principe Felipe, que cumplirá diez años el mes que viene. "Realmente —dice el Rey—, es pura casualidad...". Una casualidad que se ha convertido en una costumbre. Todos los días, hacia las 17,30, el principe de España llega del colegio en compañía de su madre. Poco importan las audiencias: él entra discretamente en la habitación y se dirige hacia su padre para besarle. Una estampa familiar apacible con la que el Rey Juan Carlos se siente encariñado. Son raras las comidas oficiales en la Zarzuela. Sólo dos o cuatro amigos son invitados algunas veces a compartir la cena de la familia real.

Juan Carlos ha sabido hábilmente proteger la independencia de su poder hasta el punto de tomar decisiones que, en el momento, no fueron comprendidas por ningún líder político, pero que se han revelado como acertadas con el tiempo. Tal fue el caso cuando, en julio de 1976, reemplazó al viejo franquista Arias Navarro, a la cabeza del Gobierno, por un joven franquista: Adolfo Suárez. Todo el mundo se puso furioso: la vieja guardia y los liberales. En el extranjero, la mayoría de las opiniones interpretaron esta decisión como el tañido fúnebre de las esperanzas democráticas de España.

"Ignoraba que se pudiese sufrir tanto. Todo el mundo estaba contra mí", nos cuenta él. "Uno de mis amigos de la infancia (lo cita por su nombre) me telefoneó el mismo día diciéndome: ´Acabas de tirar la Monarquía por la ventana´". Como réplica, el Rey le pidió que le concediese veinte días para demostrarle que estaba equivocado. "Incluso mis mejores amigos —comenta él— se han equivocado a menudo sobre mis intenciones".

Al cabo de veinte días se dio la primera amnistía, el restablecimiento de los partidos políticos y de los sindicatos, el anuncio de las elecciones legislativas de junio de 1977 —las primeras desde hacia cuarenta y un años- y se planteó la cuestión de las autonomías regionales. ¿En qué consiste su éxito? El Rey Juan Carlos lo cifra primero en la madurez política y en la cordura del pueblo español. Con respecto a los viejos franquistas que se opusieron en los primeros tiempos a las reformas, él tiene estas palabras: "Han sido generosos; han aceptado lealmente las leyes de la Historia". Pero el Rey conoce también el valor del espíritu de decisión y de la rapidez de ejecución.

"ERES UN VERDADERO CAPITÁN"

El mismo nos cuenta otro ejemplo: la crisis del Sahara (a finales de 1975 que por aquel entonces era español): "Jefe de estado interino, yo debía ir al frente para reconfortar a nuestras tropas en un difícil momento. No dudé un momento: tomé mi decisión en unas horas". Con gran sobresalto del Gobierno español que temía por su vida. "¡Al Sahara! —exclamaban los ministros competentes y el jefe del Estado Mayor, reunidos urgentemente en la Zarzuela—. ¿Cómo piensa hacerlo?".

Cuando, Inesperadamente, Juan Carlos tomó un avión y se fue al Sahara, Hassan no dudó en llamarle por teléfono y decirle: "¡Eres un verdadero capitán!".

interviú

La Reina Sofía desea para España —según afirman los que la conocen— una Monarquía a la escandinava, teñida de socialdemocracia.

"Muy fácil, les respondí. Subo a un avión y el avión despega".

A su vuelta Juan Carlos convoca a Arias Navarro y a los ministros. "Dentro de media hora —les dijo— (I Rey Hassan me llamará por teléfono".

Todo el mundo está seguro de que hay un secreto entre los dos soberanos. "En absoluto —les asegura Juan Carlos—, pero ye sé que el Rey de Marruecos aprecia a los capitanes que, ante el peligro, se ponen sí frente de se Ejército»". Cuarenta minutos más tarde, mientras que los ministros presentes no dejan de mirar sus relojes, el teléfono suena. Es el Rey Hassan: "Bravo, te felicito por haber tomado esta iniciativa. Eres un verdadero capitán".

Rapidez de acción, espíritu de decisión, dos cualidades del Rey Juan Carlos. Con ocasión de ana visita oficial a los Estados Unidos, cuando aún era príncipe de España, hizo unas declaraciones al "Washington Post" que si las ideemos atentamente hoy día, planteaban ya las premisas de la evolución democrática del país bajo el cetro de la Monarquía.

Nada más llegar a Madrid, sus amigos advierten a Juan Carlos: "Franco no está nada contento". Sin esperar, el Príncipe va directamente al Pardo: "¿Ha leído usted las declaraciones que he hecho a la prensa americana? —le pregunta al general Franco, sacando de su bolsillo el texto en inglés de la entrevista.-. Se las voy a traducir´´. Cogido desprevenido, impasible, Franco se contenta con responder: "Usted no puede decir en los Estados Unidos lo que debe decir aquí, y na debe decir en España, lo que puede decir allí". Ningún comentario más, ¿El diálogo con el Caudillo era siempre igual de breve? "No —responde el Rey—, he tenido más ocasiones de las que se piensa de tablar con él de problemas sobre el futuro y de darle mi opinión". ¿Es cierto que Franco le dijo un día: "Usted hará una parte de lo que yo no he podido hacer"? El Rey asiente con la cabeza.

"CUÉNTEME, DON SANTIAGO..."

En el palacio de Oriente, abierto a los invitados con ocasión de la risita, oficial del Presidente Omar Bongo del Gabán, el Rey se acerca a un pequeño grupo. Dentro del grupo está Antonio Fontán, presidente del Senado, Santiago Canillo, secretario general del Partido Comunista, el profesor Tierno Galván, presidente del Partido Socialista Popular. El Presidente del Gabón se asombra de ver reunidos, en una ceremonia real, a hombres tan diferentes ideológicamente. El Rey sonríe y se vuelve hacia el líder comunista; "Don Santiago, cuénteme un poco lo que le pasó en Moscú". Y con toda la naturalidad del mundo, las dos hombres se retiran a un rincón del salón. "¿Se imagina usted —comenta el senador Fontán-, a Giscard, Mitterand y Marchais en el Elíseo? ¿Y al Presidente de la República temando aparte al secretario del Partido Comunista Francés para que le hable de Breznev?".

Antiguo decano en la Universidad de Navarra y antiguo director del diario "Madrid", el senador Fontán nos recibe en su despacho del Senado, edificio de la primera mitad del siglo XIX que el general Franco había cedido al Consejo Nacional del Movimiento. "El Rey Juan Carlos —dice él— ha logrado lo que parece imposible: arrancar a España de la dialéctica infernal de la ruptura y del continuismo Lo ha logrado provocando él mismo el cambio".

¿Quien es antimonárquico hoy día en España? A esta pregunta el senador Fontán responde: "La externa derecha extraparlamentaria y la extrema izquierda extraparlamentaria".

Juan Carlos ha llevado la operación con firmeza, pero entre las sombras. En ningún momento ha tratado de sacar provecho de esta evolución, dejando que fuese su jefe de Gobierno, Adolfo Suárez, el que recibiese los honores. Cuando el Rey no le llama, este ultimo se inquieta: "¿Por qué no me llama?". "Estoy enfadado—" "¿Pero por qué", insiste Suárez. "Te matas a trabajar —responde el Rey—, haces demasiadas cosas a la vez". En efecto, el joven Suárez, que es, ademas de jefe de Gobierno, jefe de su partido, en una democracia que se está construyendo, trabaja más que Barre o Callaghan.

Juan Callos I ha tenido la habilidad de rodearse de hombres de su edad, dispuestos a construir, con él, la democracia en futuro de España al subir al trono —admite él—, pero no tenía ni podía tener un plan rígido, preestablecido".

LAS SIMPLES EVIDENCIAS

Antes de ir, e! raes pasado, a los Estados Unidos, Santiago Carrillo teléfono al palacio: "Majestad, ¿podría recibirme en la Zarzuela?". "Don Santiago, personalmente, no tengo ningún inconveniente, pero...". El jefe del Partido Comunista fue recibido finalmente durante hora y media por el Rey, pero... a su nieta de América y en audiencia privada.

¿Qué impresión deja la personalidad de Juan Carlos y en qué medida podemos explicar por esta personalidad su éxito político? Esta impresión puede resumirse asi: siendo Jefe de Estado, él juzga y habla de la situación como podría hacerlo un particular. Su primer movimiento es siempre preguntarse; "¿Como comprender acontecimiento?", en vez de "¿Qué va a ser de mí?" o "¿Qué van a pensar de mí?". El ve Las simples evidencias que saltan a la vista del hombre de la calle y de las que raramente se percatan los hombres públicos debido a cálculos profesionales,

Mientras era Príncipe de España, recibió a miles de compatriotas y, como no tenía posibilidades de hablar, se dedicó a escuchar. Ningún Jefe de Estado tiene una visión tan concreta de su país y de los demás países como él Juzgando a España desde dentro y desde fuera, él ha sabido abordar los problemas con una perspectiva que muy pocos dirigentes poseía respecto a su propio país,

"Te matas a trabajar, haces demasiadas cosas a la vez", suele decir al Rey al presidente Suárez.

 

< Volver