Autor: Alonso Nadales, José Ramón. 
   ...Y tenía razón     
 
 Pueblo.    10/05/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

...Y TENIA BUZÓN

EL rumor confidencial, ha saltado la noticia a la Prensa. £1 conde de Barcelona, jefe de la dinastía española, renunciará a sus derechos en fecha muy próxima en un acto íntimo en el palacio de la Zarzuela, en el cual parece que sólo estarán presentes la Familia Real y, aparte del ministro de Justicia, como notario mayor del Reino, algunos y muy contados miembros del Consejo Real que funcionó en Estoril hasta que Don Juan Carlos fue reconocido como sucesor en la Corona, acontecimiento que se remonta a 1969, precisamente en los días en que el primer hombre ponía sus pies en la Luna. Descendiente de todos los reyes de la Casa de Borbón desde Felipe V, continuador de la historia nacional desde los tiempos de Don Pelayo y los Reyes Católicos, don Juan es como una encarnización de la historia de España, aunque en torno a su egregia persona se haya polemizado demasiado para servir fines prácticos de una política a corto plazo. Es ahora y sólo ahora, en el momento en que España atraviesa una de sus grandes crisis históricas, cuando se adivina la razón profunda que siempre ha existido en sus actos: llegar a la democracia, e intentarla cuando la tare» era más difícil, sin esperar a derrumbamientos que se sabían inevitables. La Historia jamás detiene su curso, y al igual que los ríos, jamás puede volver al revés sus aguas.

EL pasado español recuerda algunos actos como el que, dentro de pocos días, en la intimidad de una familia que en cierta forma es una propiedad o un bien de la nación, va a efectuarse en el palacete de la Zarzuela. No pudo renunciar a su Corona doña Juana de Castilla, a la cual se llamó «la loca»,. precisamente porque lo estaba, pero reinó el emperador Carlos en su lugar, sin que la dinastía se conmoviese, antes bien, se reafirmase. Felipe V abdicó en su hijo Luis I y lo hizo precisamente porque era rey, condición sin la cual la abdicación no hubiera tenido sentido de ninguna clase. «No se puede abdicar cuando no se ha reinado» ha dicho el conde de Barcelona en una de sus declaraciones más recientes.

Pero sí pueden renunciarse, por limpio patriotismo y exigencia de la realidad dominante, los derechos dinásticos, porque éstos nacen desde la Familia Real y son propiedad de quien los tiene por línea ininterrumpida desde que España es España. A esto y no, a otra cosa es a lo que renuncia el conde de Barcelona, siempre leal a las conveniencias del pueblo español y a la democracia, traída por su dinastía desde que Fernando VII falleció en un día de septiembre de 1833, ya hace casi ciento cincuenta años. Las abdicaciones de Carlos I, Carlos IV y de Isabel II son hechos transitorios, que sólo merecen una mención en este comentario.

No es sólo la común historia, que es un legado de todos, sino la presente realidad, la que más importa en este caso. Don Juan Carlos es, por definición, el Rey de todos los españoles, porque si la sucesión pudo nacer de una ley, la herencia viene de la línea ininterrumpida de todos los Reyes de España. Por fortuna para los españoles de hoy, no es el conde de Barcelona un terco conde de Chambord, que antepuso unas especiales condiciones a los generales intereses de Francia. La razón acaso no ha coincidido en el pasado con las exigencias del tiempo, pero el conde de Barcelona prueba con su renuncia, que el pueblo español es el depositario final de todos sus afanes e ideales, precisamente a través de quien hoy es Rey de España. El noble sacrificio de una vida y de un legado, va a hacerse realidad por quien desde 1931 ha sufrido, desde la primera juventud, todas las desventuras y ansias de la nación, cuyos intereses representaba.

El hecho nada tiene de nuevo ni en el conde de Barcelona, ni en Don Juan Carlos, porque si Carlos II de Inglaterra hizo la restauración, asumiendo hasta la política exterior de Cromwell, Alfonso XII realizó la suya, respetando en cuanto pudo a la vencida, pero no inerte Revolución de Cádiz. Hoy, el Rey de España, precisamente porque lo es de todos, representa a la Historia común, sin ruptura de continuidad, incluso cuando el sistema vigente no era monárquico. La asombrosa capacidad de asimilación de las modernas dinastías democráticas, consiste en que concilian la tradición y el presente, el futuro y el pasado, las viejas ideas y las nuevas, lo que ha sido y lo que aún puede ser en las voluntades nacionales. El fin último de toda política se llama España, y a ella se ha entregado el conde de Barcelona en los días difíciles, cuando seguíamos caminos solitarios. Lo que hoy se trata de saber es por qué, si don Juan de Borbón y Battemberg renuncia a sus derechos dinásticos, no ceden otros en sus propias y personales terquedades, menos trascendentes e importantes. He ahí una lección para muchos, que debe ser justamente valorada. Sólo desde la Monarquía, puede hoy España seguir el camino hacia la libertad que se ha trazado.

 

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