Autor: Alonso Nadales, José Ramón. 
   La Monarquía de la libertad     
 
 Pueblo.    22/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

LA MONARQUIA

DE LA LIBERTAD

HOY hace dos años que el joven Rey Don Juan Carlos juraba ante las Cortes su recién estrenado cargo de Rey, juramento al cual jamás ha faltado, porque el acento no estaba en el respeto a los textos muertos, sino a la letra vivificante, y en nuestra España todos los cambios —¡y los que falten!— se han hecho desde el cumplimiento a la legislación antes vigente, que es el camino mejor para modificarla. Hacer la evolución acelerada para que el pueblo no fuese a caer traumáticamente en la revolución ha sido el mayor de los aciertos de nuestra Monarquía, precisamente cuando estábamos invadidos por corresponsales más o menos esperanzados en que la guerra civil diese comienzo en unas semanas, o que un gobierno autoritario substituyese al poder perplejo y en crisis que teníamos al producirse la muerte del anterior jefe del Estado. La primera prueba que la Monarquía tenia, que pasar en España era la del cambio desde el orden legal, incluso con el legitimismo plenamente recuperado, mientras que la segunda y más difícil sería el logro de la democracia, que es el régimen de los pueblos adultos y maduros en la sociedad contemporanea.

Se trataba de saber, y en no demasiado plazo, si con el tiempo podríamos llegar a ser una Suecia del Mediterráneo, o si por el contrario íbamos a caer estérilmente en las viejas, gastadas y dramáticas polémicas del tristísimo pasado. Todo dependía no sólo de los españoles, sino de aquel hombre sereno y erguido que en las viejas Cortes juraba ser fiel defensor de los intereses de su patria. De todos, y no sólo de los de cualquier grupo partidario, por importante y amplio que fuese su pasado.

DOS años después y acaso no sin preocupaciones y desvelos, sin contrariedades y algunas ocultas amarguras —ahí está el libro de Areilza, para probar que no todo ha sido Jauja—, España se encuentra inserta en el mundo democrático, como una nación libre más sin haber sufrido heridas desgarra doras ni en su cuerpo ni en su espíritu, que ambos se conservan intactos. Aquí están vigentes, aunque todavía nos falte el indispensable texto constitucional, casi todas las libertades que el ciudadano pueda encontrar en

Inglaterra o en Alemania, en Suiza o en Norteamérica, y el ejercicio de tales libertades no hace más que perfecciónarse. Lógico es que existan dificultades, porque el pasado no se borra, sino que se transforma, y lógico es que esa democracia monárquica, a nuestro entender la única posible, haya encontrado algunas dificultades en su marcha. Todas fueron menores, y el proceso de transformación mucho más rápido, dest5e aquella crisis de julio de 1976 que permitió una mayor identidad de propósitos entre el poder moderador y el ejecutivo, y que la política que era indispensable saliese de su marasmo. Como su tatarabuelo Alfonso XII. Don Juan Carlos I sabe ser un Rey de su ´tiempo, que no ignora que el Rey es el principal intérprete y defensor del pueblo, pero que la acción cotidiana corresponde a los gobernantes, a los partidos, a las Cámaras...

La Monarquía de la cual carecíamos desde 1931 —y fue triste y poco afortunada la experiencia republicana— ha devuelto a los españoles la libertad que ansiaban. Somos un pueblo políticamente igual a los de la Europa que nos rodea, y no un Sangra- La donde se viva de nobles pero estériles nostalgias. El mejor imperio es el que tengamos sobre nosotros mismos, y haber sabido hacer una constelación de naciones libres en las que un dia fueron tierras sometidas y hermanas.

RELATA sir Charles Petrie, en su estudio sobre la Monarquía en el siglo XX, que cuando murió en 1913 dejó a su hijo un testamento que decía, entre otras cosas: «Ama a tu país de todo corazón; sé audaz, pero también paciente. Nunca te precipites. Deja pasar la noche antes de tomar una decisión. No seas irritable ni dejes que el sol se ñonga sobre tu ira. Ten serenidad en tu pensamiento y en tu espíritu, y no olvides cine eres rey de un pueblo meridional, cuva ira y pasión se encienden en un momento, y que en el momento siguiente quizá haya olvidado. Y recuerda que es a menudo mejor para un rey sufrir, aun moralmente, antes de que sufra tu pueblo. cuyos intereses deben anteponerse a todos los demás.»

COMO también nosotros somos un pueblo meridional y apasionado, que a veces quiere resolver aquí y

ahora, como bajo el efecto de una varita mágica, todos los problemas acumulados por el tiempo, parecen importantes aquellos consejos que un rey de origen nórdico dejó para un pueblo que ha pasado en un siglo por tantos y diversos avatares. España también ha tenido los suyos, que al acumularse reventaron en las revoluciones de 1820 o de 1843, o de 1854, o de 1868, o de 1900, o de 1931, casi todas estériles e infecundas, y que casi siempre desembocaron en conflictos civiles inevitables. Hoy, y bajo la prudente política, de Don Juan Carlos, lo que está sucediendo es todo lo contrario, porque las tensiones parecen calmarse, y reaccionamos políticamente sin las coléricas violencias del triste pasado. Ha sufrido demasiado España en su libertad y en la sangre de sus hijos para que los ciudadanos todos no hayamos aprendido algo. Pero como el primer ciudadano es el Rey, será precisámente en la cumbre de la institución monárquica donde la experiencia haya de ser más grande y acusada. Acaso porque quien representa a la dinastía no olvida cuáles fueron en el pasado sus avatares, y cómo la febril precipitación de un día —el 13 de septiembre de 1923— nos llevó de tumbo en tumbo desde lo que parecía la salvación hasta el drama. Y que también por el error de un día, y no aceptar el signo de los tiempos, la Monarquía desapare c i ó de nuestro mapa político durante cuarenta y cinco años.

HOY España parece orgullosa de

su Rey y

de la senda que la nueva Monarquía ha iniciado desde condiciones nada fáciles. Hemos pasado en dos años del autoritarismo a la libertad, de ser combatidos desde el extranjero a ser estimados, y a encontrarnos presentes en Europa y en el mundo con los horizontes bien abiertos y un halagüeño mañana. Debemos a la prudencia del Rey, «motor del cambio», el entierro de los viejos rencores, aunque los problemas de cada día nunca falten. Hemos conseguido, y ya era hora, superar la trágica antinomia que desde hace siglo y medio nos llevaba a una guerra civil cada cuarto de siglo. La Monarquía de la libertad parece en marcha bajo la acertada inspiración de Don Juan Carlos. Somos otra vez un pueblo libre, y están en el timón las manos firmes de un joven y decidido Soberano.

 

< Volver