El Rey de todos     
 
 ABC.    22/11/1977.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

EL REY DE TODOS

Hace hoy dos años un ¡oven Rey se tentaba en el Trono de España, vacío casi medio siglo. La figura de un gobernante excepcional —es decir, fuera de toda regla, irregular, extraordinario e infrecuente— descansaba ya en brazos de Dios y entraba en las páginas de la Historia, a cuyos únicos juicios se había encomendado. La muerte de Francisco Franco, protagonista solitario del «interregno», cerraba un largo y contradictorio capítulo histórico durante el cual la paz tuvo que ser fundada sobre la guerra. Difícilmente encontraremos en los anales de la Monarquía española un Príncipe a quien la Historia haya situado en un lugar tan Inseguro y ante una tarea tan insólita y delicada.

En el declive del período de excepción había brotado en el pueblo, formulada con diversos acentos entre ios que no faltaba el de la angustia, la famosa pregunta: «Después de Franco, ¿qué?» Las enseñanzas de la Historia acerca del común final de estas largas etapas de autoritarismo o dictadura no eran, precisamente, muy tranquilizadoras. «Después de Franco, las instituciones-, se había atrevido a aventurar alguien. Pero las Instituciones del régimen personalista de Franco estaban hechas a medida de su protagonista, y antes aun de que su fundador desapareciera comenzó su debilitación y desmoronamiento. Ya se veía claro que aquellas instituciones creadas por Franco estaban condenadas a envejecer con él y a morir con él. Con su muerte quedaron blandas y vacías, inservibles para el futuro.

La única institución que podía aceptar la grave y gloriosa responsabilidad de proseguir y recomenzar ¡a Historia era la Monarquía. Sólo la Monarquía, heredera de una tradición de siglos, podía asumir el pasado inmediato para evitar el nuevo borrón de sangre. Sin ella, el Poder habría quedado en la calle, expuesto al forcejeo y a las dentelladas de unas fuerzas políticas sin organizar y sin legalizar, tentadas seguramente a usar de la fuerza, de la exclusión y de la violencia. Clausurar dignamente el pasado era una tarea tan difícil como la de abrir a la esperanza el porvenir. En aquella ocasión, el joven Rey pronunció una frase deliberadamente lacónica, pero significativa: «Hoy comienza una nueva etapo de la historia de España.» Y a continuación adelantó el programa esencial y primero de la Monarquía: «La institución que personifico íntegra a todos los españoles.»

Lo que en circunstancias normales habrían sido las afirmaciones rutinarias de una costumbre tradicional, hace apenas dos años supusieron el anuncio de un compromiso político lleno de significaciones tan necesarias como espinosas.

El pasado debía quedar atrás. NI el Rey recibía las prerrogativas excepcionales del régimen anterior ni aspiraba a administrarlas siquiera fuese provisionalmente. Y además el Rey se disponía desde el primer día de su ascensión al Trono a ser el Rey de todos los españolea. Sólo desde este momento, aquel parte del año 39: «La guerra ha terminado», podía ser sustituido por este otro de más larga conquista: «La posguerra ha terminado». El Rey se hacía depositario de una soberanía —abdicada por unos y secuestrada a otros— para devolverla a su legítimo dueño, al Pueblo. Al pueblo entero y verdadero, y el Monarca, que ya había anunciado su propósito de guardar y hacer guardar las Leyes, es decir, de reinar como un Rey constitucional, aceptaba el honor de personificar y representar esa soberanía popular

El balance de estos dos años del reinado de Don Juan Carlos es la historia del cumplimiento escrupuloso de aquella difícil misión que le encargó la Historia. Se ha dicho ya muchas veces que el Rey ha sido «el motor del cambio».

Pero conviene añadir que ese cambio ha sido impulsado reinando y no gobernando, sin

dilaciones y sin atolondramientos. Es más: sin quebrar la legalidad constitucional y después de obtener el amplísimo consenso del pueblo. Es muy probable, casi podríamos decir es seguro, que sin la garantía de la Corona no habría sido posible la aprobación de la Reforma política por unas Cortes que firmaban así su propia desaparición, ni el refrendo largamente mayoritario de un pueblo desconcertado —en parte huérfano y en parte embravecido— después de cuarenta años de alejamiento de la responsabilidad política, hecho a la obediencia o al sometimiento.

Este balance de la Monarquía en sus dos años de vida tiene ya fechas, acontecimientos y nombres propios que, frecuentemente y sin exageración alguna, han sido calificados de históricos. Esas fechas, esos acontecimientos y esos nombres podrían llenar ya un grueso volumen de nuestra historia. Su mención rebasa con mucho las dimensiones de este recordatorio de escueto reconocimiento y de elemental gratitud. España, en sólo dos años, bajo la Corona y por la Corona, ha recobrado la soberanía popular; ha puesto los cimientos de una estructura auténtica y sinceramente democrática; ha reencontrado en paz la libertad, el mayor bien del hombre; ha abierto sus fronteras y su respeto a todos loa españoles; ha fundado su convivencia en la reconciliación; ha tomado conciencia de su pluralidad política y de su diversidad regional; ha penetrado en un plazo asombrosamente corto en el concierto de las naciones libres y ha extendido sus relaciones con el mundo desde posiciones de mutuo respeto.

Cuando hace dos años un joven Rey dijo sencillamente que quería ser el Rey de todos y nos convocaba a un futuro de libertad, de justicia y de participación, pocos españoles nos habríamos atrevido a esperar tanto. La Institución monárquica, que posee en si misma valores exclusivos e Irremplazables, ha encontrado el Rey prudente y decidido para una hora histórica delicada y enorme. Sólo dos años, un soplo en la vida de un pueblo, ya son suficientes para afirmar que la nueva Historia ha comenzado felizmente.

 

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