Autor: Jiménez Bermejo, María. 
   El feminismo incomprendido     
 
 Informaciones.    22/06/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

EL FEMINISMO INCOMPRENDIDO (1)

AL llegar a una tribu, unos europeos vieron cómo caminaban por un sendero una mujer, cargada con un pesado fardo, y a su lado un hambre de vacío. Preguntaron: «¿Cómo consiente usted ir tan fatigada y su marido con las manos vacías?» A lo que la mujer contestó: «¿Y qué haría yo si apareciese un león y mi marido no tuviese las manos libres?»

La historieta nos explica muy bien los orígenes. La mujer, en efecto, le dejó al hombre las manos libres para defenderla frente a las fieras, frente a las guerras y demás enemigos reales o en potencia; mientras ella se quedó con el pesado fardo de vigilar para que la especie creciese robusta, se quedó con el quehacer doméstico, con lo mostrenco, con lo cotidiano.

El hombre, por su parte, no sólo ge reservó el derecho a ocuparse y preocuparse por el quehacer histórico y a organizar el mundo a su manera —o sea, con criterios de fuerza, dominio y esclavitud—, sino que no contento con tamaña empresa, ha dedicado grandes esfuerzos para que la naturaleza femenina fuese conformada también por él, como pasiva, como la antítesis negativa de todo lo que el hombre, rey de la Naturaleza, hijo único de Dios, su primogénito, simbolizaba. De ahí que las feministas americanas proclamen ahora: «Dios es negra.» Y Hans Küng, al delinear sus 16 tesis sobre el puesto de la mujer en la Iglesia, diga, entre otras cosas: «En el concepto de Dios hay que evitar una acentuación del carácter masculino... Dios no puede ser reducido al solo género masculino...» (1).

Y han hecho falta siglos y siglos de historia, de civilización y de cultura para que la mujer —o mejor sería decir algunas mujeres— llegase a tener conciencia lúcida de que lo que se ha difundido como propio y característico de la naturaleza femenina es, en su mayor parte, producto de un estadio cultural o, lo que es igual, mera ideología.

Digo esto y lo que sigue a propósito de unas declaraciones que hizo en TVE. Carmen Fraga, hace tres meses pero que aún tienen actualidad.

En el programa «Gente» se le preguntó si era feminista, y contestó: «No soy feminista, ni desmelenada, ni reivindicativa.» Y otra señora que le acompañaba, añadió: «España precisa del trabajo de las mujeres, y no de que éstas se metan en luchas estériles.» (No sé si esas son exactamente las palabras, pero ese era el sentido.)

Resulta evidente que ser feminista en España es algo que, además de desmelenar a las féminas, les sitúa al margen del quehacer patrio.

Ante tales opiniones, yo entiendo que ser feminista es algo bien digno, y es más, entiendo que sólo las mujeres que tienen alma de reformadoras sociales son o pueden ser feministas.

Para empezar, la feminista es una mujer que trabaja por cuenta ajena, pero que no sólo se preocupa por su promoción personal, sino también se ocupa de la emancipación de las otras mujeres. Llegar a un puesto más o menos destacado y contentarse con la propia satisfacción de que se es alguien excepcional, porque en su nivel sólo hay varones, es una postura que bastantes mujeres practican, pero que no es solidaria con su propio sexo.

Desde luego, tener que ser feminista reivindicativa de derechos en 1977 es una desgracia, pero no queda otro remedio. Las feministas europeas, como la inglesa Ms. Pakhurst o la sueca Emilia Bromee, cuando iniciaron su lucha allá por los veinte y los treinta, pidiendo la reforma de los códigos, estaban convencidas de que con ello conseguirían el cambio de la condición social, no sólo jurídica de la mujer. Las feministas españolas tenemos que proseguir la lucha, a despecho de que después de cincuenta años sepamos que con la reforma legal se da un paso importante, pero la misma no conlleva la evolución social. En España hay leyes discriminatorias en contra de la mujer, pero son las actitudes sociales las que en mayor medida ponen de manifiesto que «eso de la igualdad», si quieren, que lo pongan en los códigos, pero, aquí, de cambiar, nada...

La dialéctica feminista implica hoy la búsqueda de un nuevo tipo de sociedad en donde el sexo no sea más elemento de discriminación, ni social, ni legal, na cultural. El feminismo, así entendido, forma parte de los movimientos sociales contemporáneos tendentes al logro de una sociedad mejor. Y como la mayoría de las personas interesadas en el mismo reconocen, la protagonista de su propia liberación no puede ser otra que la mujer.

Habrá, por tanto, que proseguir la lucha., en la confianza de que la misma no sea estéril.

Y si reconocemos también que la dialéctica histórica ha discurrido con un dualismo sexual, reforzado por la discriminación cultural y educativa, con menoscabo de los derechos humanos, tendremos que reconocer también que el burro, la mula, el tractor, la lavadora, la cocina eléctrica, el friegaplatos y demás utensilios y mecanismos técnicos son los que, al facilitar el trabajo de todos, han contribuido a liberar a la mujer de su pesado fardo.

(1) Ver. José María González Ruiz: ¿Hay un machismo clerical? «Sábado Gráfico», 5 - 3 - 77, Página 24.

Por María JIMÉNEZ BERMEJO

 

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